La bella dama despiadada
por Crypt Vihâra

La Guerra de los Cien Años (1337-1453) no sólo supuso una época de inestabilidad en todo el occidente europeo, sino que también provocó un profundo cambio de mentalidad ante la vida y ante la muerte. Las epidemias, facilitadas por la prolongada guerra, llegaron en 1348 a los puertos del sur de Francia, una terrible peste negra que reaparecería con implacable obstinación en 1361, 1373, 1380… la Muerte se convierte en compañera habitual del pensamiento de los hombres de fines del siglo XIV. La vida era demasiado frágil, y sobre todo, demasiado breve. Mientras tanto, el séquito del rey, y aún más, las cortes del Delfín y de los grandes señores, viven en medio de grandes fiestas, organizando tribunales de amor, distanciándose cada vez más de la realidad, entregándose a una vida disoluta lejos de toda norma moral.

En contra de lo que se suele pensar, no fue “Belle dame sans mercy (La bella dama despiadada)” la obra poética de Alain Chartier más difundida durante la Edad Media: el “Breviaire des nobles” con cincuenta y tres manuscritos, y el “Lay de paix” con cuarenta y ocho superan la cuarenta y cuatro copias conocidas del poema “Belle dame sans mercy (La bella dama despiadada)”. Pero es indudable que esta obra fue una de las que mayor éxito tuvieron, y sobre todo, la que dio fama a su autor durante más tiempo.

Alain Chartier nació entre 1385 y 1395, en el seno de una familia acomodada de Bayeux (Normandía), cuando la Guerra de los Cien Años, que enfrentaba a Inglaterra y Francia, estaba a punto de cumplir su primer siglo de existencia. Al igual que sus dos hermanos, Alain Chartier ocupó altos cargos: el poeta y su hermano Thomas fueron notarios y secretarios reales, mientras que su hermano Guillaume, fue obispo de París y canciller real. Las derrotas continuas sufridas por los franceses en L’Écluse (1340), Crécy (1346) o la prisión del rey Juan II de Francia en Poitiers (1356), pueden darnos una idea de la delicada situación en la que se encontraba Francia. Pero los enemigos no sólo eran los ingleses; entre 1360 y 1413 las revueltas en el interior del país fueron continuas, siendo agravadas por la locura de Carlos VI (1380-1422): los borgoñones (aliados de los ingleses) luchaban contra los armañacs (defensores del rey francés), los mercenarios asolaban el país, se sucedían largos cautiverios, enormes rescates y crueldades sin parangón.

Al parecer, Alain Chartier, estudio en la Universidad de París ya que es citado como Maestro en Artes en 1425, y tal vez alcanzó el grado de Doctor en Decretos; sin embargo, nada cierto se puede concluir desde su nacimiento hasta el momento en que entra al servicio de Yolanda de Anjou, reina de Jerusalén y Sicilia, madre del rey René y suegra del futuro Carlos VII. A esta época pertenecen sus dos obras más tempranas, el “Lay de plaisance” y el “Débat de deux fortunés d’amours”. Los cargos que desempeñaba el autor eran de la máxima importancia: baste tener en cuenta que el número de notarios del rey era de cincuenta y nueve, y el de secretarios reales se reducía a media docena. A partir del momento en que el futuro Carlos VII es nombrado Delfín en 1417 (primogénito y por tanto heredero del rey) Alain Chartier pasa a su servicio personal, figurando en los libros de cuentas de 1408 a 1414. La larga relación establecida entre Alain Chartier y Carlos VII (ya que se conocían desde la infancia de éste) dio lugar a que el rey depositara su confianza en él, encomendándole delicadas misiones diplomáticas.

