“¡Eso!”, exclama Osvaldo Cattone, el índice derecho apuntando a la cámara de Michael Ramón, el saco oscuro que contrasta con el suéter naranja, la mirada intensa. “¡Eso!”, dice de nuevo, como retando al fotógrafo, mientras toma otra posición sobre el sofá gris en el que está sentado. “¡Eso!” Estamos en la casona barranquina donde ensaya El Padre, la obra que estrenará el 29 de junio en el teatro La Plaza y en la que encarna a un hombre que sufre de Alzheimer. Han pasado cuarenta minutos en los que hemos repasado su historia de vida; el padre que no quería que fuera actor, el hijo que no llegó a criar, Susana Giménez, San Lorenzo, sus 84 años. Cattone no para. Si hay una palabra que describe la actitud con la que encara esta sesión de fotos esa es intensidad. La energía de Cattone, el estilo de Osvaldo, el segundo debut de un personaje inacabable.

Andan diciendo que esta podría ser tu última obra como actor, he venido para que lo niegues.

(Se ríe) No, no. Yo digo eso porque al tener 84 años pienso que me voy a ir en cualquier momento. Es normal, estoy en el último ciclo de mi vida. Y no creas que lo digo con tristeza, lo digo porque es una realidad que no se puede desmentir. Desde el punto de vista médico, gerontológico, la naturaleza tiene sus leyes. Un perro vive tanto tiempo, un caballo tanto tiempo y un ser humano lo mismo. Ahora, de pronto puedes tener la gracia y la suerte de que vivas más tiempo. Te voy a contar una anécdota. Mi único hermano murió hace dos años. Estaba como yo ahora, había venido a Lima, estaba lúcido, perfecto, simpatiquísimo, era un hombre que me adoraba, nos adorábamos. Se fue a dormir la siesta, su mujer lo fue a despertar y estaba muerto. Murió de un paro cardiaco, que no es lo mismo que un infarto, que duele. En el paro cardiaco el corazón se detiene como cuando se acaba una pila. Yo me rebelé. Dije: qué injusto. Pero ahora que lo pienso, digo: qué suerte tuvo, evitó la decadencia, la enfermedad.

Es cierto que esta obra puede tener cierto sabor a despedida. Sin embargo, en la calle, en las redes sociales, hay mucho entusiasmo, tú mismo lo demuestras en el Facebook. Más que algo triste, esto parece una fiesta.

Es un cambio. Y todo cambio genera una ilusión, una sensación de renovación. Mira, “Betito” Aguilar me cortejó por diez años para que entrara a Al fondo hay sitio, tuve otros ofrecimientos de teatro y televisión, pero nunca salí de mi búnker del Marsano porque tener un teatro es troglodítico. Yo debuto con una obra y tengo que pensar qué hago después. Una obra dura tres o cuatro meses, no más. Entonces, es una labor muy demandante. Mira, es raro que no siendo una persona popular, con una cosa mediática, me haya hecho de un nombre. La gente sabe más o menos quién es Cattone.

Oswaldo Cattone y Regina Alcover

No siempre fue así. Cuando llegaste a Lima hubo gente que consideraba que tu teatro, tu manera de hacer las cosas era frívola, comercial, parece que esa manera de pensar cambió con el tiempo…

A ver. Yo te voy a hacer un resumen de lo que me parece que ocurrió. Yo llego a una Lima que estaba fragmentada entre un teatro comercial, tipo Pepe Vilar, Lola Vilar, Elvira Travesí, y un teatro intelectual, de gente barranquina, que hacían autores serios de una manera muy pobre. Yo llegué de Italia convencido de que tenía que vivir de mi trabajo. No se puede ser periodista si el dueño del periódico te dice: No te pago un sueldo, haz tus encargos y te doy una propina. Eso también pasa en el teatro. Yo fui el primero que llamó a un modisto para vestir a las actrices, a un escenógrafo -porque antes las escenografías eran de papel-, y de pronto el público -en un lugar en el que dicen que el teatro no gusta- empezó a hacer colas, como si fueran a ver Titanic.  Esa pequeña revolución que yo hice en el año 74, molestó a mucha gente. Se dieron cuenta que se podía vivir del teatro, pero ellos no podían hacerlo porque no tenían público. Y el tiempo demostró que mi trabajo era coherente y continuado, que yo no era una figurita, era un hombre apasionado que se dedicó a hacer lo que sabía hacer.

