Nació el 30 de junio de 1917

Durante décadas, el Hollywood dorado tuvo a su gran dama del dolor: Susan Hayward. Su centenario nos vuelve a recordar un puñado de obras maestras que tuvieron como protagonista a esta pelirroja indómita que pasó a la historia del cine como una de las más grandes actrices de todos los tiempos, cuya vida y carrera siguen siendo motivo de inspiración y un ejemplo de adelantado feminismo.

Jose Madrid

Susan Hayward en una foto de archivo
Susan Hayward en una foto de archivo

Se llamaba Edythe Marrenner, era pelirroja y apenas alcanzaba el 1’61 de estatura, lo cual no le impidió ser una de las más grandes actrices del siglo XX. El mundo siempre la recordará como Susan Hayward, una de las más significativas reinas del melodrama hollywoodiense. Este 30 de junio se cumplen 100 años desde que aquella niña de Brooklyn que decidió dedicarse a la interpretación abrió los ojos por primera vez. Proveniente de una familia muy humildee, sus rasgos bonitos y su llamativa figura le permitieron forjarse una pseudo carrera como modelo de fotografía cuando solo era una adolescente que asistía al instituto. Sin embargo, en 1937 y como otras docenas de jóvenes actrices norteamericanas, soñaba con encarnar a la heroína de moda en la literatura estadounidense: la Scarlett O’Hara de ‘Lo que el viento se llevó’. Con ese propósito se fue a Hollywood y, aunque todo el mundo sabe que el personaje fue a parar a manos de Vivien Leigh, el visionado de las pruebas de cámara que hizo dan fe de que podría haber sido una gran opción para interpretar en la pantalla a la jovencita sureña, egoísta y decidida imaginada por la escritora Margaret Mitchell.

Susan Hayward durante los primeros años de su carrera

Bajo el nombre de Susan Hayward, que algún agente le otorgó porque era similar al de la muy de moda Rita Hayworth, la joven empezó a dar sus primeros pasos en un Hollywood lleno de divas en el que había que ganarse un lugar destacando de alguna forma. Aunque estaba destinada al drama desaforado, sus primeros personajes fueron insulsos secundarios en cintas espectaculares como ‘Beau Geste’ (William Wellman, 1939) o ‘Piratas del Mar Caribe’ (Cecil B. DeMille, 1942). La pelirroja era la joven que podía encajar en todo tipo de cintas con eficacia, como la comedia ‘Me casé con una bruja’ (René Clair, 1942) en el que la estrella que realmente brillaba era la seductora Verónica Lake. No fue hasta ‘Una mujer destruida’ (Stuart Heisler, 1947) cuando apareció la Susan Hayward que todos conocemos, aquella que interpretó a una alcohólica de forma tan convincente que se ganó una nominación al Oscar y la adoración de toda la crítica. La actriz no hacía nada que no hubiesen hecho antes grandes damas del melodrama como la Garbo, Davis, Crawford o Stanwyck, pero su desgarro y su voz quebrada  traspasaban la pantalla.

Con el tiempo, grandes como Makiewicz (‘Odio entre hermanos’)o Hathaway (‘El correo del infierno’) se la rifarían para incluirla en sus repartos. Tras ‘Las nieves del Kilimanjaro’ (Henry King, 1952) o ‘Con una canción en mi corazón’ (Walter Lang, 1952), sería el olvidado Daniel Mann el que le otorgaría otro significativo personaje de alcohólica en ‘Mañana lloraré’, que dio lugar a una tercera nominación al Oscar.  Sin embargo, la cima de su carrera como sufridora oficial de Hollywood llegaría interpretando a una condenada a muerte en ‘¡Quiero vivir¡’, el drama dirigido por Robert Wise en 1958. Susan consiguió por fin el Oscar y toda la comunidad cinematográfica la aplaudió.

Susan Hayward en '¡Quiero vivir!'

A partir de ese momento, su carrera fue cuesta abajo. Durante unos años espació su trabajo y se dedicó a estar cerca de sus dos hijos y de su segundo marido, Floyd Eaton Chalkley. Los personajes duros que la habían convertido en una estrella empezaban a escasear. Su incipiente madurez y la llegada de una nueva hornada de actrices amenazaban con arrinconarla en un Hollywood que siempre fue machista. A principios de los años 70, y cuando no sobrepasaba los 50 años, desarrolló un tumor cerebral. La leyenda negra de Hollywood cuenta que tanto ella como muchos de los que participaron en el rodaje de ‘El conquistador de Mongolia’ (Dick Powell, 1956), entre ellos el mismísimo John Wayne, desarrollaron algún tipo de cáncer por filmar en un desierto de Utah en el que se habían realizado pruebas nucleares tiempo atrás.

Fue Charlton Heston el que la acompañó del brazo en su última aparición pública, otorgando un Oscar en la ceremonia de 1974, cuando apenas podía tenerse en pie pero todavía conservaba la fuerza poderosa de sus ojos y su voz grave. Una vez dijo que “cuando estás muerto, estás muerto. Nadie va a recordarme cuando esté muerta. Quizá unos pocos amigos se acuerden de mí con cariño. Sin embargo, ser recordado no es lo más importante. Lo que importa es lo que haces mientras estás aquí”. Y lo que hizo fue regalarnos un puñado de mujeres maravillosas, fuertes y adelantadas a su tiempo que han hecho que no la olvidemos cuando se cumple un siglo de su existencia.


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