Lleva 44 años trabajando encima de un escenario, pero el público jamás lo ha visto. Siempre ha estado en la penumbra, oculto a la mirada del espectador, dirigiendo la función que se desarrolla a susurros entre bastidores: actores entrando y saliendo, utileros corriendo entre cajas, maquinistas moviendo poleas, sastres cosiendo botones de urgencia… Todos obedecen sus órdenes, pues una vez subido el telón quien manda no es el director de la obra, sino él. “Soy como un controlador aéreo. No puedes dejarte llevar por los nervios. Si algo falla, tienes que saber improvisar para que el espectáculo llegue siempre hasta el final”, explica José María Labra, regidor del Centro Dramático Nacional desde hace tres décadas. El Día Mundial del Teatro, que se celebra hoy, es también su fiesta.

De izquierda a derecha, Juan Gómez-Cornejo (iluminador), María Calderón (sastra), Felipe de Lyma (vestuario), Beatriz San Juan (escenógrafa), Sandra Calderón (sastra) y Pepa Hermández (regidora), en uno de los montacargas de ‘atrezzo’ del Teatro Real, en Madrid. CARLOS ROSILLO

Labra es toda una institución en el teatro español. Dicen que hace posibles los sueños más complicados de los directores artísticos y es respetado como maestro de varias generaciones de técnicos. Ha escrito dos libros sobre los entresijos de su profesión y hace un mes recibió con gran emoción el premio Adolfo Marsillach, que otorga cada año la Asociación de Directores de Escena a un profesional que destaque por su “labor teatral significativa”. Es la primera vez que este galardón recae en un técnico, lo que significa también un reconocimiento a todos esos oficios teatrales sin relumbre pero sin los cuales el espectáculo sería imposible.

Hay mucho trabajo detrás de un escenario. Y también mucha formación. Pepa Hernández, regidora del Teatro Real de Madrid, aprendió el día a día de su oficio como ayudante de Labra, pero además ha tenido que hincar los codos. “Siempre soñé con dirigir el ‘espectáculo total’ que es la ópera, donde los decorados son más grandes y más complejos y donde se mezcla una gran cantidad de colectivos artísticos distintos: coro, músicos, bailarines, solistas, escolanías, actores… Para eso no bastan los conocimientos técnicos. Tienes que estudiar idiomas, música, estar siempre al día con las nuevas tecnologías”, explica Hernández.

En la ópera los regidores pueden llegar a dar varias órdenes consecutivas por minuto. Una locura. “Durante los ensayos se registran todas las acciones de forma cronológica y se les asigna un número que se anota en la partitura musical en el punto que el director decide. De esta forma durante las funciones todo está sistematizado”, explica Hernández. ¿No le pone nerviosa que todo dependa de sus órdenes? “Si no te gusta asumir responsabilidades no puedes hacer este trabajo. Hay que tener mucha ‘psicología’, como dice mi maestro Labra”, bromea. “En los veinte años que llevo en el Real solo hemos tenido que suspender una función porque se fue la luz. Nuestro lema siempre es: el espectáculo debe continuar”, añade.

Otros no controlan tanto sus nervios. El diseñador de iluminación Juan Gómez-Cornejo es incapaz de ver en el patio de butacas el estreno de una obra en la que haya participado. Se coloca siempre cerca de la salida pensando que va a tener que salir corriendo. Y eso que lleva 30 años en la profesión y ganó el Premio Nacional de Teatro en 2011, otra de esas escasas veces en las que un galardón de prestigio reconoce a profesionales que no sean actores, directores o dramaturgos. “La luz es el principal vehículo de comunicación entre el escenario y el espectador. Por eso un iluminador tiene que escuchar al director y saber qué pretende hacer con la obra. Me gusta participar en la narración dramática”, comenta Gómez-Cornejo.

A la escenógrafa Beatriz San Juan, colaboradora habitual del director Andrés Lima, lo que más le gusta de su profesión es el trabajo colectivo. “Yo estudié Bellas Artes, pero la soledad del estudio me pesaba. Disfruto muchísimo ese proceso tan abierto que ofrece el teatro: me encanta ir a los ensayos, hablar con el director y los actores, que todo esté tan vivo. Me gusta jugar e ir creando poco a poco en equipo”, proclama.

San Juan solo le ve una pega a su oficio: “Me cuesta disfrutar de una obra como espectadora. No puedo evitar analizar los decorados, los trajes… Tiene que ser muy bueno el argumento para que me deje llevar. ¡Deformación profesional!”, ríe. No obstante, tiene grandes recuerdos tanto detrás del escenario como en patios de butacas. “Ya de pequeña iba mucho al teatro con mi familia. Y fue a los 14 años, viendo el espectáculo Antaviana de Dagoll Dagom, cuando empecé a plantearme dedicarme a esto. Era fascinante aquel espectáculo, magia pura. Cuando lo vi me dije: yo quiero hacer eso”, relata.

