Rock y estrellato en el cine

0
353

En marzo de 1966 John Lennon dijo que The Beatles eran más populares que Jesús, ya que el cristianismo estaba en decadencia. La entrevista se publicó en el London Evening Standard y la declaración mesiánica de Lennon no tuvo mayor impacto. Sin embargo, en agosto del mismo año y sacada de su contexto original, la cita fue reproducida en las páginas de la revista estadunidense Datebook, una publicación para adolescentes que encendió al mundo en llamas: The Beatles cerraban su gira musical en San Francisco, luego del gran éxito de Rubber Soul (1965) y el lanzamiento del revolucionario Revolver (1966). Pese a que Lennon se retrajo de lo dicho o bien trató de reinsertarlo en su coyuntura originaria, su comentario se inscribió en los anales de la historia del rock como una realidad: en 1966 The Beatles eran si no más populares que Jesús, sí unos de sus más férreos competidores.

Después de la consumación musical de The Beatles con Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band (1967), disco concepto que, para muchos, es el punto más alto en la discografia del rock popular, el concepto del estrellato en la escena musical se volvió uno de sus ejes creativos. En 1969 The Who lanzó Tommy, la primera ópera rock hecha y derecha, protagonizada por un chico sordo, mudo y ciego que, sin saberlo, se convierte en un mesías del pinball. Si bien la creación de Pete Townshend tiene serios huecos musicales (y es, en ese sentido, fiel a su portada), sentó un precedente: el álbum doble y el rock como vehículo para relatar su propia historia.

Pese a lo anterior, no fue un grupo de rock sino un ensamble musical, reunido por el compositor Andrew Lloyd Weber y el letrista Tiro Rice, el que supo explotar la alquimia resultante de mezclar rock, religión y estrellato: Jesus Christ Superstar, disco de ópera rock aparecido en 1970 y en el que Ian Gillan de Deep Purple se revestía de Jesús, devino un fenómeno sin precedentes. En 1971 el disco se convirtió en obra de Broadway; en 1973 Norman Jewison dirigió su versión fílmica, que es la que aún vemos en nuestros días, a 40 años de su estreno. Curiosamente, no fue Gillan sino Ted Neeley quien representó a Jesús en la gran pantalla: no un cantante de rock, sino un baterista texano de éxito moderado que audicionó para el papel de Judas.

Al cierre de la década de los setenta la culminación de la ópera rock y el disco concepto apareció bajo la forma de The Wall (1979) de Pink Floyd, grupo de rock progresivo que vio en esa obra el desmarcamiento de su creador: Roger Waters. Tres años después y bajo la dirección del icónico Alan Parker, Pink Floyd The Wall se hizo película, con Bob Geldof, cantante de The Boomtown Rats, en el papel protagónico de Pink. No deja de ser curioso que, previa a esta exploración descarnada de la fama, Parker dirigiera Fame (1980), película sobre un grupo de estudiantes que buscan domeñar sus distintas expresiones artísticas en una competida escuela neoyorquina, y que, tras su éxito, tuvo varias y nunca tan logradas secuelas; además, no puede ser sino la semilla que provocó Flashdance (1983) de Adrian Lyne, en la que una chica soldadora de Pittsburgh quiere ingresar a una escuela de ballet.

Trascendidos los aires mesiánicos de las ópera rock y el retrato de la estrella malograda–a Jesús lo crucifican; Tommy se vuelve líder de una secta que lo expulsa; Pink es devorado por su propia fama–, el cine da un viraje en su tratamiento del tema, cuya consumación es Almost Famous (2000) de Cameron Crowe. Lejos de ser un musical de corte hippie o una historia compleja sobre los traumas infantiles como detonadores del fascismo escénico, el film de Crowe cuenta la historia del nunca fácil ascenso de un grupo de rock al estrellato a finales de los setenta, contado desde el punto de vista de un niño de 15 años convertido en súbito reportero para la revista Rolling Stone. El relato es de corte semibiográfico y habla de la naturaleza de las personas atraídas por las estrellas de rock, a las que orbitan como pequeños y fieles planetas. Crowe, debe decirse, estuvo casado con Nancy Wilson de Heart, además de que, gracias a su experiencia como reportero de giras de bandas de rock, es el autor de los ensayos que acompañan a algunas obras importantes: Frampton Comes Alive, de Peter Frampton, y The Song Remains the Same, de Led Zeppelin, entre otros.

Llegados a nuestros días, la aparición de Not Fade Away (2012), película dirigida por David Chase, creador de The Sopranos, no es sino un notable colofón a las obras que la preceden. Historia de la creación y los tropiezos de un siempre incipiente grupo de rock de Nueva Jersey–el gran patio trasero de Nueva York, disfrazado de amplio jardín–, el film de Chase hace un recuento del impacto que tuvo la escena británica en Estados Unidos durante la década de los sesenta, además del descubrimiento de que la raíz del éxito del rock del Reino Unido era el propio blues de Estados Unidos. El grupo retratado en la pantalla nunca termina de tener nombre ni de lanzar un primer sencillo ni de tener un líder del todo reconocido por el resto: más que alcanzar el estrellato, lo orbitan igual que el reportero de Almost Famous.

Al final, el protagonista de Not Fade Away se desvanece como quiere el título de la película, que es en realidad el título de una canción del estadunidense Buddy Holly, estrella de rock apagada en un accidente aéreo, que luego fue grabada por The Rolling Stones y les granjeó –what goes around comes around o todo lo que sube tiene que bajar–un primer sencillo en Estados Unidos. En Estados Unidos, también, John Lennon fue asesinado por un fanático el 8 de diciembre de 1980, sólo para ser, de nueva cuenta, más popular que Jesús.

David Miklos. Escritor. Profesor asociado de la División de Historia del CIDE. Su libro más reciente es El abrazo de Cthulhu.

Dejar respuesta