José Tola, in memorian: “El último maldito”

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Czar Gutiérrez

El Ganges tiene una capa de mierda de cinco centímetros, esa capa es la que purifica”, dijo. Dijo también que cuando estuvo en Afganistán –”¿o acaso era Irán?”–, había sido clavado en una cruz de madera. “Desde entonces parezco el Cristo de Grünewald. Por eso a través de las palmas de mis manos puede pasar la luz”. Y en efecto, la luz que atravesaba sus manos se partía en mil colores antes de caer sobre el lienzo. Y así se fue perpetuando en una obra que, más o menos desde que apareció, fue escalando hasta la cima más alta del arte pictórico peruano.

Conversar con José Tola era asomarse a una dimensión exaltada. Entre lo épico y trascendente, bajo ese perfil labrado con furiosos cortes de cuchillo, habitaba un sujeto que moldeó, transformó y desfiguró su existencia a voluntad. Fuera de todo canon estético, muy lejos inclusive de esa falsa existencia arquetípica del marginal incomprendido o psicótico entregado al dolor extremo, tratábase de un maldito algo extraño: extremado en lo dionisíaco, arrancaba una flor amarilla para el transeúnte. Eso era lo catártico, lo brutal. El combustible de su trascendencia.

—La tentación de existir—
Tola de Habich crece en Los Ángeles de Chaclacayo. Su despertador es el tren Lima-La Oroya que pasa a ocho metros de su dormitorio. Ya en Lima, vive en Conquistadores, Diego Ferré, Diagonal y Mendiburu. Erra entre el Champagnat y el Pestalozzi, de donde es expulsado. En el Ricardo Palma tiene que usar cristina, escudo y uniforme caqui. Es internado en otro colegio nacional antes de irse, con 20 años clavados, a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. Allí estallará, ya réprobo.

Huirá a un Londres saturado por los Beatles, los Stones y el hachís. Volará al París de los existencialistas, el pelo largo y el amor libre. Regresará a recoger fresas y lavar muertos en Londres. Volverá a Madrid para subvertir con pigmentos, visitar algunas cárceles y tomar largas jornadas de sol rapado como un loco en la Puerta del Sol. Regresará a Lima y en un vetusto taller entre Grau y Abancay se perforará una úlcera. Y pintará como un poseso. Y será laureado lejos de todos los cenáculos y de todas las cofradías.

Ya expuesto al lado de Tilsa, Szyszlo, Matta, Botero y Guayasamín, alquilará una combi para recorrer España, Alemania, Grecia, Turquía, Irán, Afganistán, Pakistán, India. Vistiendo túnicas, explorando burdeles. Calcuta, Bombay, Nueva Delhi. Conversará con Shiva y se purificará en el Ganges. Vagará por Marruecos, Alemania, Austria y Suiza. Expondrá en las calles y regresará a Lima para huir nuevamente hacia Tlahuapan, México, donde criará chanchos. Leerá a Sade y a Musset. Destruirá sus pinturas. Hacia los 80 recorrerá Marruecos y Mauritania. Pintará nuevamente. “El mismo día de la inauguración vendí todo, menos mi alma”, dirá.Y afirmará también: “El camino del éxito está donde concluye el academicismo, los cánones, las fórmulas. ¿Dónde radica la libertad artística? El síndrome del fracaso es mi sombra”. Rompiendo la estructura del plano básico horizontal-vertical y la forma como soporte, Tola dibujará una trayectoria extremada hasta en lo material. Metal, tierra, brea, PVC, polietileno, plástico, salitre. Tola quema, plastifica, clava, rompe, sutura, humea. Entre la abstracción y la metafísica, hasta mayo del 2019 trabajaba en diez cuadros al mismo tiempo. De cabeza, parado, sentado. Con o sin pintura. “Crear desde lo más hondo, en esto uno está solo ante un enorme y oscuro horizonte vacío. Solo para siempre”, me dijo. Hasta antier, cuando decidiste convertirte en leyenda, amigo mío.


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