Julia Codesido: La huella de su arte

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Partió a la eternidad hace treinta y siete años, cuando su pintura, tan fuerte como delicada, era decantada no solo por la prensa nacional, sino también por la extranjera. Tuve la suerte de entrevistarla para Caretas a fines de la década de 1950, en su casa del jirón Cusco, cuando ella andaba por los 73 años de edad y aún seguía deslumbrando con su arte. Ahora, que se cumple un aniversario más de su partida, me parece periodísticamente importante rescatar la obra y los pasos de esta singular mujer, cuyo nombre es quizá poco o nada conocido por las nuevas generaciones.

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Julia Codesido nació en Lima el 5 de agosto de 1883. Fueron sus padres el diplomático Bernardino Codesido Oyague y doña Matilde Estenós Carreño. Estudió en el colegio San Pedro, y al año siguiente de terminar la secundaria, debido a la profesión de su padre, la familia entera partió a Europa, donde residió largos años aunque sin dejar de volver a Lima las veces que pudo.

Vivió en París, Berna, Madrid y Londres en los años de la belle époque, los más felices del Viejo Continente. Ese periodo marcó la aparición del automóvil, el avión, el cinematógrafo y la lámpara eléctrica. Mientras, en los salones imperaban los valses de Strauss y, particularmente en la Ciudad Luz, el can can desorbitaba los ojos de propios y extraños. Para felicidad de la jovencita Codesido, quien no se cansaba de visitar museos y galerías de arte, aparecieron nuevos movimientos artísticos como el Impresionismo, el Cubismo y el Surrealismo, que la aturdían, la seducían y la llevaban a soñar con la pintura, los cuadros, los colores. Mundo de felicidad que se hizo mil pedazos al estallar, en 1914, la Primera Guerra Mundial.

Al retornar al Perú, en 1918, lo primero que hizo fue inscribirse en la Escuela Nacional de Bellas Artes, que se inauguró justamente ese año bajo la dirección de Daniel Hernández.

No era Julia ya tan joven cuando decidió dedicarse a la pintura. Cifraba 35 años, pero su entusiasmo era desbordante. Un año después llegaría a la escuela, como profesor auxiliar, el pintor indigenista José Sabogal, quien la impactó tanto con su destreza y motivación artística que al año siguiente pidió su traslado del taller del pintor escolástico Hernández al del indigenista Sabogal.

La conversión de Julia al indigenismo fue casi inmediata, pues hizo suya pronto la proposición de Sabogal de expresar la reivindicación del hombre y del paisaje autóctono peruano a través de la pintura. Siguiendo esa inspiración, Julia diría: “El indio peruano es para mí una revelación humana de fuerza, resignación, paciencia y fe”.

En 1931fue nombrada profesora de Dibujo y Pintura de su alma mater. Ese mismo año presentó su primera exposición pictórica en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

En 1935 viajó al país azteca, donde vio con mucha simpatía el movimiento pictórico surgido de la Revolución mexicana. Dijo entonces Alfaro Siqueiros –uno de los tres grandes exponentes del muralismo mexicano– que la obra de Julia era “el mejor ejemplo que nos ha llegado de la pintura sudamericana y un vigoroso contacto con nuestro movimiento en el momento de sus grandes rectificaciones”.

En 1943, Sabogal fue subrogado de su cargo de director de la escuela y Julia, solidarizándose con su maestro, renunció a su puesto de profesora que ejerció durante doce años. Pero no dejó de pintar nunca. Sus cuadros han sido admirados en el Perú y en el extranjero, especialmente en Nueva York, París, México y Buenos Aires, donde realizó exposiciones. Además, importantes museos y colecciones particulares disfrutan de sus obras.

Vivió en la vieja casona de la familia, situada en la cuarta cuadra del jirón Cusco. Fue justamente en esa casa donde la entrevisté a fines de la década de 1950. Poco después, Julia se vería urgida de abandonar ese hermoso caserón porque las autoridades creyeron conveniente ampliar y remodelar el jirón Cusco (hoy avenida Emancipación). Decidió entonces comprar un terreno en Pueblo Libre, donde hizo construir su futuro hogar con la ayuda de Sabogal, quien diseñó la finca dándole una especial funcionalidad de casa-taller (hoy convertida en museo). En ese acaecer obtuvo el Premio Nacional de Pintura 1976.

“La vi hace tres o cuatro años… –recordó Luis Alberto Sánchez al día siguiente de su partida. Estaba, me pareció, casi ciega, un poco como ausente del mundo, pero siempre trabajando… y ahora se ha ido en silencio. Gloriosa huella la que deja Julia Codesido”. La pintora expiró el 8 de mayo de 1979. Contaba 96 años de edad. Cómo olvidarla.

“El indio peruano es para mí una revelación humana de fuerza, resignación, paciencia y fe”.


Fuente: https://elperuano.pe/noticia-la-huella-su-arte-40556.aspx

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