Rosario, su hermana, lo conoció como nadie: ella nació en el año 50 y Andrés   en el 51, de modo que  fue una de las primeras personas en reconocer su genio.

Lo recuerda callado, tímido, encerrado en sí mismo; pero también dueño de una precocidad vertiginosa: le hablaba de Henry James, de Virginia Woolf y de H.P. Lovecraft a los 15 años de edad. Lo conoció tanto y tan bien  que luego, cuando  recibió la noticia de su suicidio, no tuvo espacio para la sorpresa.

Cuentos completos - Andres Caicedo

¿Cómo recuerda los inicios de su hermano  Andrés en la escritura?Me remonto a la época en la que él me enseñó sus primeros escritos, cuando teníamos quizá 12 o 13 años. Yo recuerdo que desde una edad muy temprana él era muy consciente de que lo que hacía lo hacía muy bien. Le gustaba mucho que yo leyera en voz alta sus cuentos, sobre todo por su problema con la tartamudez.

Y desde que  empecé a leerlo comprobé de inmediato que se trataba de un muchacho con un gran talento para escribir. A él le gustaba que yo le dijera eso, lo cual no quiere decir que él necesitara algún tipo de motivación.  Recuerdo que su primer amor literario se dio con el teatro. En su adolescencia amaba leer teatro, amaba leer a  García Lorca o a Shakespeare y, en el colegio, empezó a escribir piezas teatrales en las que ya aparecía la naturaleza profundamente transgresora y contestataria de Andrés. Para darte un ejemplo, una de esas piezas que escribió en el bachillerato   la tituló ‘Recibiendo al nuevo alumno’, fue presentada en el Paraninfo de la Universidad del Cauca, Popayán, en 1969, cuando estaba entre los 17 y los 18 años.

Recuerdo que uno de los actores era Ramiro Arbeláez y años más tarde me contó cómo la gente que  fue a ver la puesta en escena empezó a salirse, porque había situaciones tan escandalosas como un sacerdote masturbándose con un crucifijo. En sus comienzos como escritor y director de teatro en el San Luis  Gonzaga, Andrés ya había intentado hacer un montaje de una obra escrita por él mismo llamada ‘El fin de las vacaciones’,  pero uno de los sacerdotes del colegio la censuró. La obra iba a ser presentada para un Día de la Madre cuando estaba en décimo grado y tenía entre 15 y 16 años.  En 1969 Andrés dirigió el montaje de ‘Las Sillas’, de Eugene Ionesco. Ese fue el año más prolífico de su producción teatral y apenas tenía 18 años.

Pero es con ‘La piel del otro héroe’, de 1968, escrita y dirigida por él mismo,  que participa en el Festival Estudiantil de Teatro y arrasa en los premios de ese evento. En el año 70 monta ‘La noche de los asesinos’, y ese mismo año  entra al TEC para estudiar actuación. Luego hace varias versiones teatrales de novelas, entre ellas una de ‘La ciudad y los perros’.     Sus primeros escritos, pues, fueron obras de teatro, muchas de ellas objeto de censura, lo que lo afectó profundamente desde el comienzo.

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¿De dónde cree usted que le viene a él ese interés tan temprano por el arte?

Evidentemente Andrés tenía una extraordinaria capacidad de inventar y crear. Yo no podría decir que él hubiera crecido en un ambiente profundamente literario pues mi familia no hacía parte del círculo intelectual caleño, era una familia conservadora de la Cali de los 50 y 60, pero que sí tenía un profundo amor por la palabra hablada y escrita.Mi padre no era  un artista, aunque sí era un hombre cultivado y al que además le gustaba escribir poesía.  Andrés tenía unas inclinaciones, unas obsesiones que habían nacido con él y que   no eran necesariamente un fruto del  ambiente familiar.

En la década de los 60 había un índice de censura a todo nivel en la sociedad. En las iglesias sobre los libros, en los mismos colegios, eso sumado al hecho de que las bibliotecas en la ciudad eran prácticamente inexistentes.  Sin embargo, Andrés desarrolló durante su adolescencia un conocimiento literario profundamente amplio. Te pongo un ejemplo: Andrés a los 12 años conocía a escritores como Henry James y Virginia Woolf de quien, además, me regaló ‘Un cuarto propio’ cuando yo tenía, creo,  15 años. A mí me hubiera gustado preguntarle a Andrés de dónde había sacado esos libros, porque en mi casa  estaba sobre todo el canon clásico, El Quijote, La  Odisea,  obras españolas y colombianas, pero no esta literatura inglesa.

