Sergio Saez

La magia, ciertamente, es uno de los aspectos más atractivos del cine. Desde sus orígenes, los espectadores han sido atrapados por escenas sorprendentes, en las cuales se llevan a cabo acciones imposibles de una manera que pudiéramos llamar mágica: las cosas salen de la nada y desaparecen, ocurren milagros y coincidencias inesperadas, recorremos toda una ciudad en un abrir y cerrar de ojos, surgen el amor y la esperanza donde reinaba la frialdad, los sueños se hacen reales, todo se puede ensayar, todo puede ocurrir. Georges Méliès tiene mucho que ver con la magia del cine. En sus más de quinientas películas realizadas a comienzos del siglo XX, este pionero exploró sin pausa los espacios mágicos escondidos detrás de la imaginación, descubriendo numerosos artificios y sorprendiendo a sus públicos una y otra vez con nuevos trucos y cuentos de hadas. Para él era natural, una extensión de la profesión que eligió desde joven, la de mago y artista de escenario, aún en contravía con los deseos de sus padres.

Martin Scorsese y Johnny Deep han combinado esfuerzos y creatividad para crear La invención de Hugo, una película excepcional, en la cual la protagonista es la magia del cine, personificada en la historia de Georges Méliès y su forma particular de hacer cine. Méliès se involucraba totalmente, era artesano, actor, diseñador, productor, director, financista, empresario, dibujante, artificiero de juegos pirotécnicos y escritor del guion, entre otros, mientras que su esposa hacía de actriz principal. Todo esto lo ve el espectador, que recorre la historia de su vida a través de los ojos y los sentimientos de dos niños: Hugo e Isabella. Hugo es un pequeño e increíble maestro relojero, que se desliza ágilmente por los complejos mecanismos de precisión que regulan los relojes de la estación de trenes de París. Isabella es un ser de luz, una pequeña mujer soñadora, despierta y sensible. Ambos resultan involucrados en una aventura apasionante que llega hasta el fondo mágico del corazón cineasta de Méliès, para darle vida renovada. También esa aventura despierta nuestros corazones y los llena de ilusión.

El diseño del filme recurre a tres ideas fundamentales: la magia cotidiana, la magia del intento humano y la magia del amor. Nada mejor para apreciar la cotidianidad y la riqueza de sus giros, que una estación de trenes en una ciudad como París. Por ella pasan centenares de individuos, en apariencia, grises e indiferentes, cada uno ocupado en llegar a tiempo a sus destinos, con movimientos rápidos, extrañamente coordinados, pero capaces de pisotear a cualquiera que se atraviese sin perder su rumbo. En medio de ellos, Scorsese nos permite apreciar la belleza de los oficios y de las personas: músicos alegres y armoniosos que entretienen en un café, vendedoras de flores románticas, señoras regordetas y sabias, un inspector de estación gruñón y persistente, un comerciante de juguetes serio y exigente o un niño relojero que encuentra pasión en dar cuerda a los relojes y en armar complejos mecanismos. Como corresponde a un buen contador de historias, Scorsese no es avaro con los personajes y nos permite adentrarnos en sus vidas con dos o tres pinceladas maestras.

Se puede plantear que toda buena historia de aventuras es una elaboración agitada, turbulenta, inesperada, sobre la capacidad humana para mantener la persistencia y el intento, a pesar de las circunstancias agobiantes. Esa es la fuerza que llevó a Méliès a transitar, aventurera y creativamente, por el mundo del cine. Le duró muchos años, para fortuna del cine, pero se agotó cuando esa magia interior se fue diluyendo ante la dureza del tiempo y la frialdad de la economía, de la competencia y del comercio. El libro de Brian Selznick y la cinta de Scorsese plantean que el renacer del intento puede venir de la mano de la magia de los niños, con su energía fresca e inagotable, capaz de atrevimientos, de exploraciones, de sueños. Para que ello suceda, vale la pena inspirar al niño, sugerir e invitar, creerle. Esta es una idea muy recurrente en el cine constructivo, pero acá se desarrolla muy al estilo de Johnny Deep, con tonos grises, con los personajes viviendo sus aventuras ganadoras al borde del fracaso, para mantener la tensión.

La magia del amor es un elemento esencial para resolver situaciones conflictivas en forma inspiradora. La magia se logra a través de miradas amorosas, de sonrisas confiadas, como bien se enseña en un momento singular del filme, en el cual Gustavo, el inspector de la estación, se deja llevar, hasta descubrir que aún los seres gruñones pueden amar y sonreír y que, en verdad, ello da lugar a transformaciones. Ben Kingsley, como George Méliès, deja ver en su intrepretación el efecto sutil de esta magia, a medida que ella lo va sacando de su negatividad enfermiza.

Esta es una película hecha con todos los recursos y es vívido el contraste entre los medios creativos y económicos, con los cuales debió defenderse Méliès para hacer su trabajo, bella y didácticamente descritos en La invención de Hugo, y los grandes presupuestos y las sofisticadas herramientas digitales y de efectos especiales con los cuales se ha contado en esta ocasión para atrapar al espectador. Por ello, la película es excelente como reflexión sobre el cine, como descripción del oficio de cineasta, y es evidente que sus realizadores, a su vez grandes y reconocidos cineastas, muestran su reconocimiento a los creadores pioneros, que hicieron posible que contemos en la actualidad con las posibilidades tan bien utilizadas en esta cinta. Son especialmente bien hechas las tomas que nos muestran a París, lleno de luces y de movimientos que, veloz y detalladamente, se van concentrando y condensando, convirtiéndose maravillosamente ante nuestros ojos en pasillos de estación repletos de personas y de eventos, para terminar en las miradas furtivas del niño Hugo, a través de la carátula de un reloj. La magia del cine nos permite ver la ciudad y las cosas con mirada de pájaro pensante, de alma humana en vuelo rasante, de niño inocente, de niña ilusionada y confiada, y eso se siente bien.

Georges Méliès


Fuente: http://www.elespectadorimaginario.com/pages/febrero-2012/criticas/la-invencion-de-hugo.php

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