El estudio de cualquiera de las obras de Alain Chartier presenta un grave problema inicial: la dispersión de toda su producción literaria ha provocado que se le haya responsabilizado de composiciones ajenas. Ya desde los comienzos de su obra poética, Alain Chartier alude a sus “alegres escrituras” a las que dedica parte de su tiempo, y que no son obras juveniles, sino composiciones de carácter amoroso cuya alegría hay que situarla en el tema (poco elevado en comparación con sus escritos sobre la situación de Francia o los discursos y epístolas de diversa índole propias de su actividad diplomática). Si se acepta tal etiqueta de “escrituras alegres” sus obras de carácter amoroso, se podrían agrupar en este conjunto: el “Lay de plaisance”, que es la obra más temprana del autor y en la que se refleja todo el optimismo de la juventud, la invitación a la alegría y el deleite; el “Débat de révelle-matin”, diálogo entre dos amigos sobre las penas del amor; la “Complainte contre le mort”, lamentación de una mujer por la muerte de su amiga, y contra la crueldad del destino; el “Débat des deux fortunés d’amour” que debe ser considerado como un manual en el que se recogen todos los aspectos que muestra el amor, sus características y sus efectos; y la “Belle dame sans mercy (La bella dama despiadada)”.

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Además de los poemas aquí citados, Alain Chartier compuso una breve colección de dieciséis rondeaux y de seis ballades siguiendo el modelo habitual de la poesía de la corte, ya establecido años antes por Guillaume de Machaut.

En el conjunto de sus obras “graves” o serias se reuniría el resto de la producción de Alain Chartier: textos escritos tanto en latín como en francés, en prosa y en verso. En verso y en francés cabe destacar el “Livre des quatre dames”, inspirado en la derrota de Azincourt (1415) y que narra las cuestiones habituales en los juicios de amor: que dama sufre más, la que ha perdido a su caballero en el campo de batalla, la que se ha quedado sin amante, pues éste ha sido hecho prisionero, o la que ha sabido que su caballero se dio a la fuga en pleno combate. Otra de sus obras, el “Lay de paix” fue redactado con motivo del viaje que hizo a la ciudad de Brujas para entrevistarse con el duque de Borgoña con la pretensión de lograr la paz y la unidad entre los franceses. En prosa francesa escribió el “Quadilogue invectif” que es considerada como su obra más importante: en este debate alegórico se enfrentan una dama, Francia, con los tres estados (clero, nobleza y campesinado) y todos discuten a cerca de quién es responsable de la lamentable situación política a la que se ha llegado tras la firma del Tratado de Troyes de 1420, y que marca el pleno hundimiento de Francia (el Delfín es desheredado y el rey inglés, Enrique V, se convierte en heredero del trono al casarse con Catalina, hija de Carlos VI de Francia, lo que es considerado como la más absoluta humillación por los partidarios del Delfín). Otra obra brillante por si misma, escrita en prosa latina, es “De vita curiali”. En ella se critica la vida de la corte, siempre llena de embusteros, halagadores y todo tipo de infames. Este libro fue traducido al francés muy pronto con el título de “Curial”, obteniendo tal éxito que esta versión llegó a desplazar a la obra original, de forma que durante largo tiempo se discutió si Alain Chartier era el autor de las dos versiones, si había redactado el texto en francés primero o sí, por el contrario, el texto latino había precedido al francés. También compuso en latín, epístolas dirigidas a la Universidad de París, discursos leídos en sus misiones diplomáticas como “Ad regem romanorum Sigismundum” o ante los herejes husitas de Praga, “Persuasio ad pragenses in fide deviantes”. Escribió en latín obras de mayor pretensión como “Ad detestacionem belli gallici et suasionem pacis” y el “Dialogus familiaris amici et sodalis super deploratione gallicae calamitatis”.

Son muchos los puntos de contacto de Alain Chartier con otros autores del siglo XV: su actividad como secretario real o su nombramiento como miembro de las embajadas a otros países son características comunes a los hombres de letras del prerrenacimiento (como el canciller castellano don Pero López de Ayala). Y como casi todos ellos aprovechan las largas y tediosas misiones diplomáticas para escribir o traducir. Alain Chartier murió en Aviñón el 20 de marzo de 1430, y el cuerpo fue enterrado en la iglesia de Saint-Antoine. Años más tarde en 1458 su hermano Guillaume, obispo de París, encargó una tumba para él, que tuviera su retrato y un largo epitafio en latín; desgraciadamente la lápida desapareció a mediado del siglo XVIII.

