Alejandro Oliveros

1.

Hamlet fue una invención de los románticos. Desde la muerte de su creador, ocurrida ya hace 400 años, nunca la figura del atormentado príncipe fue tan popular. Y precisamente por eso, por atormentado. El espíritu neoclásico del XVII y XVIII, no ahorró tormentos a sus protagonistas, lo que sí les evitó fue el narcisista desgarramiento del que hicieron gala Hamlet, su novia Ofelia y hasta su buen amigo Horacio. La Fedra de Racine es lo que más se le aproxima; por lo mismo su recepción fue tan criticada que el gran poeta tuvo que abandonar el teatro, salvo por una pieza última que no cuenta. El problema con Hamlet es que su pulsión tanática se hizo la esencia de su existencia. Coqueteó con la muerte hasta convencerla, y su desaparición temprana sería el mejor de los modelos para la generación romántica. Goethe, quien con su Werther había sido uno de los padres de la criatura, y que leyó muchas veces la pieza de Shakespeare y la entendió como pocos, percibió la peligrosa tendencia entre los vates más jóvenes y se los advirtió cuando, en su segundo Fausto, habló de los “poetas de los cementerios y las tumbas”, en clara referencia a Novalis, el más romántico de los románticos alemanes. Si alguien tuviera que cumplir con el improbable empeño de reducir a pocas palabras la personalidad de Hamlet, tal vez debería destacar que era melancólico, intelectual, intolerante a toda actividad física y necrófilo.

2.

En el siglo XX, todos fuimos un poco Hamlet; en el XXI, todos hemos sido, somos o seremos, un poco Macbeth. Superadas, en buena parte, las tendencias melancólicas heredadas de nuestros padres románticos, en estas primeras décadas del nuevo siglo, el hombre ha desplegado un inédito afán de poder. La temida técnica ha fomentado esta inclinación al poner a la disposición de todos, interesados o no, las posibilidades de ejercer, como nunca antes, un dominio sobre la voluntad ajena. Una posibilidad limitada a unos cuantos, antes del desarrollo de la cibernética. Es el caso trágico de los terroristas, los cuales cuentan ahora con los medios para poner en práctica sus proyectos con indudables ventajas. Los integrantes del califato islámico (ISIS) han sido llamados Tablet generation porque, en su mayoría jóvenes, aprendieron a ver el mundo a través de las pantallas de estos dispositivos electrónicos. La violencia asociada a la búsqueda del poder es macbethiana. Cada acto de terrorismo es una manifestación de esta neurótica voluntad de poder. Al mismo tiempo, no es fácil imaginar a un Hamlet asociado a esta violencia política. En cambio, no cuesta nada pensar en un Macbeth del Medio Oriente, a la cabeza de una organización dirigida a usar el terror para tomar poder. En el fondo, no son otra cosa, los líderes del califato, sino nuevos Macbeth conduciendo, ya no un esforzado camello, sino un vehículo de guerra dotado con Internet. Pero no solo el desierto fomenta esta “salida Macbeth”, frente a cada pantalla se sienta un individuo que, con medios menos violentos, se empeña en imponer a otros su voluntad. Frente a una computadora, por el contrario, Hamlet se habría dedicado a buscar la mejor manera de terminar con sus días.

3.