Ahora, yo recuerdo ver a Andrés llegar con libros que, según me contó después, robaba sobre todo de la Librería Nacional.  Él se sentía orgulloso de ser un gran ladrón de libros y, cuando no podía robarlos completos, arrancaba algunas de las páginas.  Algún día, a sus 15 años, el llegó a nuestra casa fascinado con uno de sus robos: me mostró la imagen de la luna estrellada por el cohete de la película de Meliés. Se la había robado de un libro de la Nacional. Era un chico tremendamente brillante y precoz y eso lo obligaba a buscar lo que quería leer en todas partes.¿Recuerda cuándo se publicó por primera vez una de sus obras?

Fue en 1966 y el cuento se llama ‘Infección’. Es muy probable que haya sido publicado en el Diario de Occidente,  el primero que empezó a publicar los escritos de Andrés. Desde sus comienzos estaba obsesionado con publicar lo que hacía y enviaba todo el tiempo sus cuentos a El País y al Diario de Occidente, así como a muchas partes en Colombia y  Latinoamérica. Andrés escribía constantemente y con gran disciplina.  Se cita mucho ‘Qué viva la música’ y ‘El Atravesado’ o ‘Angelitos Empantanados’, pero la verdad es que la obra narrativa de Andrés es muy amplia y consiste además de cuentos, piezas teatrales, poesía, en todo un vasto cuerpo de crítica de cine y una producción epistolar extensísima. Sus cartas eran consideradas por él mismo como sus mejores producciones literarias.  Y bueno, la verdad es que no fue fácil para él publicar lo que escribía. Fueron sobre todo Diario de Occidente y El Pueblo, al que él llamaba El Pípol -y lo odiaba por la forma en que “le guillotinaban”  sus artículos- los que más publicaron sus obras. A finales de los años 60 Andrés ya tenía reconocimiento como intelectual en Cali, ya tenía lo que uno podría llamar “fama en la provincia” y, sin embargo, todavía no había publicado su primer libro.

En 1971 él escribe ‘El Atravesado’ y lo envía a muchas partes en Colombia y Latinoamérica: a Argentina, a México y a otros países; sin embargo, no le respondieron o le prometieron una publicación que nunca se hizo.  Fue en 1975, cuando cumple 24 años, que logra publicarlo. Ese es su primer libro en salir a la luz. Vale la pena aclarar que esa publicación se la regaló mi mamá porque él se la pidió de cumpleaños. Recuerdo cuando Andrés me contó que mi madre le dijo: “Mijito, yo no voy a leer lo que tú escribiste, pero sí te voy a regalar esa publicación porque sé lo que significa para ti”. No recuerdo cuántas copias se sacaron, pero sí recuerdo que Andrés  se empeñó en hacer poner en el libro “Ediciones Marca Pirata de Calidad”. Como puedes ver, la primera publicación de Andrés Caicedo se hizo con dinero de la mamá y no con una editorial…

Ahora que usted menciona a su madre, Nellie Estela de Caicedo, ¿cómo era la relación de Andrés con sus padres?

Con mi papá (Carlos Alberto Caicedo Arboleda) él tuvo una relación bastante conflictiva. Andrés fue todo lo que se suponía que no debía ser un hijo varón dentro de una familia tradicional de esa época. Él era el  menor y el único hijo varón  sobreviviente. Hay que aclarar que antes de Andrés mis papás perdieron dos niños. Es como si Andrés se hubiera convirtido en ese hombrecito que milagrosamente había sobrevivido. Por lo tanto, todas las expectativas de masculinidad se depositaron en él, en un presente y en un futuro.   Se suponía que él debía estudiar, destacarse en clase, ir a la universidad, casarse, tener hijos, ser un profesional ejemplar. Pero la realidad es que Andrés fue diferente desde el principio. Su historia escolar muestra conflictos todo el tiempo; en su adolescencia las diferencias se hicieron aún mayores. Cuando muy pocos muchachos se dejaban crecer el pelo casi hasta la cintura, Andrés lo llevaba de ese modo y no solamente escuchaba rock, sino también salsa.

Mi papá no podía comprender por qué se comportaba de una forma tan diferente a los otros muchachos y por qué se empeñaba en no respetar las tradiciones. Mi mamá también criticaba esa rebeldía, pero lo sobreprotegía bastante y por lo tanto se desarrolla el conflicto de mi padre siendo autoritario con él, prohibiéndole mucho de lo que él quería hacer. Que Andrés tuviera el pelo largo le producía a mi papá muchos conflictos y su negativa a cortárselo los hacía entrar en una lucha verbal directa. Tener un hijo tan distinto en la Cali de esa época era un problema, no solo para ellos sino para el mismo Andrés.

Recordemos siempre el conservatismo de esa sociedad y también que todo adolescente pasa por conflictos familiares, antes y ahora,  pero la hipersensibilidad de Andrés llevaba a ver esos problemas con mucha gravedad, lo cual terminaba por deprimirlo  profundamente. Andrés empieza a tener entonces una sensación de encerramiento y de sin salida.  Allí es cuando él empieza a expresarse de Cali como ‘Calicalabozo’.

