Es marzo de 1967 y un joven Mario Vargas Llosa realiza una crítica y valoración de la obra del escritor Ciro Alegría, fallecido recientemente. El ahora Nobel se detiene especialmente en la gran novela indigenista “El mundo es ancho y ajeno”. El texto original fue publicado en la revista Caretas.

 

Escribe Mario Vargas Llosa

La novela ha sido en el Perú un género tardío y esporádico. Asomó ya adelantado el siglo XIX gracias a un puñado de escritores de ocasión (había entre ellos algunas respetables matronas) cuyos méritos son sobre todo históricos, apenas literarios. En ese siglo de prodigiosas “summas” novelescas —el de Dickens— que vio surgir en casi todo el mundo una novela nacional (Chile tuvo su Balzac en Blest Gana y Brasil su Machado de Assis), el narrador peruano más original fue un cuentista risueño y anacrónico cuya obra es un rico, multicolor, aunque ligero mosaico de estampas, anécdotas, crónicas y chismes. No tuvimos un gran novelista romántico que resucitara en una ambiciosa ficción los años arduos de la conquista o la vida letárgica y claustral de la colonia o los trajines militares de la emancipación, ni un gran realista que describiera con imaginación y rigor los años tragicómicos del caudillismo y de la modorra republicana, ni un gran naturalista que laboriosamente diseccionara el cuerpo enfermo de la sociedad peruana y exhibiera sus tumores, sus úlceras, en una novela perdurable. El libro que vino en cierta forma, a llenar ese vacío, a proponer una imagen novelesca representativa del Perú a la manera clásica (es decir con audacia, soltura e inocencia) fue El mundo es ancho y ajeno. Pese a su edad, relativamente breve, esta novela es por eso, de algún modo, el punto de partida de la literatura narrativa moderna peruana y su autor nuestro primer novelista clásico.

Sería injusto, desde luego, disminuir la importancia de los otros libros de Ciro Alegría. Incluso, desde puntos de vista muy concretos, algunos críticos han preferido a El mundo es ancho y ajeno, la construcción más ceñida, la prosa más artísticamente trabajada de La serpiente de oro o la intensidad emocional más concentrada de Los perros hambrientos. Pero, aun cuando en ciertos aspectos estos dos últimos libros ofrezcan aciertos más flagrantes, dentro de una concepción general, la obra mayor de Alegría —la de más aliento, la más compleja y osada como tentativa creadora— fue, sin lugar a dudas El mundo es ancho y ajeno. Este libro es clásico no sólo porque constituye el más ilustre antecedente de la novela peruana contemporánea, sino también porque en su factura y en sus propósitos puede asimilarse sin dificultad a la mejor tradición de la novela romántica y naturalista, cuyas características esenciales comparte. Se trata de una historia épica, contada con un lenguaje impresionista y ambientada de manera estrictamente realista: una síntesis americana de Víctor Hugo y Zola. Las vicisitudes de la comunidad indígena de Rumi, la heroica, vana lucha de Rosendo Maqui por defender las tierras de su pueblo contra el apetito feudal del hacendado Álvaro Amenábar a quien amparan las leyes injustas y la fuerza bruta de las armas, constituyen nuestra representación literaria más difundida, el gran fresco narrativo nacional, el equivalente peruano de Los miserables o de los Episodios Nacionales de Galdós.

