Nadie sabe mucho de él: qué come, cómo vive, a quién quiere. Si acaso se conocen cosas como que fue abogado, que es guionista, que no da entrevistas, que comenzó a escribir a los 38 años, que está próximo a cumplir 92, el 11 de mayo, y que en un mes publica un nuevo libro de cuentos. Fonseca cree genuinamente que un escritor solo debe hablar por medio de su obra.

Y si habla así, sus novelas y sus cuentos testimonian con crudeza, sin concesiones, los contrastes sociales de su país, que bien pueden ser los del resto de América Latina. En sus historias todos tienen lugar: pobres, ricos, prostitutas, drogadictos, gais, políticos, delincuentes, orates, negros, blancos, perdedores, feos (mejor si no tienen dientes) y bonitos. Pocos se escapan. Una de sus fijaciones es la marginalidad conectada con el poder.

Su dureza atrapa y cada vez tiene más lectores, todos incondicionales, como Luis Fernando Afanador, el crítico literario de SEMANA, que supo de Fonseca por una reseña elogiosa que hizo Mario Vargas Llosa, en 1986, de la novela El gran arte. “En la obra del brasileño –dice Afanador– hay implícita una crítica social y por lo tanto los poderosos son duramente fustigados. Se ve cierta simpatía, cierta ternura, hacia los pobres, los jodidos, los desheredados. Pero ellos también son víctimas de su humor negro: no es un escritor panfletario, no está al servicio de nadie”.

Eso queda claro en novelas como El caso Morel (1973), El gran arte (1983), Buffo & Spallanzani (1986) o Agosto (1990), o en sus libros de cuentos como El collar del perro (1965), Feliz Año Nuevo (1975) o El cobrador (1979). El gobierno de turno censuró varios de ellos: Fonseca molesta e incomoda al que sea, pero su blanco es el poder político.

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Y en las pocas veces que ha hablado el autor casi siempre recuerda el episodio con un senador, Dinarte Mariz, que dijo en 1977: “Lo que leí me espantó, me puso los pelos de punta; es pornografía del más bajo nivel, no hay página en que no se vean los rincones más oscuros del país… Además de ser censurado, el autor debería ir preso”. Se refería a Feliz Año Nuevo, recogido casi de inmediato de las librerías. Era la época de la dictadura del general Ernesto Geisel. Fonseca demandó al Estado y 12 años después ganó el pleito.

Si en Brasil sus libros circulaban restringidos en los años setenta y ochenta, en otros países solo lo hacían de mano en mano y encontrar cualquier obra suya era lo más parecido a un milagro.

Rodrigo Argüello, escritor y crítico, recuerda que en esos años exploraba todo lo que tenía que ver con el género negro. Y en la época en la que se vendían libros de segunda en la calle 19 de Bogotá, entre la Séptima y la Caracas, consiguió muy baratas las primeras obras de Rubem Fonseca, El cobrador, publicado por Bruguera, y Feliz Año Nuevo, de Alfaguara. Desde entonces, fue propagando la lectura del brasileño entre sus estudiantes de la Universidad Central y la Javeriana.

El novelista y columnista Esteban Carlos Mejía supo del autor en una librería de viejo cuando llegó a sus manos Agosto, la novela policiaca sobre el suicidio del presidente Getúlio Vargas, y desde entonces cayó bajo su influjo. “Asusta o intimida su estilo directo, categórico, sin rodeos –dice Mejía–. Rubem llama al pan, pan, y al vino, vino. Al sexo, sexo cochino. Al crimen, oscuridad y penuria”.

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Porque en el mundo marginal de Fonseca hay dos temas en los que no busca aprobación, sexo y violencia, con los que puede abochornar o agredir. Como muralla aparecen argumentos que exponen que “es violento porque la realidad es violenta” o “demuestra de una manera contundente que existe la violencia”.

Afanador no cree que sus descripciones sexuales sean explícitas y mucho menos pornográficas. “La inminencia del sexo es más erótica que el sexo mismo”, explica. Y evoca a un personaje de Fonseca que dice: “Me gustan tanto las mujeres, que a veces siento deseos de gritar”. El escritor Miguel Mendoza, un autor colombiano, hizo una tesis sobre Fonseca, y sostiene que “como nadie, reconcilia el sexo y la muerte. Es el escritor de los lugares oscuros de la condición humana”.

Pero nada sería de estos temas, de esa visión casi salvaje, si no fuera por un estilo agobiante, frenético, sintético, fluido y de grandes diálogos. Afanador lo describe: “Permanentemente tenemos la ilusión de estar avanzando, de ir a un lugar determinado, concreto. Fonseca hace ver lento el cine de acción”.

La trascendencia de este escritor es universal, de los mejores de América Latina y, sujeto a debate, el gran representante de la literatura brasileña contemporánea. Su obra le ha dado oxígeno a la novela negra y para ello creó a Mandrake, su gran personaje, un abogado investigador (no un detective privado) fiel hasta el final con sus clientes.

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Como comenta Miguel Mendoza en la novela negra estadounidense o europea, generalmente el detective le gana al malo, pero con Fonseca no: el villano tiene mil cabezas (manejado desde los hilos del poder) y el asesino es apenas la punta del iceberg. Así ocurre en El gran arte, donde Mandrake figura como nunca.

Esteban Carlos Mejía tiene también su forma de ver el aporte del escritor nonagenario a la novela negra, pues, según él, son la invención y la sublimación de la justicia. Sus historias son tan verosímiles que el lector termina por olvidar que son solo ficción. ¿Y la justicia? “Las novelas –dice Mejía– no se limitan a develar los crímenes, castigar a los criminales y restituir el orden quebrantado, sino que inspiran a anhelar otra justicia menos podrida, una justicia más justiciera”.

No solo sus cada vez más numerosos lectores siguen el rastro de Fonseca. En su país, su influencia en los escritores contemporáneos es evidente y ni hablar de los de la nueva generación como Luiz Ruffato y Patricia Melo.

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Su influencia trasciende su nación. El escritor mexicano Antonio Ortuño, autor de La fila india y El buscador de cabezas, entre otros, le confesó a SEMANA que su lectura ha sido fundamental: “Soy un loco obsesivo y tengo todos sus libros: debo haberlos leído entre tres y cinco veces (o más) cada uno. Leerlo fue una de las claves formativas de mi propia estética y mi propia identidad como narrador”.

Y Colombia no es la excepción. El primer libro de Fonseca que circuló en el país fue El gran arte, editado por Oveja Negra, a comienzos de los años noventa. El brasileño ejerce una fuerte influencia por esta novela y por su adaptación cinematográfica –dirigida por Walter Salles, en 1991, y protagonizada por Peter Coyote–. El escritor Antonio García Ángel, que conoció así a Fonseca, lo explica: “Él, como (Raymond) Chandler en su momento, demostró que no hay temas ni géneros menores, y que el gran arte depende del pulso narrativo del escritor más que de los asuntos sobre los que trata su literatura”.

Aun así, sobre Fonseca no solo descienden elogios. Una obra como la suya no genera consenso y se ha ganado calificativos como misógino, enfermo, inconsistente, monotemático y, como a algunos jugadores de fútbol, sobrevalorado. A sus seguidores esto no les importa mucho. Por ahora, esperan ansiosos su próximo libro, el que ojalá no sea el último. Fonseca, a sus casi 92 años, avisa que es incombustible.


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