Ahora, pienso que las controversias que hubo alrededor de algunas de tus obras, han mostrado cómo somos los limeños. Recuerdo, por ejemplo, Duelo de Ángeles (2013), que era una crítica a la iglesia católica, y que dejó mucha gente descontenta, en el público, en el clero…

…Claro. Tengo amigas católicas que no quisieran verla.

¿Piensas que los limeños somos cucufatos?

Bueno, no, yo pienso que Lima ha pegado una evolución que por suerte he podido ver. Cuando yo llegué a Lima, era fantástica porque era como un campo en el que se podía sembrar, pero por el otro lado era un pueblo. Yo venía de Buenos Aires, donde había cuarenta salas teatrales y un movimiento cultural muy fuerte.

Otra de tus obras, a la que tú consideras un fracaso, es Algo en común (1996). Tú dices que no tuvo público porque la gente no quería ver a un hombre muriendo de Sida en el escenario…

Sí, es verdad.

¿Piensas que en general somos así los limeños, que preferimos escapar de estas cosas duras, amargas?

Ahora menos. Por ejemplo, en La Plaza, el año pasado, se hizo Mucho ruido por nada, con mucho éxito, donde prácticamente se hablaba de la Unión Civil a través de Shakespeare, una maravilla. Después se hizo una obra sobre el racismo (El amo Harold y los muchachos), que es un tema muy contundente y muy unido a lo que pasa en Lima. Acá todavía se dice despectivamente: “ese cholo”.  Y ahora estamos con una obra sobre el Alzheimer que es un tema muy duro, que nos toca a todos. Conozco muchas familias que han sido destruidas por este mal, desde todo punto de vista: social, económico y mental. Yo creo que La Plaza está haciendo un camino muy inteligente que mezcla entretenimiento y reflexión. Creo que por eso acepté venir aquí por primera vez (Cattone ha hecho todas sus obras en El Marsano, es la primera vez que sale de ese lugar). Es muy difícil decir que no cuando un director que respetas te entrega un texto de esa contundencia. Cuando leí El Padre, me quedé enamorado, no del personaje, sino de lo que proponía.

¿Qué tan complicado es interpretar a Andrés, este hombre que va perdiendo la identidad a medida que el Alzheimer avanza?

Bueno, yo te digo una cosa. Es una obra de teatro. No hay que olvidarse nunca, es lo que le digo a los compañeros, se lo dije al director cuando acepté este papel: “Todo lo que quieras, pero no hagamos un tratado médico sobre el escenario, hagamos algo que entretenga al espectador, que lo haga pensar, que lo cuestione, pero que no deje de ser un espectáculo”. Una obra es algo artístico, no puede ser un tratado médico, eso ya lo tenemos en los hospitales, en las clínicas, en la vida. Hay películas sobre el Alzheimer, como la de Julianne Moore, por ejemplo (Siempre Alice, 2014), que son entretenidas. ¿Qué me paso, entonces? Cuando encaré el personaje, dije: Un tipo con Alzheimer es un hombre normal para él. La visión que tiene del mundo es propia. Si no te reconoce como amigo, esposo, o lo que fuera, el problema es tuyo, no del enfermo. Los enfermos de Alzheimer crean su mundo, el que pueden percibir, y hasta de pronto te diría que es feliz.

Ahora, la obra gira alrededor de la identidad, del legado, de la paternidad, ¿qué recuerdas tú de tu padre?

Bueno, mi papá murió en forma trágica en un viaje. Yo no tenía buena relación con él. Me adoraba, seguramente, pero era un hombre muy severo, poco afectivo, un trabajador, era carnicero…

Italiano.

…Un italiano inmigrante. Entonces, hubiera querido mejor tener un hijo médico o abogado.

¿Te rechazó por eso?

No, no, no era un rechazo. Simplemente eran discusiones. Era como que: “Bueno, está bien. Si quieres ser actor, está bien, pero de paso trabaja”. Mamá, era una mujer, como son todas las mamás, más comprensivas. Por suerte vio todo esto, vio Lima, mi despegue, le pude dar una vejez digna.

