Hace más de 50 años, el estudiante de arquitectura de 17 años Ramiro Llona se encontró con la pintura. Y hoy ya hablamos del gran artista que exhibe su segunda retrospectiva, en paralelo, en el Centro Cultural Británico de Miraflores y el Museo de Arte Contemporáneo de Barranco. En el primero están las obras sobre papel y en el segundo los grandes formatos de óleo sobre lienzo. Los últimos 20 años de su carrera. Llona nos recibió en su taller, que es su casa, el fortín desde donde se defiende de la banalidad, donde nacen las preguntas, el espacio para la contemplación, donde vive en situación pictórica. A continuación una entrevista de gran formato.

Ramiro, ¿la retrospectiva qué etapa de su vida personal sintetiza?

Los últimos 20 años de trabajo…

Perdón, ¿qué edad tiene?

69. O sea, desde los 49. Pero mira, mi primera hija María nace cuando yo tengo 48. Podríamos decir que es la época en que he comenzado a tener hijos (risas)…

Entonces, mi primera pregunta adquiere más sentido…

No creo que haya relaciones directas, como vasos comunicantes… Pero después de 50 años de trabajo, tu vida y el trabajo son una misma cosa. Vivo y trabajo en el mismo lugar; entonces la vida y el trabajo están como tejidos en una sola urdimbre. Otro hecho es que yo me mudo a este taller, más o menos, en esos tiempos. Y diseño este taller justo por un asunto del tamaño de las pinturas…

¿Con los hijos la sensibilidad cambia?

Bueno… Lo que pasa es que cuando uno vive solo, sin hijos, eres dueño de tu tiempo siempre: te levantas a la hora que quieres, te acuestas a la hora que quieres. Cuando hay hijos, uno rápidamente tiene que aprender a ser más elástico con su rutina. Los chicos son la prioridad en la vida, si el niño se despierta a las 5 de la mañana, tú también tienes que hacerlo. Yo era de las personas que entraba al taller a las 9, 10 de la mañana y ya no salía hasta las 10, 12 de la noche. No me podías interrumpir, era una cosa muy cerrada. Cuando nace mi hija María, me acuerdo estar trabajando y eran las 7 de la noche y pensar que si no llego a la casa en media hora se va dormir y ya no la veo hasta el día siguiente… Eso fue al principio y ahora tengo cuatro, imagínate…

Ya no es hermético y puede estar pintando con sus hijos a lado…

Sí… Incluso, cuando empiezo los cuadros ellos agarran un pincel y le meten un par de pinceladas. Ahora yo he diseñado la situación, arquitectónicamente como en tiempos, para que yo siempre esté frente al cuadro.

¿Qué posibilidades le da eso?

Que estás trabajando siempre. Siempre estás mirando el cuadro, porque la pintura no es que estás todo el día parado con el pincel aplicando óleo sobre la tela. En mi caso, la pintura es 90% contemplación, es como escuchar… Y ese 10% restante es el trabajo físico sobre la tela. Así como en psicoanálisis dicen que tú entras al consultorio y ya están en la situación psicoanalítica, acá uno vive en una situación pictórica. Las 24 horas del día estás sometido a esos impulsos.

Si todo el rato contempla su obra, todo el rato le debe encontrar virtudes y defectos.

No adjetivas tu proceso, pero sí hay un permanente estado de atención. Hay una frase de Goethe que decía: el precio del conocimiento es un estado de atención permanente. En el tipo de pintura y proceso que yo tengo no hay errores, todo suma.

Retomemos lo de los hijos. No es común empezar a tener hijos bordeando los 50 años. ¿Qué es la edad?

Yo digo que he empezado tarde, pero con mucho entusiasmo (risas)… La edad tiene dos o tres asuntos inmediatos: conforme más años tienes, sabes que en algún momento el asunto este de estar vivo se va acabar, es como una presencia; y el otro asunto de la edad es cómo funcionas según la edad que tengas, si eres una persona sana, con energía… Uno definitivamente se siente una persona muy joven en el sentido de que no sientes que hay límites… Pero me da pena no tanto la idea de la muerte sino que se acabe la vida.

¿Con la edad un artista madura o pierde naturalidad?

El arte no está hecho para solucionar cosas…

Porque muchas veces, en el arte en general, las primeras obras son las más potentes.

