Álex Vicente

Al abrirse la puerta de su hogar, situado en un antiguo suburbio obrero de la periferia sur de París, aparece una mujer sobre la que uno cree saberlo prácticamente todo. Sophie Calle ha dedicado una parte considerable de su existencia a poner en escena su día a día, por lo que desde el apretón de manos se producirá un extraño –y, probablemente, ilusorio– sentimiento de familiaridad. Aparece envuelta en un primaveral estampado de Sybilla que dice que se compró en Japón. Cruzando un pequeño jardín interior, la artista se abre paso hacia un luminoso atelier, repleto de objetos decorativos de estilos inconexos, en el que frutas de plástico, souvenirs de dudoso gusto y decenas de animales disecados conviven con pequeñas obras de Yves Klein y Louise Bourgeois. Por asombroso que resulte, el conjunto desprende una inverosímil coherencia. Calle luce unas gafas oscuras de las que no se desprenderá en toda la tarde. “Es por la edad”, se justificará. Tiene 61 años.

Es una pionera en la utilización explícita de lo vivido como materia prima de la creación. Durante siglos se escondió como algo indigno, pero ella lo convirtió en el propio objeto de un arte al que se suele enmarcar en la imprecisa categoría de lo conceptual. Una vez pagó a un detective privado para que la siguiera y elaborara un detallado informe diario sobre su cotidianidad. Otra, acudió a una vidente llamada Maud y luego se dirigió en persona a los lugares que ella había logrado visualizar durante su trance. En una ocasión, documentó el final de su efímero matrimonio filmando a su entonces compañero durante un mes y medio durante un viaje por carretera. Y en otra, pidió a un centenar de mujeres que interpretaran el mensaje de ruptura enviado por un ex, ese que concluía con un mensaje ya célebre: “Cuídese mucho”. El tono ceremonial no es sorprendente: otra de las cosas que sabemos es que la artista llama de usted a sus parejas, como esos matrimonios franceses algo antediluvianos, y que nunca comparte con ellos su hogar para preservar lo que considera una sana distancia. En un rincón de su casa, una postal reza: “¡Oh, cielos! Me olvidé de tener hijos”.

Mi trabajo surge de la intimidad, pero nunca la revela. Lo que ustedes ven es solo la parte que acepto contar”

Uno cree saberlo todo sobre esta artista con página propia en la historia del arte contemporáneo, aunque probablemente no se encuentre en lo cierto. “Quien esté convencido de saberlo todo de mí se equivoca totalmente”, confirmará Calle algo más tarde, sentada en la cocina frente a una taza de café. “Todo lo que cuento es cierto, pero lo que hago no tiene nada que ver con un diario personal. Escojo momentos precisos a los que doy una forma distinta, reescribiéndolos y deformándolos. Mi trabajo surge de mi intimidad, pero nunca la revela. Lo que ustedes ven es solo la parte que acepto contar”, explica la artista, quien protagoniza hasta el 7 de junio una retrospectiva en La Virreina de Barcelona, además de formar parte, junto a Marina Abramovic y Laurie Anderson, de la primera edición de BP.15, nueva bienal de la performance de Buenos Aires, en la que participará a partir del 26 de mayo. “Además, todo el mundo se olvida de que la mitad de mis proyectos no hablan de mí, sino de los demás”. No le falta razón: es tan exhibicionista como voyeur. Al principio de su carrera, tras ser contratada en un hotel veneciano, se infiltró en las habitaciones que le tocaba limpiar, esbozando con fotografía y texto sugestivos retratos in absentia de sus huéspedes. Otra vez, utilizó una vieja agenda encontrada por la calle para adivinar los rasgos de su propietario, analizando los garabatos y direcciones que contenía como si fueran señales divinas. “Utilizo cosas que le suceden a cualquier persona. La diferencia es que decido hacer otra cosa con ellas”.

Hace algo más de una década, coincidiendo con la gran exposición que le dedicó el Centro Pompidou de París, aceptó someterse a un test psiquiátrico con la misión de revelar lo más profundo de su identidad. Rellenó el formulario correspondiente y esperó el diagnóstico. Concluyeron que la paciente era “tranquila”, “generosa”, “concentrada”, “segura de sí misma”, “constante en su trabajo” y “ligona”. Una década más tarde, ¿se sigue reconociendo en ese retrato robot? “Todo es cierto, menos lo de tranquila y ligona. Lo he sido, pero ahora tengo pareja”.