Vivió sus últimos años contigo…

…Sí, cuando papá se fue yo la traje conmigo y vio el cariño de la gente, el éxito, el teatro propio. Todo eso la serenó un poco. En la Argentina yo era un actor al que no le faltaba trabajo, pero un actor de reparto, de cuadro, me llamaban para hacer una película en un papelito. No tenía este despegue, lo de acá.

Osvaldo, decidiste no ser padre, ¿por qué?

No, yo tengo un hijo.

Pero no viviste con él.

No, bueno. Yo embaracé a una mujer, asumí la paternidad, porque en los años 50 eran casi imposibles dos cosas: el aborto, que era una cosa clandestina y sucia; y el deshonor, sobre todo porque la chica era judía y mi papá italiano. En aquel entonces, las mujeres, supuestamente, se casaban vírgenes.  Eran los años 50. Estamos hablando de hace 60 años.

¿Tú tenías unos 20 años?

Sí, yo nací en el 33.

Así que te casaste.

No tuve más remedio, pero yo no la amaba. Y ella estaba como envenenada. Es toda una historia de Cortázar. Ella estaba de novia con un chico judío, estaba para casarse, y tiraba conmigo. Quedó embarazada, y esa actitud la hizo generar un rechazo entre la sociedad en la que ella se movía. Yo no tuve más remedio que asumir mi rol. ¿Pero qué pasó? Yo me encontré en un departamentito que nos regaló el padre de ella, donde si se te caía el jabón en el baño no lo podías recoger, donde había que lavar pañales, porque no existían los descartables. El departamento olía a caca. Donde había un niño que yo no sabía que era, porque era como un feto. Yo me separé de mi mujer cuando el chico tenía ocho meses, o sea que ni siquiera pudo decirme: “Pa-pá, pa-pá”, no hubo esa conexión, no hubo eso de salir al parque, a jugar a la bicicleta o al fútbol. Se creó una cosa muy desagradable, y en mi locura yo me fui a Italia, dejé todo. Y el novio de ella, la perdonó y se casó con ella…

¿Y se hizo cargo del niño?

Del niño y de otros tres más, crearon una familia. Y a Javier, que es mi hijo, lo adoró más que a los propios. Le dio una carrera, él es arquitecto.

¿Volviste a ver a Javier?

Unas tres veces, pero no es fácil. La madre lo envenenó. Su esposo, el papá, acaba de morir, tenía unos 84 años, mi edad. Es una historia… (Osvaldo se queda en silencio unos segundos)

Hablemos de la Argentina, ¿cada cuanto tiempo recibes mensajes de Whatsapp de Susana Giménez?

(Se ríe) Pero no me puedo colgar de ella.

Es muy amiga tuya.

Sí, mucho. Me acaba de mandar un whatsapp hace poco. “Menem se postula para diputado. Pero muerto lo va a hacer”, me dijo. Susana es un milagro. Ella debutó conmigo, a los 25 años, en el teatro, con una obra que se llamaba Las mariposas son libres. Allí empezó una carrera meteórica que la convirtió en lo que es ahora y mantenemos desde entonces una relación, primero epistolar. Cada vez que viajo me quedo en su casa de Punta del Este, y ahora prometió venir a ver El Padre.

¿Eres hincha de algún club argentino?

Sí, claro. De San Lorenzo. Mi familia es de ese cuadro

¿Cuál es la locura más grande que hiciste por el equipo?

Nada, no soy muy futbolero. Pero me gustan mucho los partidos internacionales. Y me pasa una cosa, una dicotomía. Cuando juegan Argentina y Perú, soy peruano, lógico. Son 44 años que vivo en este país, y acá he formado mi grupo, mi casa. Es probable que yo haya hecho algo, que yo haya sembrado acá, y la cosecha ha sido buena. No soy un hombre rico porque no quise serlo. Mi fortuna es el teatro. Mi fortuna es seguir en la brecha y la salud que tengo. Yo no sé qué es un dolor de cabeza. No tengo depresión. Estoy de buen humor. La única pequeña tristeza, si existe, es que pienso que pronto o en algún momento puedo dejar de sentir la vida. A mí no me preocupa la muerte, porque no voy a sentir nada, me preocupa dejar de vivir.

¿Cuándo y dónde has sido absolutamente feliz?

