Alfredo Pita, narrador, poeta y periodista, nació en Celendín, en octubre de 1948. Nuestro escritor, laureado en el Perú y en el extranjero, y sin duda uno de los principales de su generación, vio la luz en una casa de la tradicional Plazuela de la Alameda.

Hizo sus primeros estudios en la Escuela Nº 81, donde recibió el decidido apoyo de su maestro, don Pelayo Montoya Sánchez, quien adivinando las inquietudes que bullían en el futuro artista, tuvo el pálpito de publicar sus primeros poemas en el Periódico mural de la escuela. Creció en una vieja casona de la calle Ayacucho, bajo la tutela ilustrada de su tía abuela, la recordada maestra Victoria Díaz Mori, quien le inculcó el amor a la lectura y puso a su alcance obras de algunos grandes nombres de la literatura universal. En este terreno, el niño, y futuro autor, también fue apoyado por la señorita Malena Peláez Pérez, quien no fue su maestra pero sí le abrió su biblioteca, con una condición: que se lavara bien las manos antes de abrir sus libros. Todo esto determinó en él su vocación innata de escritor.

Al terminar la Primaria dejó Celendín para iniciar la Secundaria en el Colegio Nacional de Guadalupe, en Lima. Los prosiguió en Tarma, luego en Trujillo y los concluyó en Chiclayo, ciudad en donde, en 1966, ganó el premio Poeta Joven, en el marco del Primer Encuentro Nacional de Poetas Peruanos. Posteriormente estudió Literatura, Sociología y Periodismo en Lima y París. A partir de 1970 trabajó en diversos medios de prensa peruanos, en general comprometidos con las luchas sociales de ese tiempo.

A comienzos del periodo del terror en el Perú, y más precisamente en 1983, a raíz de la masacre de Uchuraccay, cubrió la información en el terreno mismo de la violencia, en Ayacucho, a donde llegó como enviado especial de un diario de Lima, en reemplazo de Eduardo de la Piniella, un colega asesinado.

Alfredo Pita ha sido galardonado con los siguientes premios:

Premio al Poeta Joven, otorgado durante el Primer Encuentro Nacional de Poetas Peruanos (Casa de la Cultura de Chiclayo, 1966)

Premio de Cuento de la revista Caretas (Lima, 1986 y 1991).

Premio Internacional de Novela Las Dos Orillas, concedido en 1999 por seis importantes editoriales europeas en el marco del Salón Iberoamericano del Libro (Gijón, España), lo que determinó que su novela El cazador ausente fuera de inmediato traducida a cinco idiomas europeos y publicada en seis países diferentes, incluida España.

Obra:

Y de pronto anochece. Cuentos. Lima: Lluvia, 1987.

Morituri. Cuentos. París: Ecla, 1990.

El cazador ausente. Novela. Lima: Lluvia, 1994.

Sandalias del viento. Poesía, Ed. Extramares, 1995.

Alfredo Pita vive desde mediados de los años 80 en el extranjero, pero nunca se ha desligado del Perú, de sus problemas, atento siempre a los acontecimientos de nuestra cambiante realidad nacional, incluida la realidad de su provincia, que él quiere de modo ejemplar. Actualmente radica en París, donde trabaja en la Agencia France Presse. En el plano literario tiene en preparación una novela que justamente tiene como escenario su ciudad natal: Celendín.

A continuación un fragmento de una entrevista en la que Alfredo Pita responde a las preguntas del periodista y también escritor Miguel Rodríguez Liñán, quien lo interroga, entre otros temas, sobre su amor por el Perú y por Celendín:

Esa presunta animosidad algunos la llamarían odio, pero debe ser amor… Pienso en Emile Zola, fustigando al gobierno francés cuando el caso Dreyffus, por ejemplo…

“En el caso del Perú tenemos a Gonzáles Prada, cuya actitud moral y crítica frente a los males de nuestra sociedad debería ser enseñada desde el colegio. Pero no me comparo con él ni con nadie. Mi visión de las cosas es la de mi generación, que aspiró a la justicia social, a la equidad. Yo amo a mi país y a su gente pero desprecio profundamente las taras que nos han impuesto.

“¿Y es diferente tu relación con tu ciudad natal, Celendín?

“Ah, bueno, es otra cosa y se explica. Celendín es para mí el marco de la infancia, los límites del paraíso y de una felicidad diáfana, natural, gozosa y sin fin. Una felicidad que duró sólo unos cuantos años, hasta que terminé la primaria y los mayores decidieron que había llegado el tiempo del viaje y me enviaron a Lima, a estudiar en el Colegio Guadalupe. Celendín sigue siendo para mí esa arcadia en la que cada mes de agosto sigo elevando mis cometas en la colina de San Isidro, mientras a mis pies se adormece la ciudad armoniosa, con sus muros blancos y sus tejados colorados, por donde aún se escapa el humo de los fogones donde se preparaba, a las cuatro de la tarde, el chocolate que todos, pobres y ricos, tomábamos a esa hora. Celendín también tenía sus taras, seguramente, pero no tuve mucho tiempo para darme cuenta. Estaba muy ocupado jugando al trompo o contemplando horizontes y nubes lejanas, preguntándome dónde se incendiaba el atardecer cuando se ponía tan rojo sobre las montañas azules.”


Fuente: http://celendin.free.fr/PuebloMagico/page12/page73/page73.html

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