Andrés Sánchez Robayna

“Las biografías de poetas difícilmente son creíbles”, escribió en una inolvidable página Derek Walcott, fallecido hoy a los 87 años. Menos creíbles todavía resultarían, en rigor, los perfiles rápidos y apresurados de poetas cuya riqueza, complejidad y luminosidad se vuelven inapresables en unas palabras urgentes que se quisieran mínimamente justas. El caso del propio Derek Walcott, que recibió el Nobel de Literatura en 1992, es un buen ejemplo de ello: no es fácil, no es ni siquiera posible, resumir el sentido de una escritura de largo y muy fecundo recorrido tanto en la poesía como en el teatro, y que incluso en el ensayo crítico mostró una absoluta singularidad. Véase, en este sentido, su libro de 1998 What the Twilight Says (traducido entre nosotros dos años más tarde como La voz del crepúsculo por Catalina Martínez Muñoz), en el que el poeta caribeño examina las obras de, entre otros, Ted Hugues, Les Murray, V. S. Naipaul o Ernest Hemingway.

Derek Walcott

Nacido en la isla de Santa Lucía en 1931, Walcott tuvo tiempo de escribir una obra muy extensa y variada, llena de matices, y que supo ofrecer —como la de otro caribeño, Saint-John Perse— una versión personalísima de la cultura de su territorio natal. Pero, curiosamente —admirador como era de Giorgione y de Cézanne—, al principio se dio a conocer como pintor; una lengua, de la pintura, que dejó larga huella en su obra literaria. La radical plasticidad de su visión del mundo pudo ser observada desde su primer libro, 25 Poems, en 1948, y quedó confirmada en 1962 con la edición de su primera gran recopilación poética, In a Green Night (En una noche verde), título procedente de un verso del metafísico inglés Andrew Marvell en el que este habla de las relucientes naranjas de las Bermudas como lámparas doradas en la noche verde del árbol (like golden lamps in a green night). Pocas imágenes más apropiadas para simbolizar una obra poética caracterizada por la abundancia, la variedad, el colorido de la cornucopia. Nunca abandonó la pintura: en el año 2000 reunió todas sus acuarelas en Tiepolo’s Hound (El sabueso de Tiepolo).

Desde In a Green Night hasta White Egrets (Penachos blancos), de 2010, se extiende una escritura atravesada por la seducción de la geografía y por lo que el mismo Walcott llamó “el murmullo” de la historia. Libros suyos como, entre otros, Another Life (Otra vida), de 1973, o The Arkansas Testament (El testamento de Arkansas), de 1987, que en España tradujeron Antonio Resines y Herminia Bevia, muestran una concepción de la palabra poética como fusión de pasado y presente, de instantaneidad y eternidad, de territorialidad y extraterritorialidad. “La poesía —escribió— es una isla que se desgaja del continente”. Conviene subrayar el profundo sentido del sentimiento de la insularidad que preside toda esta obra poética, y que es visible incluso en el libro más conocido del autor, Omeros, de 1990, traducido en 1994 por José Luis Rivas, a quien se debe igualmente la versión de Midsummer (Pleno verano). Ya desde su misma concepción poética, Omeros parece un imposible creador: una épica renacida en el siglo XX que traslada la visión de la vieja historia mítica a pescadores del Caribe, con una Helena que ahora es una criada negra y un Ulises que va en busca de sus raíces y sus antepasados en la costa occidental de África, todo ello desde el punto de vista de un narrador aprendiz de brujo, trasunto del poeta, un Walcott-Homero ya no ciego, sino poseedor de una mirada llena de la hiriente luz caribeña.

Leí por vez primera a Walcott en 1987 en la revista mexicana Vuelta, dirigida por Octavio Paz. El poema se llamaba El mar es historia, traducido por Rafael Vargas. El título, revelador, constituye toda una poética. Y nombro siempre a los traductores porque nunca debe olvidarse la importancia de la traducción en el proceso de la transmisión poética. En España, si no me equivoco, fue pionera la antología Islas, traducida en 1993 por José Carlos Llop. Yo mismo me atreví con algún poema, Islands, que recogí en mi Cuaderno de las islas, un poema en el que se lee que “las islas pueden solamente existir si hemos amado en ellas”.

En la primavera de 2001, Walcott visitó Madrid y dio algunas lecturas públicas de su obra. Fueron recordadas en esa ocasión unas palabras de Joseph Brodsky: “La poesía de Walcott representa la fusión de dos versiones fieles del infinito: el lenguaje y el océano. Y el padre común de ambos es el tiempo”. Desde un tiempo sin tiempo, decimos adiós a Derek Walcott en su verde noche caribeña.


El Caribe marcó su vida y su obra

Derek Walcott nació y murió en la isla de Santa Lucía (1930 -2017). Descendiente de esclavos negros e hijo de un pintor británico blanco, el mar Caribe marcó la vida y la carrera del poeta y dramaturgo que unió la tradición antillana con la poesía. Prueba de ello es Omeros (1990), una de sus obras más conocidas en la que reinterpreta la Ilíada la traslada al Caribe.

De 1959 a 1976 dirigió el Taller de Teatro de Trinidad, que él mismo fundó y donde estrenó algunas de sus primeras obras teatrales.

Escribió más de 15 poemarios, entre los que destacan Otra vida (1973), Uvas de mar (1976), El viajero afortunado (1981), El testamento de Arkansas (1987) y como dramaturgo es destacable su Sueño en la montaña del mono (1970).

En 1992 recibió el Premio Nobel de Literatura “por una obra poética de gran luminosidad, con una visión histórica, fruto de un compromiso multicultural”. Poco después, la Unesco lo nombró miembro de la Comisión Mundial de la Cultura y el Desarrollo.


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