José María Parreño

Escritor y crítico de arte

En el estudio era el cuadro central de la exposición del mismo título celebrada por Alfonso Albacete en la madrileña galería Egam en octubre de 1979. Una exposición que marcó un hito en la trayectoria de su autor, tanto en lo que se refiere a la madurez de su obra como en el reconocimiento del público. También, por otro lado, es un cuadro que se realiza y se expone en una fecha que señala un “cambio de marcha”, como por entonces se dijo, en la dinámica del arte español.

La exposición, en su conjunto, era una reflexión “sobre su pintura y sobre la pintura”, como ha escrito Valeriano Bozal refiriéndose a Albacete. El pintor trabajando en su estudio es uno de los temas clásicos del arte moderno. Está ya en Courbet: El taller (1885) y le dedican series memorables Matisse y Picasso. Pero en los mismos años en que Albacete lo pintó, también lo hacía Equipo Crónica y poco después, Manolo Quejido —coincidencia que, como veremos más abajo, pone de manifiesto un cierto espíritu de la época—. Así pues, la elección del tema, la decisión de utilizar óleo —cuando pintar con acrílico significaba estar pictóricamente al día—, la misma solución del cuadro, que revisa estilos del pasado, dan idea del empeño de Albacete de “volver a la pintura”, lo que en su caso personal significaba cancelar definitivamente su etapa de artista conceptual. Y éste era también el camino que había emprendido el arte español en aquellos años. Exposiciones como “1980” o “Madrid D.F.”, junto con la labor de jóvenes críticos que tomaban el relevo a la generación anterior, estaban sacando a la luz toda una serie de artistas y de obras que, aún presentes algunos y algunas desde años atrás, no habían tenido la atención ni el aliento necesarios para despuntar en un panorama dominado entonces por los “nuevos comportamientos artísticos”, como antes lo había estado por el informalismo. Me refiero a pintores que se afirmaban en el oficio y con él, en el gusto por los temas, por narrar, por disfrutar del color, y que no sentían empacho rindiendo tributo a los viejos maestros (piénsese en el Pérez Villalta de aquellos años, por ejemplo, tal y como está representado en esta Colección). En el estudio no estuvo en las exposiciones mencionadas, pero su sintonía con ellas se hace patente cuando uno de sus más destacados impulsores, como fuera Juan Manuel Bonet, se refiere al cuadro como una de las más clamorosas ausencias de la selección (razón por la cual se le incluyó en la itinerancia posterior).

El cuadro en cuestión es, en realidad, un díptico. El artista ha disimulado la línea de contacto entre ambos bastidores convirtiéndola en un elemento más de la trabada estructura. ésta será, por cierto, la manera en que Albacete resuelva la composición, transformando objetos, mobiliario y arquitectura de la escena en elementos de la construcción pictórica. A medio camino entre la abstracción y la figuración (el camino seguido por Albacete desde entonces), lo que vemos es una construcción de planos geométricos de color que poco a poco cristaliza en una escena de interior. Es el taller de un pintor, en cuya parte derecha, ante un caballete, él se inclina a recoger un color con su pincel. A la izquierda hay un gran ventanal, un arco y debajo el único plano que, en diagonal, puede sugerir profundidad. La trama de líneas, predominantemente ortogonal, se astilla en ángulos y queda rasgada por la curva del arco, por un utensilio a sus pies y, en el otro lado de la escena, por la figura del pintor. Apenas esbozada, la cabeza es un circulo y la espalda repite la curva de la arquitectura. Albacete ha colocado una mancha blanca en lugar del torso. Sirve para evocar, en la detenida escena, el movimiento del pintor que, ante el lienzo, se gira una y otra vez con el pincel hacia la mesa. Albacete prescinde aquí del claroscuro y coloca los objetos en el espacio mediante una trama constructivista de líneas bien marcadas. Lo hace con pincel, no con lápiz, al modo picassiano, pero también como uno de sus pintores más admirados, Richard Diebenkorn (1922-1993), un expresionista abstracto de la segunda generación, cuyos cuadros, como los de Albacete, nunca renuncian por completo a la sugerencia figurativa.

La influencia del expresionismo abstracto americano es evidente, como la de cierta pintura francesa de comienzos del siglo XX. El interés por conjugar ambas tendencias fue común a otros pintores del momento, como Miguel ángel Campano o Manolo Quejido. En este caso, se trata de conjugar ya sea la estructura del cubismo o la luminosidad de Matisse —en Albacete también y más cerca la de su maestro Juan Bonafé— con logros del expresionismo abstracto americano, como la voluntad de abstracción —que aquí convierte todos los detalles figurativos en campos de color—, o la insistente planitud de la pintura.

Hay una fotografía en que aparece Albacete ante un caballete en que están colocados dos bocetos distintos: el del rincón de la ventana y el del pintor ante el lienzo. A partir de esas dos miradas distintas sobre el mismo espacio, surge el cuadro, señala.

Armando Montesinos, que ha hecho un brillante análisis del mismo. También conocemos bocetos preparatorios y pequeños lienzos que recogían detalles de la escena. Podemos, pues, decir que En el estudio fue realizado con sumo cuidado, con plena conciencia de su importancia y, en efecto, hoy podemos verlo como si fuera una declaración de las intenciones de Alfonso Albacete como pintor. Una, que desde entonces siempre le ha acompañado, es la de experimentar, la de investigar. La de convertir la pintura en problema para divertirse encontrando soluciones.


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