Una mirada a Edvard Munch, más allá de ‘El Grito’

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“El caminante nocturno”, (1923-24) un autorretrato de Munch en sus últimos años de vida. Credit 2016 Edvard Munch/Artists Rights Society (ARS), Nueva York; The Munch Museum, Oslo
“El caminante nocturno”, (1923-24) un autorretrato de Munch en sus últimos años de vida. Credit 2016 Edvard Munch/Artists Rights Society (ARS), Nueva York; The Munch Museum, Oslo

Holland Cotter

Si uno visita Oslo a mediados del invierno o en verano, observará las fuentes atmosféricas del arte de Edvard Munch: una penumbra apenas acariciada por la luz  en invierno y rayos de sol de los que es imposible escapar en verano. Ambas atmósferas están presentes en “Munch and Expressionism” (“Munch y el expresionismo”) en la Neue Galerie en Nueva York, donde las pinturas y grabados de Munch y sus contemporáneos alemanes brillan y resplandecen como lámparas sobre muros de color azul medianoche.

No hay duda de que Munch fue producto de Noruega, su patria. Pero esta exposición lo vincula con una historia más extensa. La curaduría argumenta que su arte fue moldeado de manera significativa por la cultura europea de principios de siglo XX, cuando el choque del anhelo liberal y el miedo al apocalipsis cargaron el aire como un relámpago, y deslumbraron con estilos artísticos que fracturaron la realidad, entre los que se encuentra el expresionismo alemán.

Fue en Alemania, donde vivió de 1892 a 1908, que Munch desarrolló una carrera internacional. Nacido en 1863, asistió a la escuela de arte en Oslo, donde solía juntarse con escritores bohemios y radicales políticos, yendo de visita a París de cuando en cuando para ponerse al día con las últimas tendencias. En 1886 obtuvo su primer éxito derivado del escándalo, cuando el canon artístico de Oslo repudió su pintura “La niña enferma”. El tema —inspirado por la memoria de su hermana mayor, Sophie, quien murió a los 15 años— no era el problema, sino su estilo impresionista, considerado una afrenta al gusto local por el naturalismo académico.

Su reputación se extendió. En 1892, una facción del arte conservador le clausuró una exhibición en Berlín, dándole una publicidad invaluable. Para sacarle el mayor provecho posible al “escándalo de Munch”, como lo llamaba, se fue a vivir a la capital alemana donde permaneció unos 16 años. Parte de su iconografía más conocida surgió durante esta época: “Madonna”, “Pubertad” y “El grito”. Las versiones clásicas de estas obras se encuentran en la Neue Galerie, junto con otras piezas que justifican, y superan, el precio de la entrada para cualquier fanático de Munch.

Versión de 1895 de “El grito” de Edvard Munch en pastel.  Credit 2016 Edvard Munch/Artists Rights Society (ARS), Nueva York; Colección privada
Versión de 1895 de “El grito” de Edvard Munch en pastel.  Credit 2016 Edvard Munch/Artists Rights Society (ARS), Nueva York; Colección privada

Incluso en esa época tenía fervientes admiradores entre la vanguardia alemana y los artistas austriacos. Muchos de ellos —Erich Heckel, Ernst Ludwig Kirchner, Max Beckmann y Karl Schmidt-Rottluff en Alemania; Egon Schiele y Richard Gerstl en Viena— tenían hasta veinte años menos que él. Pero lo consideraban un representante de la nueva cepa de arte modernista que luego sería el expresionismo.

¿Qué vieron en su ejemplo? Lo mismo que vieron en héroes anteriores como Gauguin y van Gogh: una voluntad, que rayaba en la compulsión, de usar el arte como un vehículo de emoción in extremis. Además, Munch llevó a su obra contenido de último minuto, actitudes del nuevo siglo hacia el sexo, perturbación psicológica, espiritualidad oculta y política utópica.

Es evidente que hubo factores generacionales y personales que hicieron que Munch sobresaliera; ya estaba entrado en años para haber experimentado el romanticismo del siglo XIX, cosa de la que carecieron los artistas más jóvenes. Y, en la medida en que envejeció, volvió a sentir toda esa influencia. Además, la fijación en la mortalidad presente en su obra data de su infancia —su madre murió de tuberculosis cuando tenía 5 años y su hermana, cuando había cumplido 14— el morbo que atravesó al expresionismo fue un reflejo del presente, una época que se preparaba para las batallas épicas de la Primera Guerra Mundial.

Más allá de las diferencias, los jóvenes artistas aprendieron de Munch, y él de ellos. Y lo que vemos en la exposición, organizada por los historiadores Jill Lloyd y Reinhold Heller en cooperación con el Museo Munch en Oslo, son los patrones de “influencia y afinidad”. Algunos son fáciles de ilustrar. En una sala pequeña de luz tenue que parece una capilla encontrarán “El grito” (1895), elaborado con pasteles, que se vendió en Sotheby’s hace unos años. Ahora la imagen es pop puro, pero no siempre fue así. Cuando apareció muchos artistas la tomaron en serio.

