Hermann Hesse: Siddhartha o el despertar

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Hermann Hesse
Hermann Hesse

Rafael Narbona

Buddha significa en pali y en sánscrito “despierto, vigilante”. Es el nombre con el que se designa a Siddhartha, hijo de Suddhodana, reyezuelo del clan Sakya que gobernaba la ciudad de Kapilavastu, situada en la región de Tarai (actual Nepal), al sur del Himalaya. La tradición sostiene que vivió entre el 543 y el 478 a. C, lo cual le convierte en contemporáneo de Pitágoras, Heráclito y Parménides. Antes de nacer como Siddhartha, Buddha fue un Bodhisattva, un ser (sattva) iluminado por el supremo conocimiento, una “gran mente” (bodhi) impulsada por el amor y la compasión. Llegó a ese estado después de infinitas reencarnaciones, donde consiguió realizar poco a poco el ideal brahmánico de justicia, misericordia, moderación y templanza. Su deseo de liberar a los hombres del sufrimiento le hizo encarnarse por última vez, escogiendo desde el cuarto cielo de los dioses como madre a la reina Maya. Maya -que significa ilusión, apariencia- anhelaba tener hijos, pero hasta entonces no lo había conseguido. Durante un período de rezos, castidad y noches en vela, el cansancio le hizo cerrar los ojos. Soñó que los señores de los cuatro puntos cardinales la transportaban a las cumbres del Himalaya, donde sus esposas se encargaban de bañarla cuidadosamente en el lago Anutatta. Depositada en un lecho celestial con la cabeza orientada hacia el Este, Maya descubrió que una estrella con una luz deslumbrante avanzaba hacia ella. Al tocar tierra, la estrella se transformó en un elefante blanco de seis colmillos y cabeza roja, con la tonalidad del rubí. El elefante, que sostenía con la trompa un loto blanco, penetró en su cuerpo por un costado.

Al despertar, la reina Maya no experimentó dolor, sino ligereza y serenidad. No sabía que en su interior los dioses habían levantado un palacio donde el Bodhisattva aguardaría el momento de su nacimiento, rezando y meditando. La reina relató el sueño a su esposo, que consultó a los brahmanes para averiguar su significado. Los brahmanes le comunicaron que nacería “un gran ser”. Algunas leyendas afirman que el embarazo discurrió entre sueños proféticos, donde el niño aparecía sobre un loto, anunciando en mitad de una lluvia de pétalos: “Triunfaré sobre la muerte y extinguiré el dolor que aflige al ser humano”. Al llegar la primavera, Maya salió a pasear por el jardín de palacio. Un árbol sala se inclinó a su paso y le tendió una rama, ofreciéndole una flor, que la reina aceptó, alzando los ojos hacia el cielo. En ese momento, el Bodhisattva se levantó y salió por su costado, sin causarle ningún daño. Cuatro seres celestiales (devas) lo sostuvieron en una red dorada, mientras dos elefantes derramaban agua, lavando su cuerpo. Asita, un ermitaño consagrado a la meditación y el ayuno, bajó de las montañas y examinó al recién nacido: “Tiene las treinta y dos marcas del buen augurio. Es el incomparable”. Entre las marcas, se hallaban un centenar de formas dibujadas en la planta del pie: un elefante, un tigre, la flor de loto y una esvástica. Asita aseguró que sería un gran rey, si permanecía en palacio, o un Buddha, si abandonaba el hogar y se consagraba a la meditación y el ejercicio de la virtud. Suddhodana escuchó la profecía con preocupación, pues su reino era pequeño y débil, y deseaba un heredero diestro en el arte de la guerra. Decidió construir tres palacios para aislar a su hijo de los males del mundo, particularmente la enfermedad, la vejez y la muerte. Pensó que de ese modo nunca se marcharía de su lado. Al quinto día, se eligió un nombre para el príncipe. Se llamaría Siddhartha, que significa “el que lleva todo a buen fin”. Además, se llamaría Gautama, por ser el nombre de su clan. Al séptimo día falleció su madre y su hermana Prajapati, que también era esposa del rey, asumió su cuidado. Las madres de los Buddhas siempre mueren al séptimo día porque su vientre es un templo y no puede ser ocupado de nuevo. Es un lugar sagrado y ya no pertenece a este mundo.

