El triunfo de Cézanne

0
774
Paul Cezanne - Autorretrato (Fuente: Internet)
Paul Cezanne - Autorretrato (Fuente: Internet)

Somarriva, Marcelo

Identificándose con el personaje de la novela breve de Balzac, «La obra maestra desconocida», el anciano Frenhofer, un pintor ficticio absorto en complejas cavilaciones estéticas en el intento de alcanzar un ideal de belleza imposible y finalmente incomprensible. La distinción está en que Cézanne, a diferencia de su ideal ficticio, no fracasó en su empeño.

El secreto

Es una tragedia para los historiadores del arte que Cézanne no haya sistematizado sus ideas sobre su pintura. Sólo se conservan más de 230 cartas suyas dirigidas a parientes y amigos -editadas rigurosamente por John Rewald, el más célebre de los especialistas en Cézanne, fallecido en 1995- de las cuales, sólo las últimas se refieren a su pintura y el mundo del arte. El mismo Ernest Gombrich advierte que se ha escrito mucho sobre «el secreto de Cézanne» y que han surgido toda clase de explicaciones sobre lo que el pintor se propuso hacer y lo que consiguió, explicaciones que no bastan y que incluso se contradicen. Como consuelo, señala, siempre nos quedarán los cuadros y el mejor consejo que entrega es ir y verlos directamente. Nosotros, mientras tanto, podemos contentarnos con buenas reproducciones.

Cézanne atrajo la atención general del público a partir de la exposición que le organizó el vendedor de cuadros Ambroise Vollard, en 1894. Antes sólo había recibido pocos comentarios, en su mayoría muy malos, pero a partir de ese momento su fama creció. Cézanne fue muy admirado dentro del círculo de los pintores de su época. Pisarro tenía 14 cuadros suyos, Degas 7, Renoir 3, Gauguin otros 3 y el joven Matisse gastó lo que no tenía para comprar «Las tres Bañistas» en 1898. Sin embargo, a comienzos del siglo XX , el pintor Maurice Denis observó que había algo paradójico en la creciente celebridad de Cézanne, algo tan difícil de explicar como la propia obra del pintor. «Nunca he oído, decía, que algún admirador de Cézanne me diera razones claras y precisas de su admiración; y rara vez me las dan incluso los artistas que más directamente sienten el arte de Cézanne». Es útil, entonces, preguntarse qué se pensaba sobre Cézanne mientras vivió y cómo se gestó su apoteosis en el siglo XX. El Cézanne que entusiasmó a los impresionistas era distinto del que siguieron los pintores «fauvistas» y éste, a su vez, era diferente del que admiraron los cubistas. El Cézanne a quien Picasso consideraba su maestro, no era el mismo a quien admiró Matisse y las lecciones que el joven Piet Mondrian aprendió de Cézanne no fueron las mismas que aprendieron los expresionistas alemanes o los constructivistas o los suprematistas rusos. Cézanne, instalado como una encrucijada en la génesis de las vanguardias del siglo XX, no contribuye mucho a dimensionar el carácter de sus propias ambiciones y logros artísticos. Como suele ocurrir, la genealogía de las vanguardias suele arrastrar muchos mitos y verdades a medias. No hay que olvidar que Cézanne, como observó Rilke, fue un innovador, o un revolucionario, sin pretenderlo nunca. Para la exposición impresionista de 1877, donde Cézanne tuvo un lugar destacado, que muchas veces se pasa por alto, el crítico Georges Riviere señaló que él era el art ista más atacado y maltratado por la prensa y el público en los últimos 15 años, para luego añadir que Cézanne era «en sus obras, un griego de la edad dorada: sus telas tienen la calma y la serenidad heroica de las pinturas y las terracotas antiguas y el ignorante que se ríe ante y#39;Los bañistasy#39; por ejemplo, me impresiona como los bárbaros criticando al Partenón. Cézanne es un pintor, y un gran pintor». Esta visión de Cézanne como un clásico cundió entre los pintores de su generación y reflotó hacia la década de 1920, cuando Cézanne fue visto como un nuevo Nicolás Poussin.