Con mi mamá la situación era diferente. Andrés era su milagro y ella lo admiró muchísimo, a pesar de no leer lo que él escribía. Ella admiraba su disciplina por la escritura, pero la verdad es que los dos también tenían muchos problemas debido a su comportamiento rebelde.  Y mi madre era, además, muy consciente -aún antes del primer intento de suicidio de Andrés- de que su hijo podría tener un final trágico.

Andrés muere el mismo día en que recibe la primera edición de ‘Que viva la música’. ¿Cómo es que se difunde su obra tras su suicidio?

Mi papá, después de la muerte de Andrés,  convirtió ese dolor en un ejercicio expiatorio, en una oportunidad de encontrarse con el hijo con el que no se había encontrado en vida. Y eso me lo dijo a mí claramente.

Su capacidad de instrospección fue admirable. Él se dedicó a leer toda la obra de Andrés para poder entenderlo, y es en ese proceso cuando llegan a la casa de mis padres, guiados por Hernando Guerrero, Sandro Romero Rey y Luis Ospina, con el objetivo de empezar a investigar lo que Andrés dejó escrito. Primordialmente a estas tres personas, a mi padre, a Sandro y a Luis, y a “sus pocos buenos amigos”, muy en especial a Ramiro Arbeláez y al director de teatro Cristóbal Peláez, y claro está, a esos maravillosos lectores cuyo número e interés  crecen continuamente, se debe la difusión de la obra de mi hermano.  La buena literatura se reproduce y vuela.

Usted se casa y se va a vivir a EE. UU. en 1970. ¿Eso lo afecta?

Sí, eso lo afectó mucho porque éramos casi de la misma edad y porque nos entendíamos muy bien. Teníamos intereses en común, una forma similar de analizar la sociedad, de cuestionarla. Y cuando yo me fui de Cali, él, a nivel de la estructura familiar, se sintió muy solo. Con sus otras dos hermanas mayores mantuvo una relación distante. Durante los años en que yo estuve fuera de Colombia mientras él vivía, mantuvimos una nutrida correspondencia. Y yo lo trataba de llamar cada dos semanas.

Él la visita a usted en 1973…

Sí, él me visita en Houston, justo por esos días en que ya estaba bosquejando lo que sería después ‘Que viva la música’. Andrés llega con la idea de traducir varios de sus guiones cinematográficos para luego tratar de venderlos en Hollywood y, de hecho, se empecina en que yo los debo traducir. Yo todo el tiempo le decía que era muy difícil que le compraran sus guiones, pero Andrés tenía una profunda obsesión con tener éxito en esa venta.

Como me lo dijo a mí tantas veces: “La única forma en que lograré salir de Cali, será teniendo dinero para quedarme aquí”.  Así que dos meses después él parte para Los Ángeles con los dos guiones de cine que yo traduje y sin tener un buen nivel de inglés. Pero a Andrés eso no le importaba mucho, pues me decía que confiaba en que yo hacía un buen trabajo.  Evidentemente no tenía una visión realista de la venta y la traducción de los guiones. Una vez en Los Ángeles, su experiencia fue dolorosa. Se sintió aislado, rechazado, “sin idioma y sin dinero, como copla de ranchera”. La imposibilidad de  vender los guiones  lo cambió profundamente. Andrés me expresó en una forma muy clara que regresaría a su ciudad “por poco tiempo, pero a trabajar duro”.

Usted  no se sorprendió de su suicidio…

En ningún momento. Yo recuerdo a Andrés, especialmente en sus últimos años, como una persona que, para usar las palabras de Patricia Restrepo, “vivía en una burbuja de terror”. No era que estuviera solamente angustiado. Andrés vivía aterrorizado y así y todo, escribió hasta el último día de su vida. Es de las cosas que yo más admiro. Hablar de las razones de su suicidio es entrar en un terreno de muy complejas especulaciones, porque pienso en el suicidio como en el último misterio que la vida nos presenta, sin respuesta de ninguna clase. En la carta que le escribe a nuestra madre en 1975, dos años antes de morir, él afirma: “Yo nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela”. Esa era su naturaleza. Es lo mismo que trata de explicar el actor Robin Williams,  que se suicidó  en el 2014: “Life is not for everybody” (La vida no es para todo el mundo). Andrés era un hombre excesivamente sensible, cuya vida diaria era una lucha, como él me lo dijo tantas veces, “no solo contra la corriente sino contra un terremoto”. Yo lo recordaré siempre como un ser lleno de creatividad y con una profunda capacidad de observación y análisis. Y, créelo o no, con una gran esperanza, porque siempre pienso que un artista, por torturado que esté, tiene la esperanza de crear. Andrés vivió para crear.


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