Siddhartha creció en palacio, rodeado de sabios que le hablaban de reyes, poetas, santos y soldados. A los siete años, visitó el campo durante la fiesta de la siembra. Observó cómo un agricultor labraba la tierra. Un pájaro se acercó a un surco y atrapó un insecto con su pico, levantado el vuelo. El príncipe comentó consternado: “Los seres vivos se devoran entre sí”. Durante diez años, Siddhartha disfrutó de una vida palaciega, sin preocupaciones ni incertidumbres, pero la curiosidad lo empujó a traspasar los límites de su encierro, acompañado por su cochero. Se produjeron entonces los cuatro encuentros que inspirarán las Cuatro Nobles Verdades.

El primer día se cruza con un anciano que camina encorvado. Pregunta al cochero qué le sucede a ese hombre: “Nada –contesta el cochero-. Simplemente es viejo. Todos seremos como él. Es nuestro destino”. El segundo día descubre a un leproso, con la carne tumefacta y un hedor pestilente. Cuando el cochero le explica que todo el que vive está expuesto a sufrir terribles enfermedades, agacha la cabeza, con más confusión que espanto. El tercer día se cruza con una familia que traslada a un muerto para ser incinerado. “Nada vive eternamente. Es la ley de la naturaleza”, comenta el cochero. El cuarto día se encuentra con un monje mendicante, que había conseguido la paz interior mediante la pobreza, el ayuno y la limosna. Siddhartha pensó que sólo hallaría la felicidad, adoptando su estilo de vida. Se marcha de palacio, pese a la oposición de su padre. En un principio, le acompaña un sirviente y un caballo blanco, pero después de atravesar un río, despide a su criado, le regala la montura y se corta la coleta. La leyenda afirma que los dioses recogen su pelo y lo guardan como una reliquia. También asegura que un ángel desciende del cielo, con la apariencia de un asceta y le entrega las únicas posesiones que consiente un monje mendicante: el sencillo traje amarillo de tres piezas, un cinturón, una navaja, una humilde escudilla para las limosnas, una aguja y un cedazo para filtrar el agua.

Durante siete días, permanece solo. Después, se interna en el bosque, donde se encuentra con una comunidad de ascetas que sigue una estricta regla, escatimando el sueño y el alimento. La comunidad tolera su presencia y le inicia en la práctica del yoga: concentración mental, introspección del yo, control psíquico del cuerpo. El objetivo es lograr “la esfera de la nada”, donde no hay pensamiento ni ausencia de pensamiento. Después de un tiempo, Siddhartha estima que ha emprendido un camino equivocado y se retira a las montañas, con cinco discípulos que le piden permiso para seguir sus pasos. Continúa con la meditación, pobreza extrema y ayuno, buscando la unión del individuo (atman) con el Todo (Brahma), pero su excesiva entrega a la penitencia y a la privación de comida y sueño hizo que enfermara hasta bordear la muerte. Según la leyenda, escuchó por azar a una niña, ensayando con una cítara, mientras su maestro le explicaba que las cuerdas debían mantener la tensión necesaria. “Si una cuerda está floja, no emite ningún sonido, pero si está demasiado tensa, se rompe”. Comprendió entonces que el camino adecuado era el Camino del Medio, donde se rehúye por igual el placer sin medida y el ascetismo extremo. Aceptó un cuenco de arroz que le ofreció una mujer, se bañó en el río y rompió el ayuno que le había situado en el umbral de la muerte. Sus discípulos lo interpretaron como un gesto de debilidad y lo abandonaron.

Siddhartha comenzó entonces una peregrinación hasta Bodhgaya, una región del estado indio de Bihar, buscando un árbol llamado bo o bohdi (ficus religiosa), identificado tradicionalmente con la sabiduría y más conocido por el nombre higuera sagrada o higuera de las pagodas. Cuando al fin lo encontró, se sentó bajo sus ramas y decidió no moverse hasta descubrir la forma de liberarse definitivamente del sufrimiento. Esperó durante semanas y luchó con éxito contra las tentaciones –placer, riquezas- que puso a su alcance Mara, el señor de la ilusión, la destrucción y la muerte. Triunfante, sereno, humilde, Siddhartha se levanta y se dirige a Benares, donde enseña ante la multitud las Cuatro Nobles Verdades: la vida es dolor, todo es efímero; el dolor procede del deseo, del querer; el dolor puede ser abolido, aniquilando el deseo; sólo es posible conseguir la paz, siguiendo la senda del Óctuple Sendero o Camino del Medio, que nos exige respetar la vida en todas sus formas y practicar la moderación, la prudencia, la honestidad y el desprendimiento. Sólo de este modo podremos liberarnos de la rueda del samsara o ciclo de las reencarnaciones, alcanzado un día el Nirvana, la paz eterna, la extinción completa, el no ser. Pasan los años y Buddha anuncia su muerte. Los dioses y los hombres le piden que viva eternamente, pero contesta que ningún ser debe cambiar el orden del mundo. Acepta unas trufas o, según otras versiones, un trozo de carne salada, que le produce un agudo malestar, precipitando una muerte que la tradición no considera accidental, sino voluntaria. Buddha se bañó por última vez, bebió agua y se tendió a la sombra de un bosque de mangos en Kushi-Nagara, a unos 175 kilómetros al noreste de Patna, rodeado de sus seguidores. Murió acostado sobre el flanco derecho, con la cabeza orientada hacia el norte, el rostro mirando hacia poniente. Algunos testimonios aseguran que se apagó poco a poco, sonriendo dulcemente.