El entusiasmo de los pintores por la obra de Cézanne no fue recíproco. Según señala Michael Doran, Cézanne rechazó la mirada pasiva del impresionismo y las estilizaciones y estancados sistemas del postimpresionismo. Entre los primeros admiraba a Pisarro -«fue como un padre para mí y tenía algo de Dios»- y a Monet -«el más fuerte entre nosotros»-, mientras que de los demás mantenía un cuidadoso silencio. De Gauguin -que lo reverenciaba- decía que no era pintor, «sólo hizo estampas chinas», y parece que a Van Gogh alguna vez le dijo: «Sinceramente, usted está haciendo una pintura de loco».

Vollard afirmó que su interés por exponer a Cézanne no fue otro que hacer un acto de justicia por un pintor humillado públicamente. Pero como suele suceder en el caso de este gran vendedor de cuadros y memorialista poco confiable, la verdad es otra y se relaciona más con que Cézanne era un marginal cuya aura de leyenda iba en aumento, y Vollard intuyó esto como un estupendo negocio. Cuentan que, antes de la exposición de Vollard, la obra de Cézanne era materialmente invisible. Maurice Denis, hacia 1890 incluso creía que Cézanne era un mito o que podía tratarse de un seudónimo. Un cronista decía que su existencia era improbable.

Vida del oso

Paul Cézanne nació en Aix-en-Provence en 1839, hijo de un sombrerero que compró el único banco de la ciudad. El hombre era un tirano y su hijo lo odiaba. No obstante, al final de su vida, Cézanne admitía que fue gracias a su padre que pudo consagrar su vida a resolver sus dilemas artísticos.

En el colegio Cézanne no se portaba bien, pero no era mal alumno. Aprendió latín muy bien y adquirió un gusto por la literatura clásica que lo acompañó toda su vida. Su autor favorito era Virgilio -tradujo las «Églogas» a los 20 años- y disfrutaba leyendo a Ovidio, Apuleyo y Lucrecio. No sólo conocía los clásicos, sino que también estaba al tanto de la literatura contemporánea. Leía a Baudelaire.

En el colegio Cézanne conoció a Émile Zola. La amistad entre estos dos personajes es un asunto sobre el cual se ha especulado y polemizado bastante (el último intento de hacerlo fue el libro «The Youth of Cézanne and Zola», de Wayne Andersen, publicado hace poco). Cézanne y Emile Zola fueron inseparables y pasaron años idílicos en Aix. La amistad continuó luego en París, donde los dos pasaron su período de aprendizaje y privación. El problema fue que mientras Emile Zola se encumbraba hasta convertirse en una celebridad literaria, su amigo permaneció en las sombras acumulando fracasos y frustraciones, soportando críticas adversas y abucheos públicos.

Mientras uno se convertía en un burgués parisino, el otro se recluía y ensimismaba cada vez más, en un provincianismo, o en un «provenzalismo» orgulloso y provocador. La amistad pudo sobrellevar estas tensiones, pero reventó cuando Zola publicó en 1886 su novela titulada «La obra», cuyo personaje protagónico, Claude Lantier, un pintor frustrado que acaba por estrangularse ante su obra inconclusa que pretendía ser su obra maestra, era demasiado parecido a su amigo pintor. El quiebre entre ambos fue total y no volvieron a verse nunca.

Estadios de obra

En la obra de Cézanne suelen distinguirse tres etapas. La primera de ellas en la que acusa la influencia de Delacroix, Courbet y Daumier, era considerada por Cézanne como su fase «couillarde», una pintura de trazos rápidos y pastosos; emocionales e incluso violentos.

En 1861, Cézanne conoció a Camile Pisarro, mientras los dos trabajaban en la Académie Suisse. Los dos pintaron juntos, en las afueras de París, por dos o tres años. Pisarro instó a Cézanne a pintar del natural y a convertirse en un pintor de paisajes. Dejó entonces de ser el pintor impetuoso que era y se convirtió en un artista meticuloso y metódico. En este momento se inicia en su obra un período de transición que se prolongó desde mediados de la década de 1870 a 1880. Entre 1869 y 1872 ocurrió uno de los escasos acontecimientos biográficos de Cézanne, cuando conoció a la joven modelo Hortense Fiquet. Su padre y su hermana se opusieron al noviazgo entre los dos y vivieron juntos escondidos, hasta que nació su hijo Paul, en 1872.

