Modernismo, arte y literatura

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Su comienzo se asocia con la publicación, en 1888, de Azul, del poeta nicaragüense Rubén Darío, libro de cuentos y poemas considerado una de las obras más relevantes del modernismo hispánico.
Su comienzo se asocia con la publicación, en 1888, de Azul, del poeta nicaragüense Rubén Darío, libro de cuentos y poemas considerado una de las obras más relevantes del modernismo hispánico.

Clarita Spitz

La autora hace un recorrido por los finales del siglo XIX y los inicios del XX, época en la que surgió este movimiento artístico que modificó los cánones existentes para entonces. Grandes artistas europeos y latinoamericanos se inscriben en él.

La Belle Époque, o fin de siècle, ese período de la historia entre las dos últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, evoca con nostalgia la Europa de antes de la Primera Guerra Mundial como un paraíso perdido, una época de paz y de optimismo, de ilusiones y expectativas frente a los cambios que pudiera traer el fin de siglo y el inicio de una nueva era. Marcado por la industrialización y por grandes e importantes avances científicos, técnicos, sociales y económicos, fue un periodo donde las nuevas ideas, como el psicoanálisis de Freud, la filosofía de Friedrich Nietzsche, la relatividad de Einstein y la teoría política estimularon la búsqueda de nuevas formas de expresión.

En el arte, como reflejo de esta atmósfera, surge el modernismo, una corriente de renovación que buscaba crear un arte nuevo, joven, libre y moderno, y romper con las corrientes dominantes de la época: Romanticismo, Eclecticismo, Realismo e Impresionismo. Dependiendo del país, recibió diferentes nombres: Art Nouveau en Francia y Bélgica, Jugendstil en Alemania y los países nórdicos, Sezession en Austria, Modern Style en Inglaterra, Nieuwe Kunst en los Países Bajos, Estilo Liberty o Floreale en Italia, y Modernisme o Estil modernista en Cataluña.

Como es frecuente en la historia del arte, el modernismo es objeto de distintas interpretaciones y no es fácil encontrar una definición precisa de este periodo. En general, hay dos posturas muy claras: una más restringida, que lo considera un movimiento literario bien definido que se desarrolló entre 1888 y 1910, y una más amplia, que considera que no es solo un movimiento literario, sino toda una época, un lenguaje y un estilo que abarcó distintos ámbitos del arte, especialmente la plástica y la arquitectura.

Es esencial entender el concepto de modernismo no en términos cronológicos sino estéticos, concebirlo no como una época, sino como una tendencia o un género que comprende distintas disciplinas artísticas con algunas características comunes de estilo, sensibilidad e incluso de actitud.

También es importante aclarar que, usualmente, los términos modernism (en inglés) o modernisme (en francés) no se refieren a este movimiento artístico, sino a las vanguardias o al arte moderno, dentro de la pluralidad de significados de ambos conceptos.

Literatura hispanoamericana

El modernismo en la literatura en lengua española se desarrolló fundamentalmente en la poesía, y se caracterizó por una ambigua rebeldía creativa y una profunda renovación estética del lenguaje y la métrica. Su comienzo se asocia con la publicación, en 1888, de Azul, del poeta nicaragüense Rubén Darío, libro de cuentos y poemas considerado una de las obras más relevantes del modernismo hispánico.

Para algunos, representa la mayoría de edad de la literatura hispanoamericana. Por primera vez en la historia, los creadores latinoamericanos, que siempre había sido seguidores, se convirtieron en vanguardistas.

El modernismo hispánico es una síntesis del Parnasianismo, cuyo lema era “el arte por el arte”, es decir, el arte visto como forma y no como contenido, disociado del compromiso social; y del Simbolismo y su búsqueda del sentido oculto y misterioso de la vida a través de símbolos.

Sus principales características son el rechazo de la realidad cotidiana evocando épocas pasadas, lugares exóticos y lejanos; cierto preciosismo en el estilo, búsqueda de la perfección formal, alternancia entre melancolía y vitalidad, el uso de la mitología y el sensualismo, y la renovación léxica utilizando helenismos, cultismos y galicismos. Su temática incluye la búsqueda de la soledad y el rechazo de la sociedad, el amor y el erotismo, temas indígenas americanos muchas veces en defensa del indígena, y lo hispano como antecedente histórico valioso.

La lista de los escritores hispanoamericanos del modernismo es muy extensa. Muchos alcanzaron reconocimiento internacional y sus nombres resultan familiares, como el cubano José Martí, de quien Rubén Darío diría que su prosa era la «más bella del mundo». Sus obras más conocidas son Ismaelillo, Flores del destierro, y su ensayo “El presidio político en Cuba”.

El colombiano José Asunción Silva murió trágicamente a temprana edad. Autodidacta, su obra poética conocida, especialmente sus Nocturnos, se destaca por su innovación y gran contenido modernista.

Entre las poetas de este periodo podemos nombrar a la española Aurora Cáceres, representante del indigenismo y del feminismo (La rosa muerta); Julia de Burgos, de Puerto Rico, con tres colecciones de poemas; y la uruguaya Delmira Agustini, interesada en la sexualidad femenina trató, en su obra, temas fantásticos, eróticos y exóticos. A Eros, dios del amor,  le dedicó Los cálices vacíos.