Todos los días. Y soy muy feliz ahora con esta propuesta de La Plaza, vengo como un chico, puntual, me gustan los compañeros, el director, el codirector. Me he olvidado del Marsano. Ya no voy. Llamo por teléfono, pregunto si falta algo y les digo que compren. No voy. Me divierto mucho acá. Me gusta, ¿sabes qué?, que a esta edad y con toda la experiencia que tengo, que un muchacho joven me diga: “No. Eso no está bien. Has dicho esto mal”.

Te gusta aprender.

Me divierte. Me divierte todavía equivocarme. Es como el amor… y el sexo.

Hablemos de eso. Julie Andrews, la famosa actriz, decía que la virtud más sobrevalorada por la humanidad era la castidad; Shirley Maclaine decía que la más sobrevalorada era la monogamia. ¿qué piensas tú? ¿Cuál es la virtud más sobrevalorada?

Pues yo te diría casi lo mismo. Yo creo que la educación occidental es un error. Yo creo que nos gusta todo a todos. El sueño de cualquier hombre normal es de pronto estar en un harem. Sí, la vida es así. No puedes comer todos los días pallares, que es lo que más me gusta de la comida peruana. Yo te digo, quién no ha soñado con un gran amor, pero al mismo tiempo quién no ha soñado con la promiscuidad. Eso es una cosa normal. Es el placer, es como la bebida, la comida, es el exceso. Yo creo que la promiscuidad realmente es uno de los encantos de la vida.

¿No hay peligros con el sexo? ¿El sexo no puede destruir una amistad?

Sabes qué pasa, que generalmente los amigos no tienen misterio. Y el sexo, para mí, tiene mucho que ver con la atracción. Entonces, lo que no se da desde un comienzo, no se da y ya. Sería raro que me enamorara o que probara. Pero no sé, qué se yo. Ahora, los grandes amores, que son a la madre, a un hijo, generalmente se dan porque no hay sexo. El sexo destruye el amor. Pienso en la historia de Romeo y Julieta. Romeo fue al baile de los Capuleto porque estaba enamorado de Rosamunda, y allí conoce a Julieta. Yo creo que si no hubiera pasado nada, después de otra semana hubiera ido al baile de los Miroquesada y hubiera conocido a otra. Es así. Eso no hubiera durado. Ese amor duró una noche y es el epítome del amor por su brevedad. Se acostaron una sola vez. Pero esa es mi teoría, que sé yo.

¿Cuál es la diferencia entre ser actor y una estrella?

Se puede ser actor y ser estrella. Yo creo que Meryl Streep es una actriz y una estrella. Pero es raro. Yo creo que todas las que han aparecido en los últimos 10 años en el cine norteamericano, y yo soy muy cinéfilo, Reese Witherspoon, Renee Zellweger, han desaparecido ya. Fueron destellos muy fuertes. Ganaron sus Oscar pero ya no están. Solo unos pocos perduran.

Cuando te piden consejos para chicos más jóvenes, tú eres muy severo. Dices que los chicos solo piensan en ser estrellas pero no se cultivan.

Pero, sí. Un año yo abrí un taller de teatro. Entraron unos cuarenta chicos que pagaban unos 100 dólares, eso me generaba un buen ingreso, pero lo dejé por aburrimiento, porque la mayoría de las personas que iban a ese taller no querían ser actores de teatro, querían entrar a Al fondo hay sitio, querían ser reconocidos. A mí me halaga que cuando voy a un restaurant el mozo me reconozca, no hacer cola en el banco, tengo algunos pequeños privilegios que atesoro, pero no es por eso que soy actor. Yo soy actor porque lo necesito.

Osvaldo, ¿qué pasaría si vas caminando por la calle y nadie te reconoce?, ¿qué pasaría si ese mozo que es tan atento contigo tampoco te reconoce, si, de pronto, ya nadie se acuerda de ti?

Bueno, habría que aceptarlo. Yo, por ejemplo, soy muy amigo de Ofelia Lazo, y ella es una actriz que hace dos años decidió retirarse. Y al retirarse del teatro y la televisión, lógicamente va siendo menos reconocida. Pero no lo sufre porque no le interesa. Hay que ubicarse en la vida. Y hay que organizar la vida de acuerdo al paso del tiempo.


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