Junto a los escenógrafos colaboran estrechamente los diseñadores de vestuario. De hecho, en muchos espectáculos son la misma persona: a veces por motivos artísticos, pero también por razones económicas. “Sobre todo en épocas de crisis. A la hora de ahorrar, los primeros que caemos somos nosotros”, advierte San Juan, que firma tanto escenografías como vestuarios.

Felype de Lima, brasileño afincado en Madrid, compagina también los dos oficios, que él define como “pura poesía visual”. “Me apasiona investigar sobre una obra y plantear un universo estético concreto”, comenta De Lima. El momento más emocionante para este artista fue cuando el afamado director esloveno Tomaz Pandur, fallecido el año pasado, se fijó en su trabajo y lo llamó para que formara parte de su equipo. “Firmé el vestuario de tres montajes suyos y disfruté momentos inolvidables con él”, recuerda.

Otro apellido muy conocido en el mundo teatral es Calderón. O mejor dicho, las Calderonas: una familia de mujeres que vive entre patrones, telas y máquinas de coser. María Calderón, la madre, estudió Químicas para dedicarse a la industria textil, pero el desmantelamiento del sector en España le llevó a buscar otras opciones y comenzó a teñir telas para espectáculos. Ahora trabajan con ella sus hijas, Sandra y Mónica, una como costurera y otra como asesora histórica.

María acaba de teñir 500 metros de tela para una obra de Alfredo Sanzol, Sandra tiene pendiente de coser 26 trajes para Fuenteovejuna y Mónica ha estado asesorando las últimas series históricas de televisión. “Los actores tienen que estudiar, pero nosotras también. Para hacer cualquier prenda tienes que ambientarte en la época y conocer los diferentes tipos de tejidos que se utilizaban en cada momento”, explica la madre. “Cuando ves en el escenario los trajes que han salido de tus manos te sientes muy orgullosa. Quizá no sea lo más importante para que una obra salga redonda, pero algunos de los aplausos que reciben los actores los sentimos nuestros”, asegura su hija Sandra.

Muchos profesionales como Sandra llegan al teatro por tradición familiar. Otros por vocación. Y otros por puro azar. Eva Fernández, que hoy tiene 45 años, tenía 18 años cuando un cliente de la peluquería en la que trabajaba se prendó de su estilo y le propuso ser su ayudante en el Liceo de Barcelona. Allí aprendió el oficio y se formó además como maquilladora, lo que la ha convertido en una caracterizadora de gran prestigio. “Ha sido un recorrido muy largo. Cuando yo empecé ni siquiera aparecíamos en los programas de mano. Poco a poco se van reconociendo estos oficios”, dice.

Fernández sufrió en primera persona uno de los episodios más dramáticos de la historia reciente de las artes escénicas: el incendio que arrasó el antiguo edificio del Liceo de Barcelona en 1994. La prensa recogió infinidad de lamentos de directores, cantantes de ópera, músicos, políticos… pero no tantos de otros profesionales menos conocidos. “Todos lloramos por la destrucción de un recinto tan emblemático, pero además muchos de los que trabajábamos allí de forma anónima perdimos nuestro empleo. Me recolocaron como recepcionista en unas oficinas provisionales, pero cuando expiró mi contrato de temporada me fui a la calle”, recuerda. Ella debería haber estado peinando pelucas en la quinta planta del Liceo cuando empezó el fuego, pero no fue porque tenía fiebre. Habría sido difícil sacarla de allí.


Del meritoriaje a las aulas

Tradicionalmente las profesiones técnicas del teatro no han tenido una formación reglada en España, se aprendían por vía familiar o gremial. Pero en la década de los sesenta del siglo pasado los cambios en las normativas laborales empezaron a impedir el acceso a los puestos de trabajo a través del meritoriaje, por lo que la transmisión del oficio por relevo generacional comenzó a quebrarse y se produjo un gran déficit de trabajadores en el sector.

Para afrontar esta situación y la falta de formación reglada, el Ministerio de Cultura creó en 1987 el Centro de Tecnología del Espectáculo, primera entidad en España que ofreció una enseñanza especializada en las labores técnicas del teatro sin perder de vista la necesidad de formar profesionales sensibles al arte: es decir, capaces de convertir destrezas mecánicas en herramientas de creación.

Desde entonces han pasado por sus aulas no solo nuevos aprendices, sino profesionales en activo con necesidad de convalidar su experiencia práctica o reciclarse. Las enseñanzas se dividen en cinco grandes áreas: iluminación, realización de vestuario, sonido, construcción de decorados y maquinaria, producción y caracterización. En Barcelona se creó un instituto similar en 1997.


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