Pilar Jiménez Trejo

En el libro Jaime Sabines. Apuntes para una biografía (Conaculta 2012) hago un recuento de distintos momentos de la vida del poeta narrados por él mismo, en primera persona, y construidos a partir de una serie de conversaciones que tuve durante varios años con el autor de Tarumba. De manera cronológica se cuentan sus experiencias cotidianas, sus lecturas y el desarrollo de una obra de quien muchas veces optó por la distancia o el silencio. Sabines no tuvo vida académica, no se distrajo con el periodismo o la crítica literaria, y sus disertaciones se limitaron a breves discursos en ceremonias de premiación y homenajes. A cambio de la austeridad con la que edificó su fama intelectual, ejerció el arte de la conversación y desplegó en ella todo el peso de su intuición literaria y de su sabiduría proverbial, tan cotidiana como doctoral, algo que es palpable en estos apuntes biográficos.

Sabines hablaba como escribía, por lo que sus palabras, al ser conducidas a la reflexión del oficio creativo mostraban al poeta pensador, filósofo, ensayista y crítico literario que había detrás de ese hombre que reflexionaba sobre la condición humana. En este libro, la voz interna del poeta charla consigo misma.

Bellamente diseñado, el tomo incluye imágenes del archivo fotográfico y documental de la familia Sabines Rodríguez. Aquí ofrezco algunos fragmentos que conforman el capítulo ocho.

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Hay críticos que han hecho estudios más o menos serios sobre mi obra. No son muy abundantes, pero sí hay estudios extensos que han tratado de definir lo que es mi poesía. A mí no me gusta la crítica estructuralista. Recuerdo un artículo que escribió Mónica Mansour; ella estaba estudiando filosofía y estructuralismo, y aplicó esa fórmula a mis poemas. No me gustó y se lo dije. Me pareció que era reducir un poema a su mínima expresión, estarle dando duro a cada pedazo. Eso es odioso. Es estudiar la poesía como si fuera un cuerpo humano inerte. Es hacer una disección, porque analiza los múltiples aspectos que puede tener la poesía y después no se hace nada con el conjunto de lo que es la poesía. Decir de alguien todo lo que yo vea aparentemente, incluso, sería una aproximación también, pero no sería esa persona. Esa persona es todo lo que es ella, es su silencio y es lo que dice. A mí no me interesa llegar a hacer de la poesía un fin. Algunos críticos me han dicho que mi poesía es descuidada. No estoy queriendo pelear con ellos. Confunden la sencillez con la simpleza. No entienden que la sencillez requiere colmillo, madera literaria. Yo no pienso en la poesía como una invención sino como un relato de la vida. Por otro lado tengo que aceptar que también se han hecho muy buenas críticas de mi obra

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Ahora que hablo de la fama recuerdo que cuando estaba en Mascarones nos gustaba reunirnos en una casa, en un café o en una cantina para leer nuestras cosas. Ahí empezaba ese Club de la Fama que tanto gusta a los intelectuales. Al principio asistía también para conocer a escritores a los que admiraba, como Rulfo, o conversar con mis amigos Emilio Carballido, Sergio Magaña, Sergio Galindo o Chayito Castellanos, aprender de ellos. Tomábamos tragos o café y la pasábamos a toda madre hasta que empezaban a sacar su vanidad y querer ser genios y saberlo todo. Eran reuniones de seis o siete. Recuerdo una en particular: una noche, sentados alrededor de una mesa, empezamos a leer de asiento en asiento. Cuando me iba a tocar, en ese momento llegó Rubén Salazar Mallén y se paró en la puerta del lugar, comenzó a reírse y como en burla dijo: “Conque aquí están los genios, los grandes futuros escritores de México; a ver ¿quién sigue con el show?”, y seguía yo. Leí y al terminar todos aplaudieron; entonces Rubén se me acercó y me dio un abrazo. Él escribía una columna en un periódico de la tarde, y al día siguiente en su colaboración habló de mí y dijo que había descubierto a un gran poeta mexicano.