Novela surgida dentro de una corriente literaria en nuestros días ya difunta —el indigenismo—, El mundo es ancho y ajeno ha conservado, sin embargo, su plena vigencia testimonial (porque en términos sociales los problemas que describe aún existen) y, lo que es más importante, su poderosa vitalidad literaria. A diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con libros como Raza de bronce o La vorágine o Huasipungo, que han envejecido terriblemente y aparecen, ante los ojos del lector contemporáneo, como piezas de museo, interesantes históricamente porque en ellos se registra y fija un momento fundamental de la literatura americana —el momento en que los narradores toman conciencia de sus propias sociedades e intentan fogosamente proyectar en populosos murales los males que aquejan a las desamparadas mayorías, describir los tipos humanos y el egregio cuadro geográfico de la puna y la selva americana—, pero literariamente pobres, por la tosquedad rudimentaria de su forma y la estrechez provinciana de su visión, El mundo es ancho y ajeno ha resistido admirablemente el paso del tiempo y sobrevive indemne al naufragio indigenista. Ello se debe, sobre todo, a que en esta novela Ciro Alegría supo crear un puñado de personajes que son algo más que la mecánica emanación de una naturaleza o de un ambiente, un grupo de seres que, a diferencia de lo que ocurre con tanta frecuencia en la literatura costumbrista, perduran en la memoria del lector por su psicología particular, su físico y sus conductas y no como meras entelequias folklóricas. El fiero Vásquez, el insurrecto Benito Castro, el venerable Rosendo Maqui, el pérfido Amenábar y tantos otros personajes de la trágica odisea de Rumi sin “héroes” diferenciados a la manera romántica: cada cual encarna una virtud, un vicio, una manera de ser única, y a lo largo de la epopeya piensa y actúa en perfecta consecuencia con el rol que representa, sin traicionarlo jamás. Ni el paisaje ni los usos y costumbres —que Alegría describe con morosa grandilocuencia— devoran estas naturalezas humanas llamativas y sólidas que luchan, sufren, aman y mueren en consonancia con el imponente decorado que las rodea: soberbiamente. Es verdad que todo es excesivo y desmesurado en el drama de la comunidad de Rumi: el medio, las situaciones, las conductas. No basta decir que la realidad peruana es excesiva —lo que, naturalmente, es cierto— y que sus males son desmesurados para justificar el tremendismo como corriente literaria. Alegría, sin embargo, sorteó los peligros del verismo gracias a un sentido notable de la coherencia interna, que es la condición primordial para que una novela sea —además de un documento social— una obra de arte. En El mundo es ancho y ajeno todo —desde su hermoso título que proclama las intenciones críticas que animan al autor, hasta el estampido de los máuseres con que concluye la historia— se corresponde: la enormidad de las injusticias que denuncia, la plasticidad metafórica del lenguaje, el suntuoso panorama geográfico, la rica variedad de tipos humanos, el ritmo solemne en el que se desarrolla la acción de la novela. Esa perfecta adecuación de sus elementos da a El mundo es ancho y ajeno su eficacia y su justificación literaria, su verosimilitud como creación.

Ciro Alegría parecía haber aceptado su situación de (literaria, no cronológicamente) fundador de la novela peruana; su largo silencio, apenas alterado por la publicación de Duelo de caballeros, revela sobre todo una adhesión sentimental a un modo de concebir la novela que ya resulta extemporáneo, una negativa discreta pero firme a renovar y modernizar esa concepción. Su obra, como resultado de una época literaria liquidad, constituye una fuente muy valiosa, un punto de referencia obligado, una tradición altamente estimable. Empeñarse en nuestros días en perpetuar la visión romántico-naturalista de la realidad que entraña una novela como El mundo es ancho y ajeno hubiera resultado un anacronismo: el color local, el pintoresquismo, la distribución maniquea del bien y del mal en personajes antinómicos, el desdén de la técnica narrativa, la falta de un punto de vista (o de varios) que sirva de eje argumental y dé a la novela soberanía parecen ya injustificables en la novela moderna. Ese silencio,  que muchos lamentaban en Ciro Alegría, fue tal vez una cabal renuncia a insistir con una forma de literatura que comprendía ya superada pero de la que, al mismo tiempo, seguía sintiéndose irremediablemente solidario. Gracias a Alegría el movimiento literario indigenista tuvo una especie de apogeo, gracias a él alcanzó una difusión internacional muy amplia y decisiva. Sería inútil negar que en nuestros días ya no se pueden compartir las convicciones literarias que él tuvo, que los métodos y procedimientos que él empleó para apresar la realidad y proyectarla en ficciones resultan ahora limitados. Ocultar esto porque Alegría acaba de morir sería injuriarlo, ya que todo escritor aspira a que sus obras sean juzgadas con prescindencia de consideraciones personales. Además, disentir de una concepción literaria, de ningún modo significa restar méritos a las obras que originó y mucho menos en este caso ya que, precisamente, tanto El mundo es ancho y ajeno como La serpiente de oro valen más que las tesis estéticas que las inspiran y demuestran, una vez más, que la intuición y la ambición creadora de un escritor son suficientes para producir libros originales y valiosos y para romper las barreras que pudieran oponerle los prejuicios de una escuela o las convenciones de una época.


Dejar respuesta