Hermann Hesse publicó en 1922 una novela breve titulada Siddhartha. Inspirada en la vida de Siddhartha Gautama, no pretendía reproducir la historia y, menos aún, los mitos asociados al fundador del budismo. De hecho, las peripecias de su personaje incluyen episodios inexistentes en la narración original: una intensa experiencia erótica, un período de opulencia y ostentación como comerciante, y un retiro final a la orilla de un río, donde pasa sus últimos días trabajando humildemente como barquero. Hesse concibió su novela como un ejercicio espiritual orientado al conocimiento del yo y a la exaltación de la vida. Saber quién eres para apreciar el valor real de las cosas. En su correspondencia con Stefan Zweig, admite con pesar: “¡uno se conoce tan poco!”. Corre el año 1903 y ya ha realizado su primer viaje a Italia, donde ha profundizado en su convicción de que la literatura debe ocupar un lugar secundario respecto a la vida: “Sacrificaría toda la literatura por una nube hermosa o el trino de un ave”. Su mayor anhelo es colmarse de luz y calor. No quiere ser un erudito, sino un paseante, un vagabundo, un peregrino. Vivir como un pájaro, no preocuparse de nada. Se escribe para participar en el latido de la vida, no para observarla desde lejos. En 1911, viaja a Ceilán e Indonesia, buscando una renovación espiritual. Educado en el pietismo suabo, la fe de sus padres le parece insípida y pueril. No comulga con dogmas ni ortodoxias, pero entiende que el anhelo de trascendencia se halla profundamente arraigado en el corazón humano y no puede ser extirpado sin dejar un vacío irreparable. Buscar lo divino no debería implicar renunciar a la vida. La materia no es deleznable. El paraíso está en la tierra, no en un hipotético más allá. El reino de Dios se halla en la naturaleza, no en una dimensión puramente espiritual. Debemos escuchar nuestra voz interior. En Hermann Hesse. Su vida y su obra, Hugo Ball escribe: “Sólo vale la voz del propio interior […] El amor debe enlazar con el duro mundo de las cosas, no con los pensamientos que emanan de las cosas. Pero, ¿de dónde viene el amor? Sin duda es una gracia, un fenómeno primigenio”. La gracia puede atisbarse donde se siente “la armonía fraterna, la posibilidad de transformación de la piedra en el iluminado y del iluminado en la piedra: sólo allí está Dios para Siddhartha. O mejor: allí está para él la madre eterna”.

Gran Buda de Kamakura, fechado en el siglo XIII

El amor está en todas partes, pero el hombre, cegado por la ambición y el odio, muchas veces no percibe su presencia. Hermann Hesse destaca la humanidad de su personaje, distanciándose de la mitología. Siddhartha es hijo de un brahmán, no el fruto de la reina Maya, fecundada por una estrella que ha adoptado la forma de un elefante con seis colmillos y la cabeza roja. Crece con su amigo Govinda en una casa situada junto a un río que corre por un bosque lleno de sauces y de higueras. Se prepara para ser brahmán y ha aprendido a enunciar calladamente la sílaba sagrada del hinduismo, Om, que significa la unidad con el todo, la conjunción de lo físico y lo espiritual, del cuerpo y la mente. Om es el sonido primordial del que proceden casi todos los mantras. Su recitación interior constituye el camino indicado para realizar el ideal brahmánico de justicia, misericordia, moderación y templanza. Se ha dicho que hay una sinonimia oculta entre el término sánscrito Om y la palabra griega Amén, que se traduce como “así sea”, pero que en el Apocalipsis se describe como uno de los nombres de Cristo (3:14). Hermann Hesse, sincrético y heterodoxo, tiende un puente entre Oriente y Occidente, convirtiendo su novela Siddhartha en una síntesis de tradiciones que convergen en la exaltación del amor como único camino de salvación.