A mí nunca me gustó andarme haciendo promoción; por ejemplo a pesar de admirar tanto a Neruda nunca me atreví a enviarle un libro mío; yo creo que él nunca conoció mi obra porque murió en 1973. Por lo general no mandaba mis libros a los críticos, cuando ya fui traducido al inglés un conocido envió algún ejemplar a poetas o traductores estadounidenses o ingleses, pero fueron pocos. Solamente cuando publiqué La señal, Jesús Arellano, un poeta de Michoacán, amigo mío, que estudiaba en la Facultad, me ayudó en la distribución del libro, a poner los ejemplares en sobres, llevarlos al correo y me animó a mandarlos a muchos conocidos suyos. Ese libro yo mismo lo pasé a máquina y lo llevé a una imprenta en la calle de Zarco; me cobraron mil pesos de aquella época por imprimir una edición de autor de mil ejemplares. En la portada puse una viñeta de mi amigo el pintor Humberto Maldonado y lo mandé a varios lados.

A lo largo de mi vida mis reuniones con intelectuales o periodistas fueron escasas o desafortunadas. Me acuerdo de que, años después de que conocí a Neruda y me decepcionó, porque se la pasó hablando de política, a mí me ocurrió una cosa parecida trabajando todavía en la fábrica: un día llegó un muchacho a entrevistarme, después de haber publicado en 1977 el Nuevo recuento de poemas. Lo cité a las nueve de la mañana y le dije que me acompañara a un taller en donde hacían la melaza, tenía que cuidar que a los obreros no se les pasara la mano con ese ingrediente. Después de mucho rato le dije: “Vamos a platicar a mi oficina”, y él me preguntaba esto o lo otro, mientras yo tenía que resolver los problemas del diario. Al rato, pasada la una de la tarde, sentí que estaba yo dispuesto a escucharlo, pero ya se había ido sin decirme nada. Me ha de haber mentado la madre, como yo a Neruda cuándo lo conocí.

Ese muchacho venía de esa revista que dirigía Juan José Arreola, Mester. Ahí publicaban Juan García Ponce, Salvador Elizondo, José Agustín, Gustavo Sáinz… De ese grupo con el que más amistad tuve fue con García Ponce, a petición de él publiqué algunos poemas, dos o tres veces en algunas revistas; lo había conocido en la Universidad, aunque era un poco más joven que yo. A José Agustín me lo encontré una vez en una cantina y nos echamos unos tragos. Ahí me confesó que me admiraba, y le dije que ya sabía que en una de sus novelas uno de los personajes era yo: “Sí, es usted, es un poeta como usted, maestro, y todo mundo lo sabe”, me confirmó. Con Elizondo el trato fue sobre todo en el Centro Mexicano de Escritores, y su obra, tanto como la de García Ponce, siempre me gustó mucho. A Elizondo desde un principio se le consideró un genio; desde su primera novela, Farabeuf o la crónica de un instante, se consagró como un espléndido narrador, ahí demostró que sabía hacer muy bien lo que quería.

En toda esa generación que vino después de la mía había grandes escritores. Carlos Fuentes era dos o tres años más joven que yo. Lo conocí en una fiesta en el Centro Mexicano de Escritores, me le acerqué y le dije que me gustaba mucho su primer libro, La región más transparente, pero que prefería Aura; y él me elogió también, pero de pronto me dijo: “Mira, estamos elogiándonos el uno al otro aquí, ¿para qué? Mejor me voy a platicar con alguien que piense mal de mí”, y entonces se fue por allí a platicar con otros. Me dio coraje y dije: “Este pendejo está creyendo que lo elogio para que escriba algo de mí”. Jamás lo volví a ver.

En las sesiones del Centro Mexicano de Escritores, en las que escribí la segunda parte de Algo sobre la muerte del mayor Sabines, prefería quedarme callado, y al terminar salirme con alguno de los que estaban ahí a emborracharnos, me parecía más divertido. Muchas veces me iba con Juan Rulfo, que era mayor que yo; nos llevábamos muy bien porque también era callado, discreto. En cambio a Juan José Arreola le gustaba tocar las chirimías, dirigir la orquesta.

