En la Nueva York de los 80 ser tocado por la varita de Andy Warhol te catapultaba directamente al éxito y Jean-Michel Basquiat, niño salvaje y radiante del arte underground neoyorquino supo como pocos hacer de su vida una leyenda.

El pasado martes, contra todo pronóstico, uno de los autorretratos neoexpresionistas de Basquiat –’Untitled, 1982’– fue subastado en Christie’s por más de 50 millones de euros –el mayor precio alcanzado hasta ahora por sus obras–, superando con creces en la puja al ‘Liz’ de Warhol, que se estancó en los 7,9 millones de euros y finalmente no se vendió. El temido día llegó, el discípulo superó al maestro del marketing de sí mismo.

Niño prodigio de raíces haitianas y latinas, hijo de familia acomodada, oveja negra que eligió el vagabundeo, las bandas y los graffitis a las aulas, para convertirse luego en pintor de rutilante éxito a los 25 años, Basquiat ejemplifica a la perfección el “vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”. Antes de su muerte, a los 27 años, fruto de una adicción a la heroína que había intentado superar sin éxito, sus obras ya eran consideradas una mezcla salvaje de primitivismo africano y arte underground en los muros del Lower Manhattan, donde firmaba bajo el seudónimo de ‘SAMO’ (las siglas de SAMe Old shit, es decir, ‘la misma mierda de siempre’) murales coloristas que acompañaba con frases lapidarias (“SAMO salva idiotas” o “SAMO pone fin al lavado de cerebro religioso, la política de la nada y la falsa filosofía”).

¿Una prodigio harapiento del Brox? ¿Un afroamericano del gueto con gran talento? No, Jean-Michel Basquiat procedía de un hogar de clase media –su madre, diseñadora gráfica puertorriqueña, solía llevarle a visitar museos los fines de semana y le alentó para que empezase a escribir poesía–. Se cuenta que era superdotado, que recibía su influencia pictórica de artistas como Pollock o De Kooning y las caligrafías de Cy Towmbly, y que dejó las aulas para vivir en las calles por elección personal. Cuando Warhol lo conoció en 1981, mientras participaba en su segunda exposición colectiva  –el graffiti empezaba a abandonar los andenes de metro y las tapias para entrar en las galerías–, enseguida surgió entre ellos una gran amistad y admiración de la que darían testimonio sus trabajos conjuntos y los retratos como los que realizó en julio de 1985 el fotógrafo Michael Halsband, donde ambos aparecen boxeando.

Julio de 1985, Michael Halsband.
Julio de 1985, Michael Halsband.

Basquiat el inmortal

El mejor resumen de su corta y meteórica existencia lo hizo el comisario de arte Richard Marshall: “Se hizo famoso por su arte, y entonces se hizo famoso por ser famoso, y entonces se hizo famoso por ser infame”, pues en cuestión de un par de años Basquiat pasó de pintar en la calle a hacerlo en su estudio y enfundado en un traje de Armani. Dicen sus múltiples biógrafos que se dejaba caer con sus rastas y su carísimo traje manchado de pintura por sus exposiciones y las locas fiestas posteriores y criticaba, quién sabe si por pura provocación, al mercado del arte que tan dulcemente le había abierto las puertas: “No hay negros en los museos. Los museos de arte son otra plantación algodonera del hombre blanco”. No obstante, marcó un hito al ser el primer artista plástico negro en aparecer en la portada del dominical del ‘New York Times’, con un titular que rezaba: ‘Nuevo arte, nuevo dinero: El marketing de un artista norteamericano‘.

Cuatro años antes de su muerte, su maestro en el arte del ‘autobombo’, Andy Warhol, le alertó de la peligrosa deriva de su adicción a la heroína, a lo que él contestaba: “No tienes que preocuparte, soy inmortal”.

Ocho años de fulgurante carrera en los que realizó 40 exposiciones individuales y participó en un centenar de colectivas, convirtiéndose a los 27 años en el artista visual negro más exitoso de la historia del arte afroamericano.

Basquiat fue visionario hasta para autodestruirse; años antes de poner fin a su vida, dijo: “Sé que algún día voy a dar la vuelta a la esquina y voy a estar preparado para eso (la muerte)”.  El aurretrato que pintó seis años antes de que se cumpliese su profecía, el colorista demonio con el que se representa, es expresión de una vida de descenso a los infiernos, demasiado breve como para que pudiera volver a ascender.


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