En 1874, Cézanne participó en la primera exposición impresionista, presentando tres cuadros. Fue duramente criticado. Una señora indignada dijo que el pintor sólo parecía «un loco agitado pintando el delirium tremens». Sin embargo, las malas críticas no lograban deteriorar su seguridad en sí mismo. Ese mismo año, le escribió a su madre diciéndole: «Siempre tengo que trabajar, no para llegar al acabado que logra la admiración de los imbéciles, y esta cosa que vulgarmente tanto se aprecia no es sino el producto de un oficio de obrero, y que convierte a todas las obras resultantes en poco artísticas y ordinarias». En 1877, Cézanne volvió a participar en la exposición impresionista. Renoir, Monet, Pisarro y Caillebotte le reservaron la mejor pared del salón donde expuso 17 pinturas provocando reacciones intensas.

Según cuenta el historiador del arte Pierre Daix, a partir de ese año los pintores impresionistas y quienes los siguieron convergieron en el afán de poner la materialidad óptica de la pintura, es decir el medio de expresión artística, antes de la representación del objeto. Al poner al medio en un primer plano, por sobre la realidad representada, se liberaba el estilo. Lo que causaba especial irritación entre los críticos, entusiastas de la llamada pintura de superficie pulida, era que estos innovadores utilizaran una pincelada directa y no acabaran debidamente sus pinturas. Cézanne se encontraba a la cabeza de estas irritantes exploraciones. De acuerdo con Daix, el pintor sabía por instinto que la única manera de atrapar la realidad de una manera más profunda era pidiéndole a la materialidad de la pintura -al medio- lo que nunca antes se le había pedido. Cézanne, como decía Maurice Denis, imitaba los objetos sin ninguna exactitud y se permitía que sus cuadros no fueran adornados con ningún tema accesorio de sentimiento o de pensamiento. Más encima pintaba «figuras desnudas inverosímilmente agrupadas en un paisaje inexistente o manzanas en un plato inclinadas sobre un fondo de tela trivial».

El maestro ermitaño

Cuando la decepción de Cézanne llegó al extremo se retiró definitivamente a Aix-en-Provance donde desarrolló la última fase de su pintura.

Durante estos años de retiro Cézanne recibió esporádicamente la visita de distintos jóvenes entusiastas que venían a conocerlo y ver su obra. Muchos recogieron los testimonios de sus encuentros con el pintor y los publicaron. Estos recuerdos, que el especialista Michael Doran reunió en un libro «Sobre Cézanne» (Gustavo Gili) constituyen -junto a las cartas mencionadas- el núcleo fundamental del conocimiento que se tiene sobre el artista.

Muchos de estos visitantes observaron que el lenguaje de Cézanne era el de alguien que vivía en la más completa soledad. Ellos, por su parte, venían cargados con sus respectivas agendas, con sus propias inquietudes e ideas. Es así como estos intérpretes del pintor muchas veces fueron también sus ventrílocuos. A pesar de todo, sus testimonios son el punto de partida inevitable para cualquier especulación respecto de las intenciones y los fines de Cézanne. Detallan las excentricidades de su carácter: sus repentinas furias, su tendencia a subestimarse y su insólita arrogancia; pero fundamentalmente entregan testimonios sobre sus métodos de trabajo y sus complejas fórmulas artísticas. Uno de estos visitantes peregrinos fue el pintor Emile Bernard, miembro del grupo de los llamados «nabís». Bernard, había escrito en 1889 uno de los primeros elogios que se hicieron sobre Cézanne y después de algunas visitas inició con el viejo pintor una correspondencia que se prolongó hasta poco antes de su mu erte.