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Siempre he creído que la escritura es un receso para que la vida no se nos desvanezca; es una forma de sobrevivencia. Pero no pienso nada más en la literatura ni nada más en vivir. Pienso en estar en este día, ¿por qué? En el presente se aglomeran el pasado y el porvenir. Soy simplemente un hombre que tiene lo que le da la vida: alegrías, esperanzas, dolores, amor. Me da lo mismo que da a todo el mundo; lo que sucede es que el poeta está más desnudo, tiene un poco menos de piel que el resto de los hombres.

A lo largo de mi vida, según el suceso del día, he escrito lo que agarraba entre mis manos; el contacto con la vida de todos los días: hoy estoy triste, mañana alegre; hoy estoy desconsolado, mañana estaré con esperanzas. La poesía a veces puede ser una verdadera maldición y, claro, por momentos, una verdadera bendición. Sólo quedamos tranquilos cuando deshuesamos el poema, cuando le rompemos el espinazo y nunca lo logramos. Siempre continúan las malditas palabras tan fuertes, tan inamovibles, tan necesarias como el aire. Esto se lo dije a Ignacio Solares en una entrevista que me hizo en 1974. Generalmente las palabras están muertas y lo que el poeta hace es pretender construir vida con una materia prima que ya no respira, que se ha gastado totalmente de tanto mal uso que hemos hecho de ella. Siempre he tratado de que la poesía no dependa de las palabras; si por mi fuera; no usaría palabras.

La poesía no es más que un medio de comunicación, una manera de contacto humano. Por eso no creo en los poetas que se enamoran de las palabras, que juegan con ellas. Desde luego, la poesía es un problema de palabras: no podemos hacer la poesía con los pies, pero debe uno aspirar a tener las menos palabras posibles para comunicar las emociones más auténticas del hombre. Escribí poesía porque nunca aprendí a bailarla, a transmitirla en un apretón de manos, en una caricia, en un grito… El poema muchas veces se da gratuitamente: es como un don o como una cosa que crece dentro de nosotros, que sale, que aflora; en varias ocasiones me ha tocado descubrir que el poema no ha sido construido, no ha sido elaborado sino entregado gratuitamente. Casi siempre salen las palabras a flor de piel, a flor humana; no me meto a elaborar un poema: sale como un fruto; el durazno da duraznos, el peral da peras y de esa manera gratuita, de un don, de un milagro, así es la magia de la poesía. No hay ningún medicamento para la poesía, es el brebaje de la vida, nada más que hay veces que es una pócima de alivio y otras un veneno mortal. Muy joven me ponía a buscar las palabras, a investigarlas, a tratar de ser yo mismo a través de todo ese concepto de la poesía, pero luego me di cuenta de que el verdadero poema se entrega. Incluso muchas veces uno piensa que no es el autor de sus poemas; cuando releo mis poemas me doy cuenta de que no sé quién los hizo. Sí los reconozco por alguna línea, cuando me los dicen, pero casi no sé ninguno de memoria. Pocas veces leo mis libros. No me gusta volver sobre mis pasos.

Digamos que mi poesía fue evolucionando en la medida en que lo había hecho mi propia vida, quizás haciéndola un poco más económica de medios, más sintética; ésa ha sido mi ambición de toda la vida. Hay momentos o periodos en que uno está completamente vacío para escribir, pero también me ha pasado que de pronto en ocho o diez días escribo un libro. Hay que ver que la poesía no es cuestión de disciplina, como en un novelista o un cuentista. En el subconsciente humano la poesía se acumula. Uno mismo observa que hay largos periodos de sequías, horas estériles, y de pronto aumenta la presión en la caldera y salen los poemas. El poema tiene que surgir dentro de uno. Hablando en palabras de la Biblia: “Hay un tiempo para sembrar y hay un tiempo para cosechar”.


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