Revela su nombre, pero pide que no se hable de él: llegaron a ese acuerdo al iniciar su relación. “Ahora mismo sí que estoy tranquila, pero solo por razones de salud”, corregirá. Sobre la mesa de la cocina se logra distinguir un pastillero. “Tuve un infarto el mes pasado”, revela. “Tuve miedo. Los médicos no me dieron ninguna explicación. No era lógico que me pasara eso, porque no fumo ni nada de eso. No soy el tipo de persona a la que le pasa. Simplemente sucedió. Ahora tengo que descansar. Me tengo que quedar todo el día en casa y no coger aviones. Y solo acepto una cita al día. Usted es mi cita de hoy”.

La obra 'L'Autre' (1992), de Sophie Calle.
La obra ‘L’Autre’ (1992), de Sophie Calle. sophie calle

Durante la década pasada, Calle reinventó el mítico cuestionario Proust para la revista Les Inrockuptibles. Cambió las preguntas clásicas –la cualidad preferida en un hombre; el personaje histórico con el que le gustaría cenar– por otras algo más macabras, a menudo vinculadas a la muerte. Por ejemplo: 1) ¿Cuándo falleció usted?, 2) ¿Bajo qué aspecto desearía reencarnarse?, y 3) Elija su propio epitafio. Tras el susto recibido, le ha dejado de hacer gracia fantasear con el fin. “Aún no he elegido mi epitafio, y eso que hasta hace poco pasaba mis días redactando testamentos”, responde. A continuación se levanta y abre el cajón de un viejo mueble, rebosante de papeles manuscritos. “Mire todo esto: testamentos, testamentos y más testamentos. El que tenga la fecha más reciente es el que sirve”. Extrae uno al azar. “Ah, sí, este lo escribí en septiembre, antes de tomar un avión para Brasil”.

Descendiente de judíos asquenazíes por parte de madre, Calle creció en un apartamento pegado al cementerio de Montparnasse. Su escuela estaba situada al otro lado del camposanto, por lo que se veía obligada a cruzar los mausoleos por lo menos cuatro veces al día. Pero cuando se le pregunta si la muerte ha sido, en el fondo, el ciclo central de un trabajo consagrado a la ansiedad posmoderna, le rechinan algo los dientes. “Más que de la muerte, diría que he hablado de la ausencia, de la pérdida, de la carencia”, corrige. “Un hombre que se marcha. Un cuadro que desaparece. Personas ciegas que nunca han visto el mar. Esas son mis imágenes. Pero no tengo una explicación y no se me pasaría por la cabeza buscarla”. El psicoanálisis nunca le ha interesado. “Bueno, solo una vez, por error, durante unas cuantas sesiones”, rectifica. ¿Por qué por error? “Mi padre, que es médico, me dijo que tenía mal aliento y me quiso mandar a un especialista. Pero se confundió y, en lugar de a un generalista, me mandó a ver a un psicólogo.

“Me encontré sentada en el diván diciendo que todo era un error de mi padre. El psicoanalista me preguntó: ‘¿Siempre hace todo lo que le dice su padre?”. Le pareció una buena respuesta y decidió quedarse, pero lo abandonaría al cabo de poco. ¿Tal vez porque su arte ya suplía esa función? “No. Lo dejé por falta de tiempo y de dinero. Prefería ocupar mi tiempo de otra forma. En general, cuando algo no va bien, prefiero irme a dar un paseo antes que tumbarme en un diván”. Su madre, Monique, murió en 2006 y dio origen a distintos proyectos artísticos. Su padre, el médico y coleccionista de arte Bob Calle, falleció pocos días después de este encuentro. “Está más enfermo que yo”, había señalado.

No ha habido ninguna reivindicación feminista en mi obra. Pero cuando me dicen que la hay, me lo tomo como un cumplido”

A Sophie Calle le hubiera gustado ser cantante de ópera. O, en su defecto, escritora. “Me fascina que se marchen unos meses y regresen con un libro entre las manos. Yo soy incapaz de hacer eso, no sé crear ficción. Me gustaría, pero no puedo”, confiesa. Antes de convertirse en artista, viajó por medio mundo malviviendo con pequeños trabajos. “Fui camarera en Nueva York, trabajé con un pescador en Creta y cultivé campos en México. Tampoco era nada especialmente original. Era lo que los jóvenes hacíamos en esa época: viajar por el mundo hasta saber qué queríamos hacer con nuestras vidas. Ahora ya casi nadie lo hace, por miedo. Nadie quiere perder su trabajo o no encontrar uno. Pero entonces no teníamos ningún miedo. El futuro no era motivo de angustia. Fue un tiempo políticamente comprometido y marcado por la generosidad. Fue un momento vivo, feliz”. Lo dice sin nostalgia aparente. Tampoco cree haberse aburguesado con la edad, aunque sí se dice “más perezosa”.

