José Gurvich: Un espacio imaginario

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A fines de 1965 Gurvich había regresado de Montevideo habiendo vivido nuevamente la experiencia épica y colectiva del Kibbutz, que lo lleva a unirse a aquellos hombres, mujeres y niños, trabajando como pastor de ovejas.

Como escribe Alicia Haber: “precisamente cuando Gurvich residió allí, representaba un sueño, una nueva promesa y un mítico lugar”. Por eso, tanto la experiencia del Kibbutz como su permanencia en Grecia, de donde traerá obras como un espacio abierto y una nueva luz plateada, fueron fundamentales para el desarrollo de su obra.

Gurvich acostumbraba escribir sus impresiones y pensamientos en pequeños cuadernos, acompañándolos, a veces, con dibujos; partiré de algunos de ellos para ordenar estos recuerdos y reflexionar sobre las obras que realizó durante los años que lo frecuenté como alumno.

Mi primer encuentro fue en abril de 1966 en su casa-taller del cerro, y duró hasta su partida a Europa, en noviembre de 1969.
He visto concebir y realizar la mayoría de las obras de esos años y recuerdo como abordaba cada disciplina y cada medio de expresión de una forma diferente.

En los óleos partía de la tela vacía, no blanca sino siempre con un tono, que iba poblando con imágenes pequeñas y fragmentadas, características permanentes de su obra.
“Primer caos, escribió, después inventó criaturas para luego ponerlas en ¿un mundo?”
Gurvich concebía al vacío como caos y a la creación como un mundo, es decir, un cosmos, y este se caracterizaba por un movimiento ininterrumpido.

En las temperas, en cambio, partía de manchas informales de diferentes colores, convirtiendo el vacío en un campo previamente activado.

En cuanto al proceso de creación de sus esculturas en cerámica, las formas nacían de sus manos, de la manipulación del barro, sin ningún plan. A propósito del barro había escrito: “la ductilidad se aviene a mi propósito de inmediatez en las soluciones”.

Gurvich vivía sumergido en su mundo creativo, al que se refirió de esta manera: “he liberado las escondidas energías de mi espíritu y voy como un fuego en la mano”. Eran energías signadas por la abundancia y una inagotable fecundidad que cada día me sorprendía con nuevas obras.

A esas obras que iban brotando como frutos en un árbol, a Gurvich le gustaba compararlas con las frutas maduras o con una conversación cotidiana, y me decía: “no puedo explicar esto que estoy haciendo”.
Así como Paul Klee en su diario había escrito que “el arte hace visible lo invisible”, Joaquín Torres García en su libro Estructura afirmaba”: el arte nuestro no tendría que ser otra cosa que eso, esa materialización de lo invisible”.

¿Pero cómo se materializa la invisible, a través de qué mecanismos?. En Gurvich, coincidiendo con su maestro Torres García y Klee, y esto es lo que verdaderamente los acerca, lo invisible se hace visible a través de un lenguaje.
Gurvich entiende que: “la pintura es también un lenguaje”. Gurvich siempre hablaba de un lenguaje, de un lenguaje plástico, insistía: “tiene que ser plástico”, refiriéndose a la cualidad que debería tener una obra.

En Gurvich, la concepción del arte como lenguaje, proviene de las enseñanzas de Torres García, especialmente su idea de estructura, la cual tiene en su base la geometría, que es un lenguaje universal. De allí que el maestro Torres García definiera su concepción de arte como universalismo constructivo.

El conocimiento de las reglas asimiladas en años de adhesión al universalismo constructivo que caracterizo al taller Torres García, libera a Gurvich. Se libera y ya no piensa en ellas. Aunque, como escribió: “la idea de estructura debe estar presente antes que toda otra cosa”.
Pero dado que la idea de estructura no es una sola, sino que cambia en cada individuo, Gurvich establece un nuevo ordenamiento que se desarrolla en espiral, en conjuntos asimétricos, sin un centro principal; por el contrario, en sus obras los conjuntos formales son acentrales y se expanden hacia los bordes, buscando lo ilimitado.

En Gurvich este nuevo reordenamiento, se manifiesta en ritmos, color y tono, funciones y relaciones que les son propias porque son necesariamente geométricas.

En Gurvich, las formas son las huellas visibles de lo invisible, de lo ausente , de lo desconocido, que el ignora hasta que las objetiva. El lenguaje plástico se convierte así en el lenguaje de las cosas. Geometría y realidad, entre estas tensiones se sitúan las obras de Gurvich. Así lo escribió: “al realizar una obra de arte me encuentro entre imagen y geometría”. Y a eso cabe agregar que estas se resuelven en una nueva síntesis que es lo imaginario.

Cambiando y modificando las imágenes primeras, las de su memoria personal, Gurvich hace que participen de un mundo imaginario. Porque como sostuvo Gaston Bachelard en su libro El aire y los sueños”: si no hay cambio de imágenes, unión inesperada de imágenes no hay imaginación, no hay acción imaginante”.

Gurvich lo corrobora en otro pasaje de sus escritos: «eran imágenes que venían de una zona a donde sólo se llega por la intuición y la imaginación”.

Esto es lo que sucede, a mi entender, en las obras de Gurvich a partir de 1965, una “acción imaginante” que se radicalizara aún más después de 1966 . Gurvich encuentra así un nuevo espacio, un espacio imaginario. Por eso, en otra pagina de sus cuadernos, agrega: “en mi aventura todo es posible”.

Esta “aventura” es lo que hace que Gurvich de un salto cualitativo en su obra; la aspiración a la altura, a la luz infinita, al viaje , están implícitos en la “aventura”. Como ejemplo de la aspiración al viaje, me referiré a una obra de Gurvich, “El hombre astral”, un óleo de 1966, que considero emblemático. La simple y elemental silueta humana, dominante y central, Gurvich la habita con una multiplicidad de imágenes que ascienden horizontalmente en bandas, pueblos enteros, constelaciones de seres y cosas, donde el color que la invade va cambiando, transformándose de la parte inferior a la parte superior de la tela: del violeta al rojo al amarillo pasando por el naranja, creando así un contrapunto ascensional entre los colores primarios y secundarios, que culminaran en el blanco.

Así vemos como las imágenes van adquiriendo cada vez mayor levedad, pierden peso, levitan, lo que les confiere ese aire de libertad, por lo cual se le permite, ya sin trabas, transitar por esos distintos campos espaciales que Gurvich llama “espacio libre”. Este universo móvil y actuante cobija geografias humanas y sociales que nos rebelan un espacio y a la vez un tiempo con nombre y apellido: Kibbutz ramot menasche, ciudad vieja y cerro de Montevideo.
Por lo tanto, cuando Gurvich escribe “aventura”, es un llamado permanente al viaje; pero no se trata de cualquier viaje. Gurvich sabe hacia donde se dirige: “quiero hacer un arte que se dirigía al centro del pecho del hombre”, anoto.

Entonces, en un espacio libre e ilimitado, donde “todo es posible”, donde todo confraterniza con todo, ese mundo agrícola, imaginario, utópico como un sueño del aire, como es el sueño de los hombres, ese mundo liberado de Gurvich, se nos hace real al participar y embarcarnos en él.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, escribió Gurvich en uno de los muros de la casa del cerro, la primera casa, en las noches de invierno, llegaba el sonido del agua y del viento, como una música, desde la bahía. Los versos de Antonio Machado acompañaron siempre a Gurvich, en su antiguo deseo de andar. Ese infinito deseo de andar siempre me acompañará como su principal legado.


Fuente: http://www.revistadeartes.com.ar/revistadeartes12/gurvich-por-nigro.html

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