Sí… Hay como una urgencia, ¿no? El arte en general no es un lugar de respuestas ni de certezas. Más bien, es un lugar de preguntas. Eso no se soluciona nunca. Pero hay ciertas cosas que después de 40 años pasan: eres más dueño de tu técnica, eres como un maestro, como un equilibrista que ha estado sobre la soga años de años, lo cual te permite también mayores riesgos. Yo no entendería mi vida como pintor en una ausencia de riesgos. Primero, porque mi proceso es muy cambiante, mis cuadros son cada uno diferente al otro. Segundo, estoy cambiando permanentemente de soporte, hago fotografía, pintura, escultura, cerámica, trabajo en papel. Después, cada vez hago crecer y crecer los formatos. Es como escalar una montaña. Mi pintura está como estructurada en esa permanente búsqueda. Lo que pasa es que cuando eres más joven, tu obra es más un grito, capaz ahora es más una sinfonía. Y cuando se apaga la llama en un artista se siente.

¿El artista se da cuenta que se apaga su llama?

No sé, oye… Es una pregunta que yo me hago, por supuesto que no voy a dar nombres, pero uno siempre está en contacto, porque el arte es un diálogo con la obra de colegas, con gente que uno admira y ves gente que cuando tenía 30, 40, 50 años eran llenas de talento, de innovación, de riesgo, de repente el trabajo comienza a adelgazarse, empiezan las fórmulas, la repetición… Picasso decía que no había ningún problema en copiar a los demás, que el problema era copiarse a uno mismo. Siempre he tenido mucho cuidado y te diría hasta temor con eso, porque me parece que es como el fin cuando empiezas a repetir el trabajo… Siempre he imaginado una pintura que cambia, que reta, que incomoda. No me gustan las cosas que se asimilan rápido. Yo no hago bocetos, empiezo de frente en el cuadro; entonces, comienzas con una cosa caótica, informal, llena de gestos…

¿Ni con una idea en la cabeza?

Nunca. Estoy todo el tiempo como activado, pero no hay decisiones previas, el cuadro aparece en el hecho de hacerlo. Vas encontrando una realidad. El tema es uno, es el hecho de que a través de hacer pintura aparezca una imagen donde antes no había nada. Son como nudos de significado que se van organizando en la tela y que te permiten una lectura.

Jesús Ruiz Durand me decía que hoy el arte se ha banalizado.

Hemos crecido en una escuela en la cual las palabras eran urgencia, contenido, mensaje, disciplina, exigencia. Nadie pensaba nunca en éxito, en plata, dinero. La enseñanza también era otra. Hoy, en las escuelas de arte no enseñan ni a dibujar. Pero es un poco arriesgado decir que la cosa se ha frivolizado. Lo que pasa es que ahora hay más gente también, más galerías, más artistas. Hay mucho dinero, la gente está comprando mucho. Eso hace presión en los agentes comerciales, quienes a su vez presionan en los talleres, hay un apuro que trasgrede los ritmos normales de producción y en ese camino se adelgazan un poco los contenidos. Pero en el fondo soy muy optimista…

Usted también ha señalado que no hay espacios.

Hay mucha gente joven, la gente está tratando de inventar espacios, sitios alternativos, talleres comunitarios, pero igual sigue siendo un mundo muy pequeñito, hay dos museos de arte, dos o tres instituciones con espacios culturales…

¿Y eso por qué?

La necesidad de la cultura no ha ingresado de manera definitiva al imaginario peruano. Tener una formación cultural es tan importante como tener una buena alimentación.

Creo que lo importante hoy es lograr tener público que no suele ir a exposiciones y que pueda pararse frente a un cuadro y no solo reconocer líneas, formas y colores.

La más grande desinformación es pretender querer encontrar una historia. Se cree que la pintura tiene que representar algo, que se lee una imagen como se lee un cómic, pese a que sí hay pintura que sí cuenta historias. La pintura en su mejor estado da lo mismo si es abstracta o figurativa, realista o informal. Pero te va a comunicar algo complejo y fuerte, que de pronto con mucha suerte vas a salir mejor de ese lugar.

En su obra hay abstracciones de figuras humanas. ¿Por qué?