A finales de los años setenta, en París, no era infrecuente encontrarse, en los pasillos de las academias, o en los cafés, que es lo mismo, con algún profesor o estudiante de postgrado en psiquiatría o literatura que hablase de un supuesto “tercer instinto” que habría escapado a la categorización de Freud. En efecto, para el creador del psicoanálisis, dos eran las grandes tendencias instintivas que condicionaban la conducta humana. Una, el “principio de placer”, que lo llevaba a la búsqueda de las satisfacciones más inmediatas, el conocido eros. A lo que se enfrentaba una pulsión autodestructiva, claramente tanática. Eros y tánatos, en suma. La difusión e influencia de esta teoría superó los cálculos más optimistas del psiquiatra de Bergstrasse. Marxistas y antimarxistas la acomodaron a sus intereses ideológicos con mayor o menor fortuna. De las muchas interpretaciones, una de las más brillantes, aún en sus excesos, fue la del profesor Marcuse en su Eros y civilización. Pero esto no parecía suficiente para los defensores de la mal llamada y no tan nueva anti-psiquiatría. Para ellos, el “tercer instinto” gravitaba sobre nuestras acciones, siendo la causa de extendidas neurosis y psicopatías. “Instinto de poder” fue como se conoció este principio y, durante aquellos años posteriores a 1968, parecía una salida a las limitaciones de la teoría psicoanalítica. A lo largo de la historia, la hipertrofia de esta tendencia, como en Macbeth, estaría en el origen de costosas psicopatías. Lo cual no quiere decir que la ausencia de este instinto garantizara la salud mental de alguien. Para nada. Y la mejor ilustración es el caso de Hamlet, nadie menos susceptible a la fascinación del poder.

Ciertamente, pocos personajes en la historia de la literatura occidental más eximidos de este afán que el heredero a la corona danesa. De su tío, le molestaba no la usurpación del trono, ni su mal gobierno, que había puesto en peligro la integridad territorial del reino, ni su escandalosa conducta, impropia de un rey cristiano, lo que no le perdonaba es que se hubiese casado con su viuda madre. Esta fijación hizo las delicias de los psicoanalistas, algunos de los cuales (Jones, Green, Lidz) consagraron al tema estudios tan brillantes como refutables. A pesar de estas, y otras exhaustivas aproximaciones a Hamlet y Hamlet, no recuerdo que se hayan detenido a considerar el no menos apasionante tema de la crasa ausencia de “instinto de poder” en el protagonista shakesperiano. Una circunstancia que tal vez explique las apariciones del viejo rey asesinado, en apariencia fantasmal, a su hijo, animándolo a tomar venganza por su muerte asesinada. En el fondo, de acuerdo con esta intuición, lo que perseguía el fantasma era despertar en su hijo este afán, el cual, por lo demás, debe ser “the chief good and mark of his time”, de todo príncipe que se respete. Esta ausencia de “instinto de poder” fue compartida por los mejores talentos de la generación romántica, de Novalis a Hofmann y de Woordsworth a Keats. Lo mismo no podría decirse de Voltaire o Rousseau, sus ilustres predecesores, para quienes la atracción por el poder y los poderosos ocupó no pocos de sus empeños. No parece necesario recordar que muchos románticos, Bolívar fue sÓlo uno de ellos, vieron sus destinos marcados por la búsqueda insaciable del dominio de voluntades, pero fueron siempre menos que los que desconfiaron de esta instintiva tendencia, una actitud asumida hasta las últimas consecuencias por Hamlet.

4.

Hamlet fue glorificado a lo largo del siglo XX. Todos los grandes comediantes midieron su talento interpretando el escurridizo rol. Desde la primera versión de 1906, de Mélies, hasta las menos lejanas de un oscuro John Barrymore y un sofisticado Lawrence Oliver; y las de un existencialista Innokent Smoktunoski, en la mejor de las versiones; o la del filosófico Nicol Williamson, dirigido por Tony Richardson; un desgarrado e incestuoso Dereck Jacobi; o un esforzado Mel Gibson, incapaz de explicar a su joven público porqué, como hubiese hecho el ruidoso Mad Max, no acabó con su tío en el mismo primer acto. Todos quisieron ser Hamlet en el novecientos y no sólo los grandes actores. De una manera tortuosa, la ausencia de “instinto de poder” en la criatura shakesperiana, terminó convirtiéndose en una elocuente metáfora de la misma carencia que afectó el inconsciente colectivo de la mayoría de los habitantes del pasado siglo. Ante la ausencia de una voluntad de poder individual y colectiva, surgió una raza de criminales dictadores que supo sacar partido de la adormecida voluntad de las mayorías. Cada vez que el llamado “tercer instinto” está en mengua, aparece el hombre fuerte que tomará las decisiones que el colectivo no supo, o no quiso tomar. Fue lo que ocurrió en la Escocia legendaria de Macbeth. Un rey anciano y débil, una insurgencia derrotada, una marcada ausencia de voluntad de poder por parte de los vencedores (de no ser por su esposa, como bien puede y suele suceder, Macbeth todavía estaría empantuflado en su casa), y la marcada indiferencia de los ciudadanos del reino. El empobrecimiento de esta voluntad no fue exclusiva de aquella Escocia medioeval. Se puede presentar, y de hecho se presenta, en todas partes y en cualquier siglo. Venezuela misma, como se recuerda, o debería recordarse, fue víctima de esta situación. Una tímida participación colectiva, fomentada por una ensimismada y torpe dirección partidista, propició el surgimiento de un pequeño, aunque no por ello menos criminal, Macbeth de los trópicos que supo mantenerse en el poder, violentando todas las normas hasta su muerte. De todo carecía el dictador criollo, pero sus precarias capacidades intelectuales fueron compensadas por un hipertrofiado “instinto de poder”, un rasgo de psicopatía que explica su manejo irresponsable y devastador de los asuntos públicos.