El modernismo en Ecuador fue tardío respecto al resto de la región debido a la guerra civil. Estuvo representado por cuatro poetas, Ernesto Noboa y Caamaño, Arturo Borja, Humberto Fierro y Medardo Ángel Silva, denominados la Generación Decapitada, debido a la forma trágica en que murieron.

Los autores españoles tuvieron gran influencia de los americanos, en especial después del viaje de Rubén Darío en 1892.  Entre los más representativos están Tomás Morales Castellano (Las rosas de Hércules), Ricardo Gil (La caja de música), Manuel Machado (Alma caprichosa) y Alonso Quesada (El lino de los sueños).

Se destacaron también Guillermo Valencia Castillo, colombiano; los argentinos Leopoldo Lugones y Enrique Larreta, el cubano Julián del Casal, los mexicanos Manuel Gutiérrez Nájera y Salvador Díaz Mirón, y el venezolano Rómulo Gallegos. Aunque hasta hace poco tiempo algunos, incluyendo a José Asunción Silva y Guillermo Valencia, fueron considerados precursores del modernismo, actualmente son reconocidos como plenamente modernistas.

Música

En la música de la Belle Époque también se dieron cambios importantes. Los ejemplos más notables son las óperas de Richard Wagner (Alemania) y Giuseppe Verdi (Italia). En Rusia, Tchaikovski, Músorgski y Rimski-Kórsakov retornaron a las tradiciones nacionales manteniendo los cánones clásicos, y en Austria, Johann Strauss fusionó en sus obras elementos clásicos y populares.

Artes plásticas y arquitectura

Con los avances técnicos, como la aparición de la fotografía y el cine, los artistas se replantearon la función de su trabajo, que ya no consistía en imitar a la realidad, pues las nuevas técnicas lo hacían de forma más objetiva, fácil y reproducible. Los nuevos lenguajes artísticos y las formas de expresión que buscaban integrar el arte con la vida y con la sociedad representaron una nueva relación del artista con el espectador, permitiendo que se involucrara en la percepción y comprensión de la obra, así como en su difusión y mercantilización. Esto llevó al auge de los museos [y galerías de arte].

El diseño gráfico adquirió una importancia sin precedentes con los carteles publicitarios, fundamentales en una sociedad de consumo. Los grandes cartelistas fueron el francés Henri Toulouse-Lautrec con sus diseños para el Moulin Rouge, y el checo Alfons Mucha, con el cartel estilo art nouveau para Gismonda, obra de teatro protagonizada por Sarah Bernhardt.

Contrastando con el academicismo y el impresionismo, las artes plásticas y la arquitectura dejaron los temas cotidianos, prefiriendo contenidos simbólicos y conceptuales. Destacaron la figura femenina en actitudes delicadas y sutiles, resaltando las ondas en los cabellos y los pliegues de las vestimentas para enaltecer su sensualidad y fragilidad. Técnicamente insistieron en la pureza del trazo y la expresividad del dibujo, utilizando líneas curvas, la asimetría y estilización de las formas orgánicas, especialmente flores, hojas y tallos retorcidos.

Algunos de los más importantes exponentes de la pintura pertenecieron a la Sezession de Viena, incluyendo a Gustav Klimt, Egon Schiele, Oskar Kokoschka y Koloman Moser. El beso, de Klimt, es, tal vez, la obra más representativa del periodo.

Arquitectos y diseñadores como Louis Sullivan y Frank Lloyd Wright en Chicago, Víctor Horta en Bruselas y Antoni Gaudí en Barcelona conjugaron la decoración exterior e interior para dar una impresión unificada y armónica inmueble – mobiliario – apliques – piezas decorativas. Fachadas, rejas, puertas y escaleras de formas suaves y redondeadas eran diseñadas a menudo por los mismos arquitectos, en colaboración con especialistas en cada materia.

La Revolución Industrial permitió, además, incorporar en la construcción materiales poco utilizados hasta entonces, como el hierro forjado y el vidrio. Las artes decorativas se emplearon para complementar la arquitectura y aparecieron, por ejemplo, los vitrales del estadounidense Louis Comfort Tiffany.

En la joyería surgieron nombres reconocidos hasta hoy, como René Jules Lalique y sus creaciones originales de joyas, botellas de perfume, vasos y candelabros, y Charles Lewis Tiffany, fundador de Tiffany & Co.

Fin de una era

El movimiento modernista no fue recibido unánimemente: un amplio grupo de críticos identificó sus formas con los conceptos de degeneración y desintegración social.

El periodo de paz y progreso llega a su fin abruptamente con el estallido de la Primera Guerra Mundial en julio de 1914. Las diversas manifestaciones del movimiento modernista pierden sentido cuando la destrucción y la muerte sacuden el mundo, acabando con el ambiente de belleza, delicadeza y perfección celebrado durante tres décadas. Los maravillosos inventos tecnológicos, como el avión, perdieron su magia cuando fueron utilizados para matar. Algunos historiadores señalan el naufragio del Titanic, en 1912, como el fin de la Belle Époque y el comienzo de la desconfianza humana hacia la tecnología.

Aun así, el estilo modernista sigue vigente hasta nuestros días, especialmente en la pintura.


Fuente: https://revistas.elheraldo.co/latitud/modernismo-arte-y-literatura-135909

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