Casi te podría decir que hay figuras masculinas, femeninas. Es pintura abstracta en el mejor sentido, porque es una abstracción formal de la realidad. Porque la gente cuando te habla de pintura abstracta está hablando de pintura informal. Juan Rulfo decía que en la vida hay tres temas: el amor, la vida y la muerte. A mí también me parece lo mismo. Siempre es un asunto de relaciones, de personaje masculino, femenino. Y al final ya le doy cierta arquitectura, para crear sus propios espacios. Hay una cosa interesante del cineasta Tarkovski cuando le preguntaban todo el tiempo del contenido y la revolución, y él decía que el verdadero contenido estaba en la presión que hacían las imágenes dentro de cada fotograma. O cuando Flaubert dice que se ha pasado el día entero para encontrar una palabra. Yo me identifico mucho con eso.

¿Siempre tuvo claro el camino de la pintura?

Era un estudiante de arquitectura que no estaba entusiasmado con lo que hacía, tenía 17, 18 años… La pintura la encontré frontalmente, con una urgencia y necesidad, encontré el lugar en el que quería estar.

Y hoy ya se habla de que usted es uno de los artistas más importantes que tiene este país. Algo que no dudo. ¿Pero piensa en eso? ¿Le molestan esas definiciones?

Lo que pasa es que yo ya estoy en otra generación, nosotros existimos en una plataforma. Vengo de una época en la cual había un pintor, un escritor, un arquitecto. Ahora somos una comunidad de colegas. Siempre estoy pensando en estar en un diálogo con la obra de Tola, de Chávez, no se me ocurriría querer estar en la punta de la pirámide. Estas semanas han sido terribles, porque se han muerto Juan Javier Salazar, Lika Mutal, Venancio Shinki. Y claro uno tiene diferencias, pero de repente en estos momentos te da pena, todo se nivela. Ya ves solo lo que es positivo. Comienzo a recordar las cosas que admiro de esas personas. El primer taller que conocí en mi vida de un pintor vivo peruano fue el de Shinki. Yo tenía 18 años. Fui a su taller en un segundo piso de una casona vieja de Lima. Shinki era muy conocido porque tenía esta fama de que rompía las cosas, era un hombre tan exigente con su trabajo… Eran cuadros realmente abstractos, informales… Uno sale impresionado… Y estas dos exposiciones nos han tomado como tres años y medio organizarlas e idearlas con el escritor Jeremías Gamboa y con Juan Peralta, quien es investigador, historiador, no un curador…

¿Y por qué eso de “no un curador”?Los curadores vienen y escogen los cuadros que vas a exhibir… Yo estoy demasiado comprometido con lo que voy a mostrar y con la manera cómo hacerlo como para delegar esa función. Con Juan hemos trabajado en su calidad de historiador, que es algo más complejo e interesante… Entonces, se hizo la exposición y todo coincidió y le dije a Juan: ya sé de qué voy hablar, de mis colegas peruanos, como un homenaje a toda la pintura que he visto, los diálogos que he tenido con Shinki, Ángel Chávez, Szyszlo, Tola, Revilla, entre otros… Es un momento bonito para decir esto es el resultado de cientos de conversaciones con mis colegas y la admiración hacia ellos, como Emilio Rodríguez Larraín.

¿Y con qué sueña?Estoy en un momento de la vida en que ya no funciono en un tiempo lineal sino en una plataforma de tiempo. Estoy en mis últimos 20 años, si soy optimista… A seguir trabajando nomás. Ya he pintado un par de cuadros grandes después de la muestra. Ya hice mi retrospectiva en el MALI y el MAC, ya hice mi antológica en el Icpna. ¿Qué hacemos ahora? (risas). Uno vuelve al taller, es mi lugar, mi fortaleza, desde donde me defiendo de la banalidad, donde voy a tratar de que el discurso no se adelgace, donde voy a favorecer para que las preguntas se sigan dando con la intensidad que esta tarea exige y merece. Mi sueño es mi asunto cotidiano. Lo que me pasa frente a la tela es más grande. La vida es el sueño, porque le encuentro una riqueza que no me alcanza para vivirla con la plenitud que la quiero vivir.

Irse a dormir es como morir.

Sí… No me alcanzan las horas para leer todos los libros que quiero leer, ver todas las películas que quiero ver, escuchar toda la música, tener tiempo con mis hijos, bañarme, nadar, pintar… Yo creo que la ética es eso: preñar el tiempo de una intensidad… Pero no puedes detenerlo.


Fuente: https://peru21.pe/cultura/ramiro-llona-arte-lugar-respuestas-certezas-235876
Entrevista publicada el 14/12/2016

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