En 1904 Cézanne le escribió a Bernard una carta donde le decía «Trate la naturaleza a través del cilindro, de la esfera y el cono, todo ello situado en perspectiva, o sea que cada lado de un objeto, de un plano, se dirija hacia un punto central. -Las líneas paralelas en el horizonte dan la extensión, o sea una sección de la naturaleza (…) Las líneas perpendiculares a este horizonte dan la profundidad-; ahora bien, la naturaleza para nosotros hombres aparece más en profundidad que en superficie, de ahí la necesidad de introducir en nuestras vibraciones de luz, representadas por los rojos y los amarillos, una suma suficiente de azulados, para que se note el aire». Este texto, publicado por Bernard en 1907, ha despertado toda clase de interpretaciones. Sin embargo, se caracteriza por el especial relieve que da a los volúmenes de los cuerpos sólidos y por el interés que demuestra por la profundidad. Estas son dos de las preocupaciones más presentes en los testimonios sobre Cézanne: el modelado po r el color y la profundidad. Cézanne le dijo también a Bernard. «No existe línea alguna, no existe modelado, lo único que existe son contrastes. Estos contrastes no vienen dados por el negro y el blanco, sino por la sensación de color». Luego precisa que no se trata de modelar sino que de «modular». Otro de estos admiradores señala que el lenguaje de Cézanne era «el modelado mediante el color». Cézanne, según observó Maurice Denis, pretendía hacer con colores lo que otros pintores lograban con el blanco y el negro. Sustituyendo la luz por el color. Esto, según observaba otro de estos testigos e intérpretes, lo obligaba a usar una gama muy alta de tonos, «para poder así observar las oposiciones existentes incluso en la media tinta, y evitar las luces blancas y las sombras negras».

Inacabadas

En las obras de Cézanne suelen verse parches de la tela blanca a la vista. Como observa John Golding el asunto del acabado no era algo que lo dejara indiferente. Cézanne firmó una pequeña parte de sus obras, y todas estas pinturas tienen su superficie totalmente cubierta con pintura. Sin embargo, también debió haber entendido que sus pinturas estaban bien así, inacabadas. Pisarro, por ejemplo, las prefería así.

Cézanne dijo varias veces que era necesario rehacer al pintor del siglo XVII, Nicolás Poussin, a partir del natural. Como señala Gombrich, esta tarea que se impuso Cézanne, consistía en hacerse de los descubrimientos artísticos de los impresionistas y también recobrar el sentido del orden y de la necesidad que había distinguido al arte clásico, encarnado para él en la obra de Poussin.

Gombrich aborda la obra de Cézanne planteándola en términos de asumir opciones que implican necesarias renuncias. Al pintor le interesaba conservar el brillo de los cuadros impresionistas, pero aborrecía su confusión. Sin embargo, tampoco estaba dispuesto a conseguir el orden recurriendo a los convencionalismos académicos tradi- cionales del dibujo y el sombreado, para crear así una impresión de solidez. Cézanne quería los colores fuertes e intensos y al mismo tiempo lograr esquemas diáfanos. Se encontraba entonces atrapado en un dilema, haciendo esfuerzos por conseguir un sentido de profundidad sin sacrificar el brillo de los colores y tratando de lograr una composición ordenada, sin sacrificar la profundidad. En esos forcejeos y tanteos Cézanne también estaba dispuesto a sacrificar la corrección convencional del dibujo.

Homenajes

En junio de 1907 se presentó en París una exposición, de 79 acuarelas, para conmemorar la muerte de Cézanne. Fue sólo el adelanto para la exposición conmemorativa que tuvo lugar en el Salón de Otoño en octubre de ese año, que consistió en 56 trabajos -curiosamente también había fotografías de las obras que no estaban en exhibición. Esta exposición influyó severamente en Pablo Picasso y también en Rainer Maria Rilke, pero esa es otra historia. Cuenta John Richardson, en su fantástica biografía de Picasso, que el pintor durante un tiempo andaba con un revólver -que había pertenecido a Alfred Jarry- que usaba para corretear a los lateros y para amenazar a cualquiera que le hablara mal de Cézanne: «Una palabra más y disparo», decía. Picasso, cuenta Richardson, planteaba su admiración por el pintor en los siguientes términos: «La ansiedad de Cézanne es lo que nos interesa. Esa es su lección. Una ansiedad que lo lleva a ir cada vez más lejos. Entre mayor es la habilidad del artista, má s ferozmente tiene que combatir con la facilidad y el virtuosismo haciendo las cosas lo más difíciles posibles para él, sin que lo parezcan».

Las confidencias de Cézanne

La fecha estimada de estas confidencias sería entre los años 1866 y 1869. De acuerdo con Michael Doran, esta fecha tendería a demostrar que algunos de sus principios estéticos fundamentales que se conocen a través de documentos muy posteriores estaban vigentes desde 40 años antes.

Nombre y apellido: Paul Cézanne.

Lugar de nacimiento: Aix-en-Provence.

Lugar y fecha de las confidencias: en el segundo del 30 de la calle Saint-Louis.

-¿Cuál es su color preferido?
La armonía general.

