Greco Contemplación de las pinturas de El Greco

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Mi asombro se inició con la observación del óleo Vista de Toledo (121×109 cm) que se conserva en el Museo Metropolitano de Nueva York. En primer plano aparece, entre matorrales, el caudal del río Tajo; más allá asoma el puente de Alcántara; a la izquierda, se divisa el castillo de San Servando y a la derecha, el caserío de Toledo. Hacen notar los estudiosos de El Greco que se ha cambiado la ubicación de los edificios, en el puesto de la torre de la Catedral se ve el Alcázar y viceversa, cambio que atribuyen a la invención del artista, aspecto muy frecuente en el conjunto de la obra. En la Vista de Toledo, el  alargamiento y la pincelada poco preciosista están presentes.

Luego contemplé El Quinto Sello del Apocalipsis (225 x 193 cm): a la izquierda se yergue una figura con los brazos en alto y cubierta con una túnica enorme hecha con azules, negros y blancos. El colosal cuerpo se levanta sobre una tela roja. Por el rostro contraído y los gestos  de las manos se trata de San Juan Evangelista en un instante visionario. En segundo plano, cuerpos desnudos ondulantes se agitan delante de corrugadas telas, una de color amarillo y otra de color verde. Tres niños desnudos entregan ropajes blancos. Uno de los niños se descuelga de cabeza. El cielo mezcla tonos marrones, azules y grises. De hecho, es una convulsión que contrasta la representación del  visionario con el triángulo del conjunto de desnudos flotantes.

Las pinturas comentadas, además del  Retrato del Cardenal Niño de Guevara (171 x 108 cm), La adoración de los pastores (164 x 107 cm), San Jerónimo Cardenal (108 x 87 cm), y Cristo abrazando la cruz (105 x 78,7 cm ), fueron el comienzo de la fascinación, aunque faltaba mucho por mirar y saber. También estuve en la National Gallery de Washington, donde se exhiben  San Jerónimo Penitente (168 x 110 cm), San Martín y el mendigo (193 x 103 cm), Virgen con el Niño y las santas Martina e Inés (193 x 103 cm), Laocoonte (142 x 193 cm) y Expulsión de los mercaderes del templo (65,4 x 83, 2 cm).  No he cultivado la buena erudición, aunque sí aproveché las clases de mitología y ese apunte de memoria me ayudó a contemplar el Laocoonte, es decir, el episodio de las serpientes que matan al sacerdote troyano y a sus hijos.

El asombro inicial me llevó a buscar material gráfico y a leer libros que trataban sobre el pintor. Años más tarde y por afortunada circunstancia fui a dar en el museo de El Prado, en la sala dedicada a El Greco. La Trinidad (300 x 178 cm), Los santos Andrés y Francisco (167 x 113 cm), Cristo crucificado, con la Virgen, la Magdalena, san Juan Evangelista y ángeles (312 x 169 cm), La Resurrección (275 x 127), La adoración de los pastores (320 x 180 cm ), Pentecostés (275 x 127 cm), Bautismo de Cristo (350 x 144 cm ), San Juan Bautista y San Juan Evangelista (110 x 86 cm), retrato de Julián Romero de las Hazañas ( 207 x 127 cm ) y tantos otros se exhibían y en mi caso admiración y asombro me poseyeron. El cuadro de Cristo crucificado se impuso en mi percepción con insólita agudeza. Alargamiento, insólitas poses, primer plano, intensos contrastes de color integran una imagen inolvidable del drama.

En La Trinidad, un ángel de espaldas, con un pie en el instante de dar el paso y pantorrillas redondeadas, mira el cuerpo de Cristo, otros ángeles con rostros compungidos  ayudan al Padre a sostener el cuerpo del Hijo muerto. El Espíritu Santo en forma de paloma con las alas extendidas flota sobre un cielo amarillo. La Trinidad siempre se ha representado con el Hijo resucitado; pero El Greco quiso insistir en la idea del sacrificio. Los expertos encuentran en el diseño del cuerpo de Cristo el recuerdo de una Piedad de Miguel Ángel, aspecto que descubre la permanencia de El Greco en Italia. Otros dicen que la anatomía del cuerpo no deformada revela que el artista cretense expresaba, en cambio, con el alargamiento de los cuerpos humanos cierta idea religiosa. Como fuere, los amarillos, rojos y el azul se imbrican de modo magnífico con los secundarios verde y lila. Sin embargo, el blanco de la túnica del Padre es el centro de atención; el blanco puede sugerir la Resurrección.

En esos días, mi percepción se encontraba profundamente imbuida por el arte de Domenikos Theotokopoulos. Entonces se presentó la oportunidad de visitar Toledo. Miré el cielo de azul acerado con silfos rosas que iluminaban las viejas piedras ocres y pardas de las casas, del castillo de San Servando y del puente romano de Alcántara. Pensé que yo conocía ya esos efectos de iluminación. Recordé el promontorio de casas de Quito, visto desde El Trébol. Aunque, de pronto retorné a las pinturas de El Greco y cuando vi el Tajo, creí ver la verde espesura de sus veras, en verdad el río para nada tenía las aguas cristalinas y el color que dominaba era entre marrón y gris. La Catedral gótica, la Iglesia de Santo Tomé, la casa de El Greco reconstruida en otro sitio, el Museo de Santa Cruz fueron mis metas. En la Catedral contemplé El Expolio (285 x 173 cm). Cubre el cuerpo de Cristo una túnica de rojo brillante, poderoso color que se queda para siempre en la memoria. El Cristo torna la cabeza sin corona de espinas al cielo; en la muñeca de la mano izquierda que se posa en el pecho se ve una cuerda. El sayón, con ropa verde, estira la cuerda y con la otra comienza a arrancar la vestidura. En la zona inferior las Santas Mujeres observan al sayón que hunde un clavo en un madero. Detrás de la cabeza de Jesús aparece la multitud y  más allá se ven muchas lanzas que se perfilan delante del cielo verde y gris. Un caballero con armadura, junto a Cristo, mira al espectador. En el metal de la armadura se refleja la túnica roja del Redentor.