Cuando inició su andadura a finales de los setenta, muchos no supieron cómo clasificar su arte, y ni siquiera si era adecuado englobarlo en esa categoría. En la novela Leviatán, su amigo Paul Auster creó un personaje inspirado en ella: María, esa artista a quien algunos llamaban “fotógrafa”, otros “conceptualista” y los de más allá “escritora”, sin que ninguna de las tres descripciones se ajustara a su trabajo. “Resultaba imposible meterla en una única categoría”, escribió Auster. Calle dice que todo empezó en Estados Unidos. “El espectro de la definición de lo que era el arte era más amplio allí que en Francia. En Nueva York veían una de mis fotos pegada a unas líneas de texto y exclamaban: ‘Esto es arte’. En París, en cambio, todo fue bastante más problemático”, recuerda. Sacamos un recorte de la hemeroteca y lo colocamos sobre la mesa: una crónica aparecida en 1980 en el diario Libération, fundado por Sartre y convertido en portaestandarte de la intelectualidad izquierdista, que se preguntaba: “¿Es artista Sophie Calle?”. Ella afirma que tampoco sufrió en exceso por ese rechazo. “En el fondo, yo también me estaba haciendo esa pregunta”, ironiza.

A la artista le irrita que le obliguen a definir su trabajo. O, aún peor, a explicar de qué trata. “No soy historiadora del arte y no me gusta analizarlo así. Francamente, no soy una intelectual”, sentencia. Como a algunas de sus contemporáneas y predecesoras inmediatas, como Cindy Sherman, Martha Rosler o Annette Messager (quien hoy ocupa el taller contiguo al de Calle junto a su marido, el también artista Christian Boltanski), se la responsabilizó de la emergencia de lo femenino en el arte. Su irrupción contribuyó a revolver las jerarquías que reinaban en él.

'Coeur de Cible Target 3' (2003).
‘Coeur de Cible / Target 3’ (2003). sophie calle

Invalidaron la imagen tradicionalmente pasiva de la mujer como musa, crearon un modelo inédito más allá de la polarización entre la madre y la prostituta y giraron la espalda a los géneros dominantes, como la pintura y la escultura, abrazando la fotografía, el vídeo y la performance (o, en el caso de Calle, incluso la denostada fotonovela). ¿Considera que hizo resurgir lo femenino en el arte, como se ha afirmado hasta la saciedad? “Es una pregunta que nunca me he hecho. Es decir, ¿haría un arte distinto si no fuera mujer? Por supuesto, igual que si hubiera nacido en Turquía, si me faltaran dos brazos o si hubiera vivido en otro momento histórico”, responde Calle, algo a la defensiva. “Aunque, bien pensado, ser mujer me ha permitido hacer cosas que para un hombre hubieran sido mucho más complicadas. Por ejemplo, mi primer proyecto consistió en invitar a extraños a dormir en mi cama. Si hubiera sido un hombre, se habría desconfiado mucho más de mí”. Militó por el aborto en los setenta y se declara feminista, aunque no tiene claro si su arte también lo es. “No ha habido ninguna reivindicación en mi trabajo. En todo caso, cuando me dicen que lo es, me lo tomo como un cumplido y no como un insulto”, zanja.

Su exploración del yo arrancó en una época en la que la intimidad seguía siendo sagrada. La exhibición de todas esas cosas que se suponía que no interesaban a nadie no era una práctica ni aceptable ni aceptada. Puede que Calle entendiera antes que nadie que el futuro apuntaba hacia ese cambio de paradigma que impusieron las redes sociales. “No sé si eso es verdad”, desestima. “No formo parte de esas redes. No tengo Facebook, ni Twitter, ni Instagram. No me atraen porque les falta poesía. Carecen de misterio. Si alguien me pidiera ser su amiga en Facebook, me entrarían ganas de vomitar”. Quienes la conocen juran que no hay nada que le guste más que ir contracorriente. Hubo un tiempo en que fotografiaba sus senos. Hoy no se quita las gafas de sol.


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