El relato de “Belle dame sans mercy (La bella dama despiadada)” se inicia por la mañana en el transcurso de un viaje, durante el cual el autor y protagonista, desconsolado por haber perdido a su dama, se entrega a sombríos pensamientos, decidido a abandonar todo tipo de poesía alegra y toda relación con los demás. La dama se llevó el sentimiento del poeta, produciendo con su aflicción un silencio poético. El texto en sí, comienza con dos temas tópicos de la literatura francesa del siglo XV, la muerte y la tristeza por la pérdida del ser amado. Tristeza que se opone a la alegría, no pudiendo separarse el deseo del placer amoroso. Alain Chartier coloca entre la Envidia y la Vejez, a la Tristeza, como enemiga del Amor. El protagonista, identificable con Alain Chartier y que hace las funciones de narrador llega, así a su albergue donde hay una fiesta, en la que se ve obligado a participar. Su presencia en tono lírico y melancólico se hace sentir hasta el final de la obra. Durante la cena, observa a un joven vestido de negro, con claros síntomas de estar enamorado, y de no ser correspondido; y sin necesidad de mucho esfuerzo descubre a la dama culpable de los sufrimientos del joven. El contraste entre la tristeza del mundo interior y la alegría del exterior sirven al autor para realzar el tono afectivo del poema. La descripción que de él hace el poeta deja bien claro cuál es la enfermedad que padece: amor. La tristeza, la delgadez, el color blanco y su dificultad para hablar son los síntomas más conocidos. El luto del joven muestra así el dolor que sufre. Cansado de la fiesta, el protagonista se retira tras un seto, y casualmente, al otro lado del mismo llega poco después la pareja, que se entrega a un debate.

La obra se divide en dos partes claras: una ocupa hasta la cena, durante el viaje a caballo del poeta; la otra se desarrolla después de cenar. Del mismo modo, se puede señalar que el tono lírico se identifica con la primera parte, mientras que el diálogo abarca el tiempo después de la cena. El joven suplica a la dama que lo acepte como enamorado, y la dama lo rechaza. De nada le valen los requerimientos, pues la mujer se muestra insensible a las penas que sufre el caballero y responde con frialdad a cada argumento que utiliza su interlocutor. El error del enamorado según la dama ha sido no tener en cuenta sus sentimientos, sino la belleza de su cuerpo o la dulzura de su mirada que no son invitaciones al amor, sino meros espejos de su alma (Alain Chartier recoge así la tradición platónica). La frialdad y la absoluta falta de idealización en las respuestas de la dama, deja patente que ambos interlocutores se encuentran en planos distintos, en los que resulta imposible cualquier encuentro. Sin conseguir su propósito el joven se marcha desesperado, mientras que la dama vuelve a incorporarse a la fiesta y al baile. Añade el autor, que le dijeron que el joven enamorado había muerto de tristeza.

Termina la obra con la recomendación a damas y doncellas que no sean nunca tan crueles como la bella dama despiadada.

En total la obra consta de ochocientos octosílabos agrupados en cien estrofas, dedicados en su mayor parte a transmitir en discurso directo la conversación del joven y la dama, que a su vez se ve enmarcada en la experiencia del autor. Así, el protagonista cuenta lo que oyó, después de haber narrado sus propios pensamientos.

El núcleo central de la obra está constituido, pues, por el debate entre la pareja. En él, cada interlocutor utiliza alternativamente una estrofa, es decir, ocho versos, para expresar sus argumentos, siguiendo la conocida técnica de debate poético (tal como la utilizaban ya a principios del siglo XII los trovadores). Como en tantos otros debates, no sólo están claras las posturas de los dos participantes sino que también quedan bien definidos otros aspectos, como los planteamientos absolutamente corteses, sin fisura alguna, del enamorado, y la actitud cínica, materialista, y burguesa de la dama, que recurres, además a expresiones coloquiales y vulgares, en claro contraste con el tono cuidado y grave empleado por el caballero.