Este personaje y algunos otros están vestidos a la moda del siglo XVI. Hay una ruptura temporal. Como en las otras imágenes de Cristo tampoco en ésta se han pintado sangre ni moretones. El rojo de la túnica que será sorteada entre los soldados romanos es el centro de la pintura, sus significados son varios: es la túnica de rey, es la sangre del martirio…La figura de Cristo es el eje central de  la composición simétrica, que revela los antecedentes estéticos del arte del Renacimiento, pero la actitud de espaldas al espectador de una de las mujeres modifica el aspecto de la obra, caprichosa manifestación del manierismo, es decir, la transición al barroco.

Visión del Apocalipsis
Visión del Apocalipsis Está en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

No lejos de la Catedral se encuentra la Iglesia de Santo Tomé. En el testero de la única nave se ha colocado Entierro del Conde de Orgaz (460 x 360 cm). En el gran cuadro se representan dos mundos: el terrenal y el celestial. Casi no hay distancia entre ellos puesto que el manto de un ángel toca la cabeza de uno de los caballeros y las llamas de las cuatro antorchas aparecen muy cerca de las nubes grises, también el cielo es apenas una franja oscura. Estos mundos enlazados expresan la visión del mundo del barroco y es la correlación impuesta en el reino de España por el rey Felipe II. La primera impresión fue la de estar delante de un amplio escenario aunque no lejano. Percibí, de pronto, que la composición del cuadro formaba una cruz: el eje vertical se inicia con el cuerpo del difunto Conde, sigue con el ángel que porta el alma entre dos cúmulos de nubes y termina en la presencia del Cristo triunfante envuelto con un manto blanco. El eje horizontal separa la zona inferior ocupada por el cadáver del Conde asistido por dos santos, un sacerdote, un celebrante con capa pluvial, San Francisco y el niño que sostiene un cirio. La zona superior, el cielo, presenta a Jesús, la Virgen María y Juan Bautista, en el centro y a los lados asoman San Pedro con las llaves, Lázaro desnudo, el Rey  David, otros santos y ángeles.

Mucho tiempo después, leí en el libro de Palma Martínez-Burgos, que la leyenda del Conde de Orgaz comenzó en 1323, año de su muerte.

Los santos Esteban y Agustín descendieron del cielo y dieron sepultura al Conde. En el cuadro, San Esteban aparece con una dalmática y San Agustín con capa pluvial y mitra. En capa pluvial El Greco ha pintado las efigies de Santiago, San Pablo y Santa Catalina. En fin, abundan los datos de la iconología, aspecto muy propio del manierismo, tendencia artística que destinaba las obras a entendidos, a quienes podían descifrar complicados códigos teológicos y  saberes históricos.

En otra ocasión que visité Toledo fui al Museo de Santa Cruz y en una sala La Inmaculada (347 x 174 cm) me arrobó. La misteriosa atracción surgía de la pauta compositiva: podría ser la línea que desde un ramo de rosas y nardos en el ángulo inferior derecho avanza por los pies del ángel, sigue por el cuerpo de la Virgen hasta el chelo que porta un ángel situado en el ángulo superior derecho, la línea hace una curva compositiva; en cambio, en la zona superior sobre la cabeza de la Virgen aparece un círculo con querubines en cuyo centro resplandece el Espíritu Santo en forma de paloma. Detrás del ala desplegada del ángel del comienzo se ve la luna en un cielo crepuscular con tintes rojizos. Dos ángeles con vestiduras verdes y rojas se alargan y rodean a la Virgen.

El Apostolado de la Casa de El Greco es incomparable. Las cabezas y las grandes manchas de colores intensos e indefinibles que cubren el medio cuerpo de los Apóstoles emanan tal energía que no admiten sosiego alguno. Igual impresión me sacudió cuando contemplé los tondos de la Anunciación, la Natividad y la pintura oval de la Coronación de la Virgen.

Una y otra vez vuelvo a las reproducciones fotográficas de las pinturas y trato de asimilar las informaciones de los especialistas. Verlas en las diversas oportunidades fueron imponderables momentos de la vida. También contemplé en El Escorial, el Martirio de San Mauricio (448 x 301 cm), cuadro que no fue del agrado de Felipe II, desagrado que motivó el viaje de El Greco a Toledo. No cedió a la preferencia estética del extraño rey, actitud que dio lugar a creaciones sin parangón. El Greco perdonó al rey y lo representó en el cielo del Entierro del Conde de Orgaz.

Hasta cuando pueda no dejaré de ver las cambiantes reproducciones fotográficas de las pinturas o las imágenes que trae el ordenador. De la solemnidad y de la ruptura creativa que materializaron las visiones del artista de Candía, se sigue que son fuentes de extraordinarias e inagotables emociones.

*Academia Ecuatoriana de la Lengua


Fuente: https://especiales.elcomercio.com/planeta-ideas/ideas/2-de-noviembre-2014/contemplacion-de-las-pinturas-de-el-greco

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