“Hombre en una planicie”, una xilografía de 1917 de Erich Heckel, cuya obra se inspira en la de Munch. Credit 2016 Erich Heckel/Artists Rights Society (ARS), New York / VG Bild-Kunst, Bonn; Colección privada
“Hombre en una planicie”, una xilografía de 1917 de Erich Heckel, cuya obra se inspira en la de Munch. Credit 2016 Erich Heckel/Artists Rights Society (ARS), New York / VG Bild-Kunst, Bonn; Colección privada

En una xilografía de 1917, Heckel, traumatizado por el servicio militar como parte del cuerpo médico durante la guerra, convirtió al grito de Munch en la figura de un hombre parado en un campo de batalla que, estupefacto, se lleva las manos al rostro.

Para cuando Schiele pintó esta obra, Munch ya no vivía en Berlín. En 1908, una crisis de lo que parecía ser psicosis alcohólica lo había llevado a un hospital psiquiátrico, y al salir regresó a Noruega. Pero se llevó lo que había aprendido en Alemania. Gracias a los años de contacto con los expresionistas, quienes valoraban más el proceso que la pulcritud y mezclaban el realismo y la abstracción, su estilo había cambiado, se había relajado. Su paleta crepuscular también se aligeró, como si hubiese salido el sol.

“Hacia el bosque I”, de una serie de xilografías. Credit 2016 EDVARD MUNCH/Artists Rights Society (ARS), Nueva York; Colección de Catherine Woodard y Nelson Blitz Jr.
“Hacia el bosque I”, de una serie de xilografías. Credit 2016 EDVARD MUNCH/Artists Rights Society (ARS), Nueva York; Colección de Catherine Woodard y Nelson Blitz Jr.

Los artistas también seguían sus movimientos de cerca. En una serie de litografías de 1913, el pintor expresionista Emil Nolde experimentó con colores y formas muy similares a las de Munch, en lo que respecta a las variaciones en una image de una cabeza femenina. Incluso es posible que, en este caso, Munch fuera quien imitara a Nolde. Y en un monotipo sensacional de 1917-18 titulado “Busto de un hombre enfermo, autorretrato”, Ernst Ludwig Kirchner, el más talentoso y prolífico artista gráfico modernista alemán, hace lo que en repetidas ocasiones casi logra Munch: disuelve la línea entre el arte gráfico y la pintura.

“Cabeza de un hombre enfermo, autorretrato”, (1917-18) xilografía de Ernst Ludwig Kirchner, influenciado por Munch.  Credit Colección de Catherine Woodard y Nelson Blitz, Jr.
“Cabeza de un hombre enfermo, autorretrato”, (1917-18) xilografía de Ernst Ludwig Kirchner, influenciado por Munch.  Credit Colección de Catherine Woodard y Nelson Blitz, Jr.

Mientras la sensibilidad de Munch se aclaraba, la de Nolde se oscurecía. A mediados de los años veinte se enroló en el partido Nazi. Kirchner, quien en su juventud estudió de cerca a Munch, pasó parte de su carrera negando su influencia y en 1938 se suicidó en Suiza por temor a una invasión alemana.

El arte de Kirchner, al igual que el de casi todos los expresionistas como Nolde, fue censurado despiadadamente por el Tercer Reich. Y aquí hay una ironía: para la década de los 30, debido a los dictados de la moda artística internacional, este estilo alguna vez revolucionario se había vuelto obsoleto, aburrido y sus orígenes estaban casi olvidados. En el contexto de la estética nazi, era un contaminante cultural. Como tal fue retirado de los museos, confinado a bóvedas, desterrado y perdido. La obra de Munch en las colecciones alemanas corrió la misma suerte. Cuando los nazis invadieron Noruega, decomisaron sus bienes. Munch se quedó en su estudio, donde trabajó hasta su muerte en 1944.

Las pinturas de las últimas décadas de su vida son una curiosa mezcla. Algunas, como el sombrío autorretrato titulado “El caminante nocturno” (1923-24), son objetos torturados, tiesos, oscuros, dramáticos. Se ven como visiones de una edad más temprana, iluminada por la luz de una lámpara de gas. También hay escenas al aire libre, en playas, con pálidos cuerpos desnudos a los que baña sin piedad la luz del sol.

El estilo pictórico puede verse un tanto descuidado, imperfecto, pero también puede ser vigorizante, a la manera de Willem de Kooning. La exposición de la Neue Galerie coloca a Munch, y a sus contemporáneos, en la plena primavera de sus vidas, en las fructíferas horas del mediodía al crepúsculo.


Fuente: https://www.nytimes.com/es/2016/02/27/una-mirada-a-edvard-munch-mas-alla-de-el-grito/

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