En la “Belle dame sans mercy (La bella dama despiadada)” se inserta la tradición literaria del amor cortés. Al menos, el joven enamorado sigue las pautas establecidas por los trovadores trescientos años antes, mientras que la dama se muestra menos apegada a esa tradición y de ahí surge el violento encuentro entre ambos interlocutores que debaten tomando como punto de partida dos posiciones diametralmente opuestas. El enamorado se comporta en todo momento como el humilde servidor de la dama, a la que guarda respeto, temor y veneración como si ocupara una situación social muy superior. Todo ello responde a la norma establecida por la tradición cortes: el desgraciado joven se encuentra en el primer grado de la relación amorosa, sería un fenhedor, y su descalabro se produce en el momento en que intenta ascender un escalón y acercarse más al logro de sus propósitos amorosos, expresando su amor ante su dama para ser correspondido, siendo un pregador (suplicante).

Sin embargo, la dureza del corazón de la amada crece con el sufrimiento del enamorado y ella, insensible, desdeña a quien la importuna con tantas súplicas, mostrándose orgullosa, irritada o limitándose a burlarse de sus muchos dolores y sufrimientos. Obras como ésta, tan usuales en la época medieval, nos pueden hacer pensar que un cierto grupo de hombres eruditos y cultos intentaron imponer su visión negativa de la mujer a causa de un cierto odio casi patológico hacia ellas por diferentes motivos personales. Pero la realidad medieval es mucho más diversa que las simples conjeturas individualistas; y bajo este punto de vista la complejidad del hombre medieval explica cómo esta idea fue asumida por una inmensa mayoría (incluso por un amplio grupo de mujeres).

Los principales científicos de los que arrancaron las grandes corrientes médicas y filosóficas de la antigüedad griega y romana influyeron en esta concepción misógina de la mujer. Para Aristóteles (384-322 a.C.), por ejemplo, la mujer se caracterizaba por una impotencia: la que se encarga de operar la cocción de la sangre en esperma a partir del alimento elaborado en razón de la falta de calor de su naturaleza. El esperma masculino, para Aristóteles, es un residuo del alimento que se acumula en las partes sexuales. La mujer al tener un menor calor corporal, produce unos residuos sanguinolentos que llama secreción menstrual. Es, para él, evidente que la menstruación es un residuo, que tiene analogías con el semen de los hombres y por tanto, produce un debilitamiento como en los hombres, si cabe mayor, puesto que expulsan el esperma mensualmente, con lo que no pueden crecer tanto y son mucho más débiles. Este punto de vista que continuaría hasta la llegada de los textos médicos árabes: Avicena (conocido en el mundo musulmán como Ibn Sina / 980-1037), Razés , Constantino el Africano, etc. que rebatirían dicha teoría.

Recogiendo esta tradición Santo Tomás de Aquíno (1225-1274), en la “Summa Theologica” (1265-1273) define a la mujer como imperfecta, y por tanto inferior al varón; pero en el mundo griego, donde se configura esta idea, nadie hablaba de la mujer como un potencial de crueldad y desprecio, capaz de matarse a sí misma o a los que la rodean.

Cuando el concepto griego de imperfección femenina entra en contacto con la nueva filosofía cristiana que se impone en occidente y con ciertas tradiciones populares, se relacionó inmediatamente con la tradición bíblica de la impureza recogida fundamentalmente en el “Levítico”, dando lugar a nuevas posibilidades interpretativas de las diferencias biológicas entre los dos sexos: “Yahvé habló a Moisés, diciendo: “Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando dé a luz una mujer y tenga un hijo, será impura durante siete días; será impura como en el tiempo de su menstruación. Al octavo día será circuncidado el hijo, pero ella quedará en casa durante treinta y tres días en la sangre de su purificación; no tocará nada santo ni irá al santuario hasta que se cumplan los días de su purificación. Si da a luz una hija, será impura durante dos semanas, como el tiempo de su menstruación, y se quedará en casa durante sesenta y seis días en la sangre de su purificación” (“Levítico” 12, 1-5).