-¿Cuál es su olor favorito?
El olor del campo.

-¿Qué flor le gusta más?
Escabiosa.

-¿Qué animal le cae más simpático?
S/R

-¿Cuál es el color de ojos y de cabellos que prefiere?

S/R

-¿Cuál es a su juicio la virtud más apreciable?
La amistad.

-¿Cuál es el vicio qué más detesta?
S/R

-¿Cuál es su ocupación favorita?
Pintar.

-¿Qué distracción le resulta más agradable?
La natación.

-¿Cuál es a su juicio el ideal de la felicidad terrestre?
Tener una buena fórmula.

-¿Qué destino le parece más lamentable?
Las privaciones.

-¿Se le puede preguntar qué edad tiene?
S/R

-¿Qué nombre se hubiera puesto de haber podido elegir?
El mío.

-¿Cuál fue el momento más feliz de su vida?
S/R

-¿Cúal fue el más penoso?
S/R

-¿Cuál es su principal esperanza?
La certeza.

-¿Cree en la amistad?
Sí.

-¿Cuál es para usted el momento más agradable del día?
La mañana.

-¿Qué personaje histórico le cae más simpático?
Napoleón.

-¿Qué personaje de novela o teatro?
Frenhofer.

-¿Dónde le gustaría vivir de preferencia?
En Provenza y en París.

-¿Qué escritor prefiere?
Racine.

-¿Qué pintor?
Rubens.

-¿Qué músico?
Weber.

-¿Qué lema adoptaría si debiera tener alguno?
S/R

-¿Cuál es a su juicio la obra maestra de la naturaleza?
Su infinita diversidad.

-¿De qué lugar conserva los más gratos recuerdos?
Las colinas de St Marc.

-¿Cuál es su comida predilecta?
Las patatas con aceite.

-¿Prefiere acostarse sobre lo duro o sobre lo blando?
Entre los dos.

-¿Qué pueblo extranjero le cae más simpático?
S/R.

-Escriba alguna de sus ideas o alguna cita con la que esté de acuerdo.
«Señor, me hiciste poderoso y solitario.

Déjame que duerma con el sueño de la tierra»
De Vigny.

Las manzanas de Cézanne

En uno de sus arranques de grandilocuencia, Cézanne, que era bastante tímido, proclamaba que «quería asombrar a París con una manzana». Mientras el pintor vivió sus manzanas fueron objeto de muchos comentarios. Las manzanas se convirtieron en el leit motiv del arte de Cézanne y en una señal inequívoca de sus naturalezas muertas. Sérusier, uno de sus jóvenes admiradores miembro del grupo de cercanos a Paul Gauguin, decía respecto de estas manzanas: «La gente,

si ve una manzana de un pintor corriente, dice: me la comería. Cuando se trata de una manzana de Cézanne, dicen: !qué hermosa¡ Nadie se atrevería a pelarla, preferirían copiarla… la manzana de Cézanne se insinúa a la mente por los ojos. «¿Qué pueden ser seis manzanas?» se preguntaba varios años después, en la década del 20, la escritora Virginia Wolf después de ver la exposición que organizó Roger Fry sobre la obra de Cézanne en Londres. «Está la relación entre cada una de ellas, el color y el volumen. Cuanto más se miran, más rojas y redondas, más verdes y pesadas parecen hacerse…Su pigmento mismo parece desafiarnos, tocar nuestro nervio, estimularnos, excitarnos…suscita en nosotros palabras donde no pensábamos que existieran palabras, sugiere formas donde antes no veíamos más que vacío».

En 1968 el destacado historiador del arte, Meyer Schapiro escribió un ensayo titulado «Las manzanas de Cézanne» donde apunta una conexión existente entre las manzanas y el amor y la fantasía sexual y el deseo en la tradición artística occidental. Esto según este historiador ayudaría a explicar el sentimiento de completitud que inspiran las naturalezas muertas de Cézanne. Para Schapiro las manzanas de Cézanne tendrían un contenido erótico latente. Algo curioso que se ha observado respecto de los retratos de Cézanne es que muchas veces comparten el carácter de sus naturalezas muertas, por eso no parece extraño que el pintor acostumbrara a gritarles a sus modelos: «Sea una manzana».


© 2005 NoticiasFinancieras – © 2005 GDA – El Mercurio – All rights reserved

Dejar respuesta