Bellini, el pintor de Madonas

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Las pintaron Botticelli, Leonardo o Rafael. Las Madonas con Niño fueron uno de los temas por excelencia del Renacimiento, un motivo religioso que, en consonancia con aquellos tiempos humanistas, podía plasmarse con la más sublime y mundana de las bellezas. Ningún artista pintó tantas Vírgenes, y con tanto ahínco, como Giovanni Bellini.

El fundador de la escuela veneciana de pintura, maestro de Tiziano y Giorgione, pupilos que han llegado hasta hoy con mucha más fama, dedicó gran parte de sus siete decenios de carrera a unas delicadísimas obras. Aquellas piezas exquisitas harían las delicias de la aristocracia británica que, en el siglo XIX, se dedicó a realizar el Grand Tour. Dicen algunos expertos que nunca nadie ha pintado unas manos como las de las Vírgenes de Bellini.

La Madona y Niño, también conocida como Madona de Dudley, c. 1508. Colección privada..
La Madona y Niño, también conocida como Madona de Dudley, c. 1508. Colección privada..TERCEROS

Nació y murió en Venecia, y solo salió de la ciudad en una ocasión, a las vecinas Marcas. Se conoce el año de defunción, 1516, pero no el de nacimiento. Sin embargo, dado que los cronistas de la época le atribuyeron una feliz longevidad, se cree que pudo llegar al mundo en la década de 1430. Se mantuvo activo hasta edad muy avanzada, y, de hecho, su Madona estrella la produjo más allá de los 75 años de edad: la Madona de Dudley (c. 1508).

Se trata de su obra más misteriosa, solo expuesta en dos ocasiones a mediados del siglo XX, que afloró en 2010 en la sede londinense de Christie’s y se vendió por más de cuatro millones de euros, un récord para un Bellini. Antonio Mazzotta, conservador de la National Gallery y uno de los pocos afortunados en haber estado en contacto con esta pintura, publicó el primer estudio sobre ella junto con el editor londinense Paul Holberton.

Una joya para un gentleman

El camino de la Madona de Dudley desde el taller de Bellini hasta la mansión del pujador anónimo que la adquirió en la subasta está plagado de enigmas. La obra debió de ser muy famosa en su día, pues se conocen varias copias. Se ignora por completo su paradero durante tres siglos, hasta que en la década de 1820 aparece documentada su presencia en Bolonia. Allí fue adquirida por John William Ward, el primer conde de Dudley, que le dio a la pieza el nombre por el que es conocida.

Autorretrato de Giovanni Bellini.  TERCEROS
Autorretrato de Giovanni Bellini. TERCEROS

Se trataba de un gentleman extraordinariamente culto y viajero, cuya mansión londinense, Dudley House, albergaba una valiosa colección de arte. Uno de sus herederos la vendió a finales del siglo XIX, y la Madona solo fue vista en público en dos exposiciones, una en Birmingham en 1955 y otra en Manchester dos años después. No es de extrañar que, cuando reapareció en 2010, muchos ávidos coleccionistas desenfundaran rápidamente sus chequeras para pujar por ella.

Siempre en la cresta, Bellini, de cuya vida casi nada se sabe, fue el más ilustre de una de por sí eminente familia de pinceles. En el cambio del siglo XV al XVI, Giovanni era el rey de la pintura veneciana, retratista de dogos y responsable de importantes encargos públicos. Sus servicios fueron requeridos en Mantua, sin éxito, por la gran árbitro estético de la época, la implacable Isabella d’Este, marquesa de aquella demarcación. Era famosa por perseguir a los pintores por carta o mediante emisarios hasta que conseguía una pieza suya.

Pese a lo avanzado de su edad, Bellini supo adaptarse a las nuevas maneras de pintar del Cinquecento.

Durero visitó Venecia durante la primera década del siglo XVI y dejó escrito: “Es muy mayor, pero sigue siendo el mejor”. El año 1508 es uno de los grabados en oro en la historia del arte. Rafael decoraba la Stanza della Segnatura, mientras Miguel Ángel hacía lo propio en la Capilla Sixtina. Ambos se miraban de reojo por los pasillos del Vaticano. En Venecia, mientras tanto, los jóvenes Giorgione y Tiziano pintaban los frescos del Fondaco dei Tedeschi.