La heterodoxia de Hesse se refleja en la decisión de Siddhartha de renunciar a su porvenir como brahmán. Sus dudas le hacen abandonar su casa, acompañado por su amigo Govinda. Siddhartha no está destinado a convertirse en un simple oficiante de ritos. Pertenece a la estirpe de los que buscan, eternamente insatisfechos, no por vanidad, sino por una implacable sed de conocimiento. Cuando se cruzan con tres sramanas, enjutos, polvorientos y semidesnudos, deciden acompañarlos, adoptando su estilo de vida. Los sramanas son monjes que practican el ascetismo, descontentos con el ritualismo de la tradición védica. En su caso, la penitencia y el ayuno no responden a una voluntad de expiación, como sucede en el cristianismo, sino al deseo de aniquilar el yo, de avanzar hacia una despersonalización absoluta, de alcanzar un vacío exento de deseos, sueños, alegrías o penas. Sólo en esas condiciones es posible fundirse con el todo, experimentando cada evento del universo como algo propio. Siddhartha aprende a ser garza y chacal, lluvia y sol, movimiento y quietud. Siente que vuela sobre el bosque y come peces. Experimenta el anonadamiento de un chacal muerto, descuartizado por las hienas y reducido a polvo. Conoce el ciclo completo de la vida y la muerte. Aunque Hesse no menciona a Empédocles de Agrigento, que afirmó “yo ya he sido antes un muchacho y una muchacha, un arbusto, un pájaro y un mudo pez de mar”, la lección es similar, pero Siddhartha no encuentra la paz con esta enseñanza. Al final de cada ciclo, después de ser “animal, carroña, piedra, madera, agua”, siempre está el yo, reclamando su protagonismo. Piensa entonces que el ascetismo sólo es una huida, “una breve narcosis contra el dolor y lo absurdo de la vida”. Aunque Hesse no menciona la cuerda de la cítara que iluminó al príncipe Siddhartha, se escucha su sonido, advirtiendo que la tensión de una vida de estricta penitencia destruye el alma, después de embriagarla con falsos éxtasis. Cuando llega a oídas del sramana Siddhartha, la existencia de Gotama, un Bodhisattva, decide escuchar sus enseñanzas. Govinda le acompaña una vez más, algo perplejo, pues creía que Siddhartha se convertiría con el tiempo en un sramana perfecto, capaz de caminar sobre las aguas.

Gotama predica las virtudes del Óctuple Sendero o Camino del Medio, pero a Siddhartha le parece insuficiente, pues el que parece ser el Buddha histórico sólo parece preocupado por la extinción del dolor, no por la dicha y, menos aún, por la belleza del mundo. Piensa que la disolución del yo en las cosas no debería implicar apatía o ataraxia, sino un estado de comprensión e iluminación. No le parece suficiente abrazar una doctrina que describe la felicidad como una vana ilusión. Govinda no sigue sus pasos en esta ocasión. Prefiere quedarse con Gotama y aprovechar sus enseñanzas. Siddhartha se marcha sin rencor. Ha perdido a un amigo, pero siente que se ha encontrado a sí mismo. Ya no huirá de su yo. Ahora quiere aprender de él, explorar su interior y extraer lecciones de su experiencia. El mundo no es una ilusión. La verdad no es algo oculto. El sentido del universo está en las cosas. Hay que aprender a amar las formas, los sonidos, los colores: “El mundo es bello, si se contempla con la sencillez de un niño”. Por fin ha despertado, pero aún siente que falta algo, que no ha llegado al final del camino. Su encuentro con Kamala, una cortesana, le revelará que el placer sexual puede ser una forma de éxtasis y conocimiento, pero enseguida descubrirá que si no está acompañado por el amor, se convierte en ofuscación, melancolía, desengaño. El amor es un arte; el placer, una huida, un narcótico, como el ascetismo. Su experiencia con el rico comerciante Kamaswami no resulta menos frustrante. Acumular bienes sólo le produce tristeza y hastío.