A estos planteamientos teóricos se le añadió otra corriente de pensamiento, procedente de la tradición romana más popular, la cual no sólo calificaba la menstruación como un residuo peligroso que un cuerpo sano tiene que evacuar porque su retención puede producir enfermedades, como señalaban todos los médicos, sino que le imputaban efectos prodigiosos y maravillosos, tanto positiva como negativamente, como afirma San Isidoro de Sevilla (560-636) en sus “Etimologías” (XI, 1, p. 140-144): “Menstrua es la sangre superflua de las mujeres. Se le denomina menstrua por el ciclo lunar, tiempo que suele mediar en la repetición del flujo; pues en griego luna se dice méne. Al contacto con esta sangre, los frutos no germinan; se agrian los mostos; se agostan las hierbas; los árboles pierden su fruta; el hierro se ve corroído por el orín; los bronces se vuelven negros. Si los perros comieran algo que ha estado en contacto con ello, se vuelven rabiosos. Y el betún asfáltico, que no se disuelve ni con hierro ni con agua, se desmorona al punto cuando es salpicado por esta sangre”.

Pero además, multitud de predicadores durante la época medieval llevaron la denigración de la mujer hasta extremos insospechados, siguiendo en esto los planteamientos de las “Reprobatio amoris”, las cuales señalaban que la mejor manera para quitar del pensamiento la imagen del deseo amoroso era rebajar el objeto del deseo. Así pues, las mujeres aparecían en boca de ciertos predicadores obsesionados por la represión sexual como un ser venenoso; por ejemplo, San Odilón, abad de Cluny decía en el siglo X: “La belleza física es aparente y no va más allá de la piel. Si los hombres vieran lo que subyace debajo, la visión de las mujeres les sublevaría el corazón. Quando no podemos tocar con la punta del dedo un esputo o la mierda, ¿cómo podemos llegar a desear abrazar ese saco de estiercol?”. Algo similar diría Cesáreo de Arles (470-543), en su Sermón XLIV, quien retoma las posiciones de San Jerónimo (345-419): “Si alguno conoce a su mujer cuando está en sus reglas, o no se contiene el dia dominical o en otras solemnidades, entonces los niños concebidos nacerán o leprosos o epilépticos o quizá demoníacos”.

Claro está, si la Iglesia aceptaba y apoyaba esta visión degradante de la mujer, era completamente normal que dicho punto de vista pasase inmediatamente a los tratados de educación de príncipes, a los libros de sentencias de grandes filósofos e incluso a multitud de obras literarias, pensadas muchas de ellas, como lecciones morales de comportamiento humano. Los educadores de la nobleza participaban la mayoría de las veces de la doble condición de maestros y clérigos, con lo que sus enseñanzas estaban relacionadas con la idea de la formación del príncipe cristiano. Y bajo esta óptica participaban de la opinión generalizada sobre el peligro de la mujer, sobre todo en ciertas épocas y etapas de su vida.

Así se afirmaba en “La historia de la Donzella Teodor”; obra del siglo XIII, utilizada para la educación de príncipes, en cuyo texto la joven Teodor es reputada como la persona más inteligente del mundo, capaz de responder a las preguntas de los sabios del rey. Por primera vez en la literatura se presenta la opinión sobre la concepción de la mujer medieval en boca de otra mujer (aunque en este caso simbolizaba a la sabiduría): “Preguntóle más: ¿Qual es la cosa que mas envegesce al hombre antes de tiempo? Respondió la donzella: “el dormir mucho con mugeres”. Ca dize Aristóteles, fablando de los luxuriosos, que toda su obra era ponçoñosa, porque los hombres davan la mejor sangre de su cuerpo, e que las mugeres davan la peor que tenían”.

Incluso, en ciertas obras de burlas y en algunas comedias se utilizaba la sangre menstrual como excusa para mostrar el vicio de la lujuria en las mujeres, quienes aducían dicha astucia para apartar a su marido y así quedar algún tiempo más con su amante.

Para terminar, señalar que esta cruel concepción de la mujer es recogida muy pronto por la mayoría de los tratados sobre herejes y brujas, en los que se insiste que las mujeres por su propia fisionomía son más aptas para los pactos con el diablo, encantamientos y maleficios; como diría Pedro Ciruelo, en su “Reprovacion de las supersticiones y hechicerias” (1530), o en el “Malleus Maleficarum” de los inquisidores Heinrich Kramer y Jaume Sprenger de fines de la Edad Media. Este planteamiento se mantendría hasta bien entrado el siglo XVI.


Fuente: https://www.eurielec.etsit.upm.es/

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