Aquel año, dicen los libros, nacía la maniera moderna de pintar: se dejaba para siempre la rigidez del Quattrocento y estallaban las vivas formas del Cinquecento. Bellini vivió entre ambas centurias y, pese a lo avanzado de su edad, supo adaptarse a las nuevas maneras de pintar. De hecho, en 1508 estaba también embarcado en un importante y celebrado trabajo, la decoración del Palacio Ducal, pero raramente se le menciona entre los héroes de aquel año. Tuvo el infortunio de que sus obras en el palacio del dogo veneciano perecieran en un incendio en 1577.

Detalle del Trittico dei Frari (1488), de Bellini, en la basílica de Santa Maria dei Frari, Venecia.  TERCEROS
Detalle del Trittico dei Frari (1488), de Bellini, en la basílica de Santa Maria dei Frari, Venecia. TERCEROS

Bellini pintó a la Madona en altares o rodeada de santos en un formato conocido como Sacra conversazione, pero el formato por excelencia fue el retrato de medio cuerpo. Se trataba del encuadre con el que presuntamente san Lucas había pintado a María y el que los bizantinos emplearon para sus iconos.

El quid era plasmar solo la parte espiritual de la Virgen o, en palabras de un obispo de la época, “del ombligo hacia arriba”. Bellini fue también el responsable de hacer que este formato se secularizara, y lo utilizó para introducir el arte del retrato en la ciudad de los canales.

La iconografía de la Madona proviene de los iconos bizantinos, y Bellini tuvo la inspiración prácticamente a la puerta de casa. Venecia fue uno de los últimos bastiones bizantinos en la península itálica, y, después de su independencia, la Serenísima siguió manteniendo una estrecha relación con la ciudad del Bósforo. De hecho, tras la caída de Constantinopla en manos de los turcos en 1453, muchos griegos bizantinos se mudaron allí, pues, como escribió un cronista, “Venecia era casi Bizancio”.

La Madona de Dudley reúne casi todos los elementos típicos de Bellini:

Con y sin hojas  TERCEROS
Con y sin hojas TERCEROS

Los árboles sin hojas de la izquierda contrastan con los de verde follaje de la derecha. Se trata de un símbolo de la muerte y el retorno a la vida muy empleado por el pintor.

Sin halos  TERCEROS
Sin halos TERCEROS

Al igual que Leonardo haría con Jesús en su célebre La última cena, Bellini prescindía de colocar halos a la Virgen y su hijo.

La mirada  TERCEROS
La mirada TERCEROS

Las Madonas de Bellini nunca miran al Niño con dulzura, o no lo miran en absoluto. Algunos lo han llegado a interpretar de manera biográfica: el pintor pudo ser hijo ilegítimo de su padre y no tener una muy buena relación con su madre. De hecho, se sabe que esta última lo excluyó de su testamento.

La barrera entre lo humano y lo divino  TERCEROS
La barrera entre lo humano y lo divino TERCEROS

Muchas de estas obras servían para el culto privado, y el parapeto era la barrera que separaba al orante del mundo divino. Sobre esta superficie, el pintor tenía la costumbre de estampar su firma.

El pie del Niño  TERCEROS
El pie del Niño TERCEROS

El pie del Niño deja entrever su pene. En otras obras, Bellini pintó sin pudor este órgano. Se trataba demostrar que Jesús había adoptado por completo la carga de ser humano antes de morir y resucitar.

Pliegues poco realistas  TERCEROS
Pliegues poco realistas TERCEROS

Los ropajes de la Virgen no son realistas. Los pliegues están sobredimensionados para que su figura se alce majestuosa.

La lápida  TERCEROS
La lápida TERCEROS

La Virgen está sentada sobre una lápida de piedra, muy probablemente la futura tumba de Cristo. Bellini siempre pintó a sus Madonas con Niño como una prefiguración de la Resurrección.


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