Max Hernández Calvo

Fernando de Szyszlo fue indiscutiblemente el artista más célebre del Perú. Dado que nuestras galerías y museos no viven desbordes de visitantes, es obvio que esta popularidad no se basa tanto en su brillante carrera y su incuestionable éxito de mercado, como en los medios de comunicación. El grado de atención que la prensa le prestó al maestro no se la ha dedicado a ningún otro artista. Y aunque eso habla más de nuestra prensa que del maestro, sí permite pensar lo que puede significar su partida. Para comenzar, su muerte deja un vacío en el imaginario colectivo de las artes peruanas, que pierde a su principal referente.

Szyszlo buscó modos de integrar plásticamente una preocupación por lo peruano, escoltada por los indigenistas, con las formas del arte moderno internacional, en particular la pintura abstracta. Su solución fue articular la imaginería del mundo precolombino con los códigos de la abstracción. Un hito de esto es la excepcional serie Apu Inka Atawuallpaman, que el artista presentara en el Instituto de Arte Contemporáneo en 1963. Trece cuadros basados en la elegía quechua del mismo nombre sobre la muerte de Atahualpa y la destrucción del Tawantinsuyo durante la conquista española.

Szyszlo tomó este poema anónimo (desconocido hasta su traducción y publicación en 1942) para desarrollar una serie de pinturas abstractas en las que su lenguaje pictórico se va consolidando. La carga emotiva de los versos es sugerida en imágenes de intensos contrastes lumínicos y cromáticos. Sus potentes formas revelan tensiones entre sus elementos, insinuando drama y posibilidad. Lo moderno y lo andino se articulaban en un lenguaje visual que conjuga estéticas separadas por centurias. La “abstracción telúrica” tomaba la posta del indigenismo que desplazaba, aunque centrando su enfoque en el pasado y no el presente andino.

El papel protagónico de Szyszlo en el arte peruano es el mismo que corresponde a una noción del artista propia del modernismo que el maestro promovió: un creador entregado a su visión original que persevera en ella creando escuela. En ese sentido, la muerte de Fernando de Szyszlo, el artista moderno más emblemático de las artes peruanas, marca el cierre de una época que él inauguró con todo el atrevimiento propio de un muchacho de 26 años.

Si bien Szyszlo se formó en la Escuela de Arte de la PUCP (ingresó en 1944), es su estancia en Europa (1948-1951) la que resulta decisiva en la configuración de su visión del arte. Es harto conocida la anécdota de que, a su regreso de París, Szyszlo declara a la prensa que en el Perú no hay pintores (a excepción suya, se sobreentiende). La osadía del maestro incidía en la ausencia de figuras paradigmáticas de la abstracción local, más que en la ausencia total de artistas de vanguardia en el Perú. Ese mismo reclamo de figuras corresponde a una visión de la historia del arte basada en nombres ilustres, es decir, la historia (moderna) del arte, entendida como una sucesión de artistas precursores y artistas seguidores.

La muerte del maestro también cierra esa época entre nosotros. Él fue quien más buscó conjurar la aparición local del arte contemporáneo, con críticas a formas artísticas como el video y la instalación y a los eventos que las difundían, como las Bienales Iberoamericanas de Lima (1997-2002). Más o menos medio siglo antes, él fue el principal impulsor de la renovación artística, fomentando la acogida del arte moderno.

Precisamente porque entendí el sentido de su primera negación, nunca logré comprender su segunda negación, que descalificaba el arte que venía después de él. Es posible que el maestro, formado en la década de 1940, no llegase a entender el arte del nuevo milenio (no todo el mundo tiene que hacerlo tampoco). Si hay algo que Szyszlo entendió perfectamente y de lo que además dio ejemplo, es de la responsabilidad que entraña un sitial privilegiado en el mundo cultural. Con un sentido cívico incuestionable, fue un infatigable defensor de los valores democráticos hasta el fin de sus días. Descanse en paz, maestro.


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