5.

En algunas cosas coincidían Goethe y Freud. A pesar de que el primero es el más logrado producto de la germanidad y el segundo nunca dejó de ser un judío ortodoxo. Al poeta se le hicieron todos los honores que cabe y murió como el escritor más admirado de su tiempo; mientras que los méritos del científico fueron reiteradamente cuestionados y murió en el destierro, huyendo de una jauría desatada por lo más oscuro de la misma psique germana. Uno de estos rasgos comunes fue una poco obvia admiración por Macbeth. Freud justificaba la suya con el dudoso expediente de que él, como el temido asesino del rey Duncan, se había sabido imponer a los tantos obstáculos que enfrentó en su existencia. Goethe, por su parte, respetaba al general que se impuso a todo predeterminismo, y se hizo su propio destino gracias a su fuerza de voluntad. Ninguno de los dos se sintió especialmente atraído por los infortunios del joven príncipe de Dinamarca. A Goethe, porque desconfiaba de todo romanticismo, y al psiquiatra porque veía en la conducta del joven los rasgos de un psicótico. A los 400 años de la muerte del creador de ambos personajes, pareciera que, de nuevo, las simpatías por Hamlet, que habían sido las más extendidas durante el XX, un siglo con una enfermiza predisposición a tolerar los abominables hechos de una serie inagotable de asesinos en serie (Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Pol Pot, Milosevic, Pinochet, Videla y sus actualizadas secuelas caribeñas) comienzan a enfriarse. Hamlet es uno de los mejores índices que tenemos para precisar los movimientos pendulares de la sensibilidad occidental. De esta manera, cuando las afinidades con el personaje se hipertrofian y se hacen acríticas, estamos bajo la gravitación de la imaginación romántica. Por otra parte, cuando esta empatía por el melancólico príncipe es más controlada, una reactualización del espíritu neoclásico debe estar cerca. Es lo que percibo en estos momentos en la sensibilidad de Occidente. Aquél contundente “¿Quién que es, no es romántico?” de Darío, deberíamos enmendarlo con “a estas alturas del XXI, ¿quién que es, es romántico?” Que Hamlet ya no sea tan popular como hace apenas unas décadas, es una certeza. Y es encomiable que sea así. Su colapsada voluntad de poder, fue una metáfora del adormecimiento de esta facultad durante el XX. No dudo que la causa de este desplazamiento se manifieste en una inclinación a preferir héroes como Macbeth, cuya ambición de poder lo llevó al trono de Escocia. No puedo compartir la admiración de Goethe y Freud, pero tal vez del escocés deberíamos aprender a reconocer nuestros instintos para saber administrarlos. Porque con un “instinto de poder” utilizado con lucidez nos evitaremos, en el futuro, ceder ante los delirios de un nuevo carismático, ayuno de grandeza y abundoso en manifestaciones maníacas y dislatadas. Ya no parece justificarse el ambiguo To be or not to be, lo que los nuevos tiempos exigen es superar la duda y definirnos en una decisión. Al fin y al cabo, como diría Sartre, el hombre es, o debería ser, la suma de sus decisiones.


Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).


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