Abandona la ciudad donde ha conocido los refinamientos del erotismo y el lujo. Se acerca al río que años atrás cruzó, sin otra propiedad que su humilde atuendo de sramana. Piensa en suicidarse, pero la palabra Om resuena en su cabeza, revelándole que la muerte sólo es otra forma de huir. Se duerme cerca del río, adentrándose en un sueño reparador, que le incita a seguir buscando, a no rendirse en su deseo de hallar la verdad. Cuando se despierta, se encuentra con su amigo Govinda, que continúa viviendo como un sramana y que se ha detenido a su lado para avisarle de que el lugar escogido para descansar no es seguro, ya que la humedad del río atrae a las serpientes. Govinda no reconoce a su antiguo amigo, pero Siddhartha se dirige a él por su nombre. Ambos han envejecido. Govinda ha hallado la paz, pero Siddhartha sigue buscando: “Sólo estoy en camino. Soy un peregrino”. Cuando se separan, Siddhartha sigue con la mirada a su antiguo amigo y comprende que cuál ha sido su error: “el no saber amar a nada ni a nadie”. Su excesiva ambición le ha nublado la vista, desviándole del único camino que proporciona dicha y tranquilidad. Vasudeva, el barquero que años atrás le cruzó el río sin pedirle nada a cambio, acepta su compañía y le ofrece compartir su choza y su trabajo.

Vasudeva es un hombre sencillo, pero con una gran sabiduría. Cuando su nuevo compañero le relata que el sagrado Om le ha disuadido de cometer suicidio, le contesta que el río le ha hablado y le recomienda que no deje de escucharlo, pues se puede aprender mucho del rumor de sus aguas. Siddhartha seguirá su consejo y descubrirá que el sonido del río es la voz de la vida, del amor, del vasto universo en su rica diversidad. La noticia sobre la inminente muerte de Gotama atrae a infinidad de personas al río, que necesitan cruzarlo para llegar hasta él y acompañarlo en sus últimos momentos. Entre los peregrinos, se encuentra la cortesana Kamala y un niño de once años. Siddhartha reconoce a su antigua amante y descubre que el muchacho es su hijo. Kamala muere por la picadura de una serpiente y Siddhartha se hace cargo del niño. Se completa de este modo su aprendizaje. Por primera vez, ama a un ser humano y se preocupa de su felicidad. Sin embargo, su hijo no le corresponde. Acostumbrado a vivir en un palacio rodeado de criados, se comporta de una forma egoísta y desconsiderada. Finalmente, huye y vuelve a su lujoso hogar. Siddhartha le sigue, pero entiende que debe respetar su decisión. Al igual que él, su hijo tendrá que aprender de sus errores y, antes o después, comenzará a buscar la paz. El saber es una técnica, que puede transmitirse. Con un maestro, es posible aprender a remar o a tocar la cítara, pero la sabiduría, que nos enseña la unidad de todas las cosas y la eterna perfección del mundo, no es comunicable. Cada hombre debe aprender por sí mismo a amar al mundo. El amor es lo más importante que existe. Gotama se equivocaba. No hay que tener miedo de atar nuestro corazón a lo terrenal. Todo el que ama participa de la vida eterna del universo.

Buddha muere con una sonrisa, libre de ataduras. Por fin, ha accedido al Nirvana. Ya no está sujeto al ciclo de las reencarnaciones. El Siddhartha de Hesse no busca el Nirvana, sino la Vida. No teme a la muerte, pues piensa que todo permanece, que el tiempo es una ilusión, que el ser convoca simultáneamente al pasado, el presente y el futuro, que el amor nos salva y redime, limpiando nuestras faltas y abriéndonos las puertas de la eternidad. Hermann Hesse logró conciliar el humanismo de la tradición occidental con la sabiduría budista, elaborando una filosofía que postula el amor incondicional a la vida y la compasión hacia los otros. No lo hizo con un tratado conceptual, sino con Siddhartha, una novela que nos invita a buscar el secreto de la existencia en el sonido de un río. Ningún concepto puede explicar el misterio del devenir.

Hesse murió mientras dormía el 9 de agosto de 1962 en Montagnola, Suiza. Pienso que se apagó con una sonrisa, como Buddha, pero no por la expectativa de disolverse en el Nirvana, sino por la convicción de renacer como piedra, árbol, pájaro, lluvia o espuma.

Nota bibliográfica:

Hermann Hesse: Siddhartha. Traducción de Juan José del Solar. Barcelona, Edhasa, 2002.

Herman Hesse-Stefan Zweig: Correspondencia. Traducción de José Aníbal Campos. Barcelona, Acantilado, 2009.

Hugo Ball: Hermann Hesse. Su vida y su obra. Traducción de Carlos Fortea. Barcelona, Acantilado, 2009.


Fuente: https://elcultural.com/blogs/entre-clasicos/2018/09/hermann-hesse-